miércoles, 2 de noviembre de 2011

El último escalón. (Cuento)

     
El último escalón.
                                                                                       
                                                                                              Libertad y sus vestigios,
Más vale ponerse a salvo,
                                                                                   Muchos calzan gorro frigio
                                   Solamente por ser calvos.
                                                  (Ricardo H. Iorio)

El pueblo alemán adoraba a Hitler. Adolfo Hitler era su Dios. Cierto que no era eterno, pero era todopoderoso y no había necesidad de demostrar su existencia. Así, todas las especulaciones filosóficas se tornaron irrelevantes y todas las irrelevancias especulaciones filosóficas. El color de la piel y la posesión del prepucio pasaron a ser asuntos de estado. Los libros que no estaban de acuerdo con la doctrina eran quemados por heréticos; los extranjeros por infieles y los libros nazis por superfluos, salvándose de la hoguera Mi lucha  y algunos de Nietzsche, que si no estaban de acuerdo en un todo se debía al paganismo propio de otras épocas. Las verdades eran escasas y contundentes, fáciles de asimilar y democráticas en su propagación (porque cuando las verdades son pocas se comparten con mayor facilidad.). Se estaba fundando un imperio que debía durar mil años, y hubo quienes aseguraron que la cifra era tacaña, quizás porque no atendían a su sentido religioso, milenarista. Para llenar tanto tiempo se necesitaba multiplicar la raza, y se presentaron situaciones contradictorias hasta la carcajada, como la del jefe de las S.S Heinrich Himmler, quien puso tantas condiciones para ser considerado alemán que corrió el riesgo de quedarse solo.
Desde el triunfo del cristianismo todas las formas de organización social habían admitido que los hombres tenían deberes y derechos idénticos. Esa fraternidad, esa igualdad ha subsistido en las sociedades laicas y hasta en el ateo marxismo, que conserva los mismos postulados. Pero el nazismo descansa en la afirmación revolucionaria de la desigualdad de los hombres. Aunque los “verdaderos” nazis, como el ministro de agricultura y miembro de las S.S. Walther Darré, tampoco estaban de acuerdo con esto. Nacido en Buenos Aires, donde habitó hasta los catorce años, fue uno de los mayores ideólogos del régimen. En su libro Sangre y suelo afirma que a los alemanes les conviene el vocablo especie mejor que el vocablo hombre. Ser alemán era algo más que ser un hombre. De estas revolucionarias afirmaciones se derivaban otras, que no son difíciles de imaginar. Cuando me como un pollo, no siento culpa. Si ese bicho ha sido criado en condiciones infrahumanas, hacinado hasta la claustrofobia, será porque no es humano. A mi me resulta rico, y en eso se agota mi sentir. Para un verdadero nazi nosotros somos como pollos o como vacas. En ese megarrelato, la última expresión verdaderamente romántica que ha habido,  el horizonte de la alemanidad era el horizonte del poniente, un atraso de mil años de historia. La ambición mayor era crear un mundo antiguo, lleno de alemanes y de esclavos (¿mascotas?)
Nuestro personaje no difería de la mayoría de sus contemporáneos, pero como individuo irremplazable que todos somos, tenía ciertos matices. Adhería a cualquier causa, a cualquier idea. No se hizo nazi por coacción, nadie lo tuvo que empujar. Censuró, delató, señaló, todo según se lo ordenaron, y podemos decir que su conducta se limitaba a obedecer. Defender la libertad del individuo se le ocurría una idea tonta.  No así la defensa de su ideal, el ideal de la libertad, que todavía no vislumbraba. Matar, destruir, violar, intimidar por esa causa no estaba fuera de sus planes. Pero, como era nazi y no uno de esos grupos que mezclan la ecología con la pornográfica violencia, dejó aletargado en el fondo de su corazón tan hondo ideal.
Los grados, los escalafones, las jerarquías lo eran todo para él. Primero Alemania – podría haber sido Nueva Guinea — después, el partido— que era lo mismo que Alemania – después la iglesia – que era lo mismo que el partido --, luego la familia, y por último… y por último él.  Extrañamente tenía nombre propio, Hans,  cosa que no dejaba de sorprenderlo. (Si su nombre hubiera cobrado algún tipo de sustancia se hubiera entregado con pasión a su causa.)
Formaba parte de las S.S., el cuerpo de choque presidido por Himmler, al cual había accedido, como era de rigor, luego de un exhaustivo examen de belleza física, poder muscular y de haberse comprobado su pureza de sangre germana hasta su tatarabuelo, entre otros requisitos menores, como el de concederle la vida al fuhrer y abdicar de la propia. Por las mañanas se dedicaba a golpear a personas de toda edad y género; por las tardes se distraía en el secuestro de prosélitos de otras razas; por las noches se dolía con la eutanasia de los peores miembros de su raza; y por las noches se aplicaba a la multiplicación de lo mejor de su raza por medio de la eugenesia, para lo cual disponía de un centenar de bellas rubias, no menos exhaustivamente seleccionadas que él,
Himmler había impuesto un criterio de selección tan estricto que hacía de los miembros de las S.S. las personas más orgullosas del Reich. No deja de llamar la atención que, lejos de sentirse humillados, degradados en su condición humana al nivel de bestias, ostentaran dicha negación como el más alto prestigio a que un humano podía aspirar. Fueron las primeras víctimas del régimen, como Hans, quien un día lloró la ausencia de su madre pero se contentó al notar el espíritu de sacrificio que eso implicaba, como el monje que se flagela para no sucumbir a la tentación y solo ve un beneficio en eso. Porque tanto el monje como Hans fueron educados en un microuniverso, con todo el peso y la culpa que puede tener una educación, y habría que ver hasta qué punto nosotros mismos no estamos gobernados por aquello que nos enseñaron.... Cuando un pensamiento que se aprende se interioriza y empieza a fluir como si de algo natural se tratase, no hay dudas: influirá en nuestros sentimientos, se hará sentimiento y finalmente estaremos perdidos, aunque ese pensamiento que aprendimos sea bueno. Pero, afortunadamente,  esta es la historia de Hans y de la posibilidad –  o no –  que todos tenemos de redimirnos.
Como estaba acostumbrado a obedecer y no a mandar, cuando lo ascendieron al penúltimo rango de las S.S., se sintió tan gratificado como confundido. Le explicaron que sólo se tenía que limitar a hacer cumplir ordenes, igual que antes, con la única diferencia de tener que hacer cumplir esas ordenes a sus subordinados. Si se presentaba algún caso de insubordinación tenía que denunciarlo, y ellos ya le dirían como debía proceder. Le aseguraron que la tarea era fácil, que cuando se presentara el primer caso debía actuar de manera idéntica con los sucesivos. Era un impresionante ahorro de energía mental y una gran aplicación de la voluntad a los fines más elevados (a los fines más elevados del escalafón, a los fines del Fuhrer.)
Derrochando disciplina y esmero llegó a ocupar el segundo puesto de las  S.S. en la región de Baviera. No lo sospechaba, pero en eso iba su vida; en ser el segundo. Emular al jefe y ganarle el terreno no eran parte de su personalidad. Tal tarea implicaba serios riesgos, una actitud sediciosa que descartaba por comunista, un derroche del pensamiento a tal fin, y una responsabilidad mayor y más abstracta. En efecto, su superior ya no residiría en el despacho de al lado, sino en otra ciudad o en otra región. Sus errores de ahora, aunque escasos, podían ser censurados inmediatamente y hasta advertidos antes del echo. Las personas nacen para ser número uno (aunque no lo logren) o para ser  un número cualquiera (aunque no se resignen). Hans era un caso raro; había venido al mundo para ser el número dos, y quizás por la falta de contendiente, siempre lograba su cometido.
Por eso cuando perdió el empleo se debió a la falta de sentido común y no a las mayores pretensiones en la jerarquía. Su tarea consistía en detectar entre los aspirantes a formar parte de las S.S. un posible ancestro de sangre impura, pero no fue muy sagaz en esa empresa. Según parece había elevado el pedido para investir con el glorioso uniforme a alguien inepto. Su jefe lo mandó llamar.
__  Usted se ha equivocado, Hans.
__ Mejor que me equivoque yo antes que se equivoque el Fuhrer.
            El jefe, que era un hombre inteligente pero cuya cerrazón le impedía abrirse, hizo una pausa y luego dijo.
__ El Fuhrer nunca se quivoca. __ encendió un cigarrillo, lo cual demostraba de por sí una amplitud de criterio desusada por aquellos tiempos, y agregó.__ ¿Por qué considera que es mejor si usted se equivoca a que se equivoque el Fuhrer?
__ Si yo me equivoco, me perjudico yo solo. Si Hitler se equivoca, nos equivocamos todos.
__ Si yo acierto, usted no acierta. Si Hitler acierta, acertamos todos.
            El jefe parecía defender la posición de Hobbes, por la cual el estado es un organismo vivo que merece tener una sola cabeza antes que muchas, aunque más no sea para preservar la coherencia, incluso en el desastre. Como Hans no respondía, el jefe lo quiso obsequiar con alguna frase ampulosa.
__  Amo a mi patria. Amo a mi hijo y daría la vida por él.... – Y cayó el final del silogismo para que Hans lo reponga y para tapar de alguna manera el nivel escandalosamente pueril del diálogo.
            Poco después encontramos a Hans trabajando para el servicio de inteligencia. No le fue difícil conseguir el empleo. En realidad se lo terminaron por ofrecer. Lo venían observando desde tiempo atrás. Hacia preguntas inconvenientes, tenía un amigo judío y no se lustraba los zapatos. Decidieron que la mejor manera de tenerlo vigilado era tenerlo cerca. Le dieron un puesto importante, como para ponerlo a prueba. Debía reportar las actividades desarrolladas por miembros  prominentes de la comunidad judía. Hans cumplió adecuadamente con todo y con el tiempo llegó a destacarse al denunciar a su amigo judío, quien había amasado una suma importante de dinero, todo lo cual demostraba que abrigaba malos pensamientos. Contrariamente a lo esperado, Hans tenía sobrados méritos para ser parte del servicio de inteligencia (especialmente carecer de inteligencia), o al menos esto era lo que su superior pensaba.
            En realidad pasaba otra cosa. Para ser  nazi había que ser un tonto, pero Hans era demasiado tonto como para ser nazi. Tenía una sinceridad y una inocencia de características infantiles. Lamentablemente era sometido a juicio por unos simples tontos para quienes su conducta resultaba francamente desconcertante, y por lo mismo, cercana a la genialidad. Como los extremos se tocan, puede ser que nuestro protagonista conjugara rasgos geniales con apreciaciones propias del débil mental, como lo demuestra el siguiente caso.
            Hans trabajaba en los archivos del servicio, donde cada adversario del partido y cada miembro del partido estaba rigurosamente fichado. Esos expedientes estaban al día en todos los aspectos: actividad política y profesional, familia, amistades, domicilios y refugios posibles, pasiones, debilidades, todo tenía allí cabida, y hasta un judío como Kafka o un ciego como Borges se hubiesen sorprendido de ello. Escaleras, pasadillos, túneles, todo parecía un caos ordenado (como la misma sociedad, que era una rara mezcla de disciplina y arbitrariedad) pero donde los entendidos como Hans encontraban con la mayor facilidad tanto una escalera como un libro y dentro de este la referencia detallada de cualquier individuo. Todo esto con más velocidad que la Internet.
            Cierta vez se presentó en la oficina del jefe del servicio de inteligencia, de quien Hans había llegado a ser su segundo.
__  He sido parte de las S.S. y he seleccionado y engendrado lo mejor de nuestra raza.
            El jefe, que no entendió más que lo que usted ahora, le pidió que se explique. Y nuestro protagonista agregó
__ Yo sé lo que es un alemán
            El otro se revolvió en su asiento, quizás porque siempre quiso saberlo. Pero  Hans continuó antes que el jefe asumiera la incómoda tarea de preguntárselo.
__ Ayer le pasé una directorio con todos los agitadores comunistas de Baviera.__ he hizo una pausa antes de continuar __ Practiqué una revisión del árbol genealógico de cada uno de ellos y encontré diez mil que son alemanes de pura sangre, tanto como cualquier miembro de las S.S.— suspiró antes de dar un veredicto –  Hay diez mil miembros de las S.S. infiltrados entre los comunistas. Debemos preservar esas vidas.
            De más está decir que la intención de Hans no era salvar vidas, sino contribuir lo mejor posible con el régimen. El jefe trataba de mostrarse impasible, pero no se sabía mostrar. Sus ojos recorrían la habitación con suma serenidad, pero lo hacían en direcciones opuestas. También lo denunciaba el silencio, que para colmo había impuesto su inferior, tal vez a la espera de un aplauso. Apremiado, se tuvo que pronunciar.
__ Alguna razón tiene usted.__ y, más tranquilo, se sentó a recapacitar.
            El jefe tuvo unos de esos momentos de valentía que solamente el inteligente puede percibir. Son las valentías del espíritu y de la razón, porque a veces hay que tener mucho coraje para razonar aquello que nos puede llevar a conclusiones desapacibles. Se paró, y caminando de un lado para el otro, reflexionó en voz alta.
__ Si fue miembro de las S.S. – dijo – no desconoce que se practica la eutanasia de personas con síndrome de down y de niños contrahechos... y que muchos de ellos tienen pura sangre germana.__ se tomó el tiempo para sorber el cigarrillo antes de continuar __ Usted debería conocer que la eugenesia consiste en el perfeccionamiento de nuestra raza.—y se puso triste – y que acaso yo mismos no sea óptimo.—se volvió a sentar, para confesarse –  En su momento fui rechazado de las S.S. por tener un abuelo impuro. Mi espíritu de abnegación y sacrificio me hicieron superar esos contratiempos y llegar hasta este escritorio— lo miró fijo --- Pero escuchándolo a usted puedo estar contento por haber sido rechazado. Si nuestra raza tiene contrahechos y comunistas, no puede ser la mejor.
__ No es la mejor... es la menos mala.__ dijo Hans, superándose – la eugenesia posibilitará que seamos la mejor – remató, demostrando que no era su intención superarse.
            Lo pusieron de patitas en la calle, más por lo que había escuchado que por lo que había dicho. Tuvo suerte. El jefe podría haberlo denunciado, y con eso, demostrar que un alemán de pura sangre y ex S.S. podía ser asesinado sin más.
            Como nadie lo mató, lo ultrajó, o lo condenó al ostracismo, seguía teniendo una foja de servicio impecable, motivo por el cual no tardó en conseguir empleo en un lugar privilegiado: la redacción del diario Deustchejugen, que difería de los otros en nada. Tempranamente repararon en la habilidad que mostraba en detectar los mensajes velados, poco ortodoxos o mezquinos, y lo ascendieron a subjefe de redacción, que era su máximo anhelo. (Si había alguien mejor como censor se debía al hecho natural en él de delegar el primer puesto en otro.)
            El día que Goebbels ordenó la quema de libros, Hans tuvo una tarea mayor; detectar cuales eran probos y cuales eran ímprobos. La actitud mostrada en esa jornada demostró un progreso en su alma. Le asignaron quinientos libros para leer, y los leyó a todos – lo cual demostraba su ingenuidad – y los condenó a todos—lo cual confirmaba su ingenuidad. Pero lo más notable fue el motivo que guiaba sus actos. Muchos de esos libros le resultaban plausibles o al menos, paradójicamente, una muestra irremplazable de lo que no se debía leer. No obstante, el motivo de su condena, que no discernía entre un Montaigne y un oscuro ermitaño de Konigsberg, residía en la autopreservación, en la certeza de que perdería el trabajo de no comportase de esa manera, lo cual seguramente había aprendido de su anterior jefe. Ya no pensaba en el Fuhrer, sino en sí mismo, lo cual era un progreso.
            Pero, a pesar de todos los recaudos, Hans perdió el trabajo, porque así como no hay ley que ampare a los boludos, cuando la ley falta, los boludos tampoco son amparados. Continuó censurando como de costumbre, pero la anulación progresiva de todo adversario le ahorró trabajo. Un día censuró dos páginas, dos semanas después censuró una, y con el tiempo su trabajo se redujo a unos pocos renglones. Las cosas andaban asombrosamente bien, pero Hans no sabía apreciar lo bueno. Cansado de tener que dormir durante el trabajo, se presentó en la oficina de su jefe, y le habló de esta manera.
__ Ya no hay nada para censurar.
__ ¿Cuándo hubo censura? – Ironizó el jefe.
            Hans insistió y, naturalmente, como ya no había nada que censurar, perdió el trabajo.
Cuando los muertos en combate se acumularon tuvo la oportunidad de rehacer su vida como soldado. No era lo suficientemente joven para matar o morir, pero la porción más joven de su raza había sido exterminada y tuvieron que hacer uso de incompetentes como él. En el preciso momento en que los rusos asomaron por el naciente, tuvo una idea que ilustra a la perfección tanto su progreso moral como su miopía para acertar en el blanco del buen razonamiento (si es que alguna vez los razonamientos pueden llegar a ser buenos.) Estaba apostado en las afueras de Leipzig, sobre un promontorio desde donde dominaba todo el paisaje del este. La ventaja era estratégica, pero el enemigo tenía un número abrumador que desde el promontorio parecía incrementarse. Pudo ver a la distancia como el ejercito soviético, luego de tomar una población aledaña, pasó por las armas a todos los hombres y por el reproductor a todas las mujeres, mezclando sus imperfectos genes.  “Me dejaré morir”, se dijo. Pronto cambió de parecer, y quizás era la primera vez que cambiaba. Ahora no se iba a dejar morir, se haría el muerto, y ya encontraría la forma de recuperar la vertical. Y así fue como se quedó aletargado, boca abajo, abandonando su cuerpo por un largo rato. Al otro día, cuando lo estaban enterrando vivo, se delató. Los rusos sintieron vergüenza ajena y, a falta de algo mejor, se lo pasaron por el reproductor.
             Corto tiempo después, tuvo que huir. No pudo elegir, y terminó en Argentina. El peronismo guardaba reminiscencias del pasado, y no le fue difícil adaptarse. Se afilio para adoptar la nacionalidad. Luego alguien le aconsejo cambiar su nombre. Hans aclaro.
__ Preferiría no tener ninguno. He guardado registro de millones, y el error más grande que compartían era la posesión de un nombre, lo cual facilitaba la identificación. Como los libros que quemé, da lo mismo que algo tenga o que no tengan un título.
            Indudablemente Hans era un tipo problemático. Cuando una mujer, que trabajaba en la Fundación Evita, se enamoró de él, no tuvo mejor idea que ser sincero y relatar su pasado. La infeliz rindió cuanta a las autoridades de todo lo que había escuchado y, extrañamente, fue ella la que perdió el trabajo. Nuestro protagonista creyó ver en esto una demostración de enojo, pero no sospechó que el problema era el género. Con el tiempo la sospecha lo llevo a la misoginia, y fue así que decidió desvincular su vida de la otra mitad del genero humano.
Decidió hacerse fanático de Racing. Ese gusto por la derrota, por la exaltación del fracaso lo inclinaron naturalmente.. El estadio de Avellaneda lleva el nombre del general; el enemigo era Independiente. ¡¡¡Independiente!!!.. También tomaba la forma de una religión. Podía ir en peregrinaje a otros estadios, quemar otros estadios, robarle banderas a los enemigos, matar enemigos y, eventualmente, reconciliarse con otros credos manifestando que el único enemigo es el árbitro. Para Hans fue un avance, sin dudas. En su vida se daban cita ciertas cosas del pasado con otras del futuro. Uno podía dejar de ser de Racing y seguir siendo socio del club, aunque con la única condición de declararlo en voz baja. Al referí se lo debía odiar, pero, paradójicamente, se debía acatar fatalmente todas y cada una de sus órdenes. Quizás La guardia imperial estaba llena de negros que dejaban mucho que desear, pero no se podía negar que habían elegido un hermoso nombre para la barra brava y tampoco se podía negar la entrega que ponían en la defensa de la causa, del equipo y de los colores. El partido volvía a ser lo más importante en su vida. Sin embargo, como razonaba el filósofo, “partido” se dice de muchas maneras, y aunque Hans aún no cultivaba estas excentricidades de lo humano, ya la vida lo estaba acercando a Aristóteles. Sus razonamientos eran precarios en un principio. Eran inteligentes, sin duda, pero no guardaban ni una pizca de verdad. Pensaba; la gente puede ostentar el color de su camiseta y defenderla hasta la muerte, pero te castigan con la muerte por ostentar y defender el color de tu piel.
A poco se hizo fanático de Hermética, una agrupación de músicos desalineados y sucios que tocan temas alegres con letras tristes y cuyas ideas, de discutible realización, anidan en un club de fans, de donde, fiel a su naturaleza, llegó a ser número dos. No tenía la grandeza wagneriana del nazismo, la maza de Perón o la multitud de Racing, pero eran bastantes. Guardaban un disconformismo en el cual comulgaban sus miembros, no menos apestosos que los líderes. (Tal vez la ausencia de mujeres lo estimuló para pertenecer.) Hans, que estaba aprendiendo a pensar, reparó en la conducta de sus compañeros. La comparaba con la que adoptaban sus anteriores colegas de especie. Allá le habían enseñado que uno es importante. Cierto que había que anularse en la masa. pero una procesión militar, no podía prescindir de él, se hubiera notado un agujero en la procesión, el segundo de la fila de la derecha está ausente, y se nota, de la misma manera que reparamos en la presencia de nuestros zapatos cuando ya no nos dejan caminar. Uno era necesario, uno existía cuando faltaba o fallaba. Acá era otra cosa. Los pibes se subían a los hombros de los otros, ellos querían ser los protagonistas, y en algún sentido competían con los que ladraban en el escenario. Recordó las banderas de la tribuna, que publicaban el origen de los hinchas, con la deliberada intención de manifestar su procedencia y así destacarse del resto. Recordó que en los mundiales estos mismos argentinos son los únicos hinchas que, más allá de su común nacionalidad, exhiben la remera de su club de fútbol, marcando la diferencia incluso sumado a lo anterior: una bandera de Racing que reza “Cachito, de Pilar”. Se trataba del otro extremo del espectro, tirar la basura en la calle era un ejemplo elocuente de la necesidad de trascender de gente sin importancia (que habían nacido para ser un número cualquiera.) Si no era tan patético como aquello se debía a la intrascendencia natural del país, a que nadie se había dado cuenta de su existencia. Quizá, pensó Hans, un reconocimiento póstumo atenuaría esta conducta tan aberrante.
Se cansó de romper los asientos de los trenes y se metió en cualquiera. Para salir se afilió a un grupo que aglutinaba resentidos bajo la hoz y el martillo con el único fin de rehabilitarse. Eran pocos pero buenos, pensó. Era como estar arriba del escenario, eran cinco. Así conoció a León. Hans lo detestaba porque siempre andaba triste y malhumorado. Le hablaba de las cosas más horribles que pensar se pueda: de la tala de árboles, del hambre en el mundo, de la desnutrición infantil, de la esclavitud encubierta, de los genocidas sin condena, de la polución, de la prostitución, de las diversas formas que asume la pobreza, de la marginalidad,  en fin... de Boca. Esa persona no se contentaba consigo misma ni con el silencio, que consideraba cómplice de vaya uno a saber qué, y trató vanamente de seducir a Hans para volcarlo a su causa, obligándolo a asumir responsabilidades dudosas y cercanas al matrimonio: “tenés que comprometerte con la causa”, le había dicho. Pero, como se sabe, no es buen seductor el que nunca sonrie.
Corrió tras una idea postergada en el fondo de su corazón; “la libertad”. No fue fácil. Sintió como si estuviera profanando el músculo. Sintió que era indebido. Sintió un paro cardíaco, la sangre vacía. No era poeta – la sangre vacía se llama plasma – pero al menos sentía otra cosa. Tal vez aquella noche que había pasado aletargado, abandonando su propio cuerpo hasta mostrarse indolente ante la adversidad, le había enseñado a buscar lo bueno de la vida en el aislamiento y seguramente le había ganado la idea de que nuestro cuerpo es el uniforme que comparte el ser humano. La verdadera diferencia estaba adentro, y Hitler y todas sus otras pasiones le habían enseñado que tratar de buscar la uniformidad en el espíritu siempre termina mal. Le había llegado la hora de pensar con coraje, de demostrarse que era valiente. Puso su cuerpo junto a la hoguera, que anulaba el invierno, y se dedicó a leer su biografía, lo cual lo sumió en una profunda reflexión que sólo abandonó cuando la reflexión lo dejó a él, invirtiendo el orden que eligen los mediocres y los cobardes. Con esa lectura Hans pudo sentir que evolucionaba. Primero había pensado que era mejor que nada existiera. Después había pensado que bastaba con que esa anomalía de nuestro planeta que llamamos vida no existiera para que las otras cosas tampoco existieran. Luego pensó que lo único necesario era que el hombre no existiera para garantizar que lo otro corra la misma suerte. Finalmente sintió que  si él mismo no existía nada podía existir. Era un razonamiento perfecto, pero adolecía de incomprensión, y hasta hubo idiotas que llegaron a tildarlo de romántico.
Se aisló. Fue feliz, pero nadie lo entendía, ¿Para qué?... se había convertido en un absurdo para los otros: el último escalón en la pirámide de la dignidad humana. Sin familia, sin amigos, sin compañía,  sin adhesión de ningún tipo,  sin edad. Una especie de nazi radicalizado, un Zarathustra que no procura tener discípulos, ni uno sólo, y que por lo tanto no escribe libros ni predica imposibles. Hans tomó su propia biografía y la echó al fuego. Cuando las llamas evaporaron las hojas ya nada quedó de él.
Primer final:*
Tenía la certeza de que había acertado al menos una vez en su vida, pero estaba en un error. Quienes ahora esto leen no sospechan que pierden el tiempo leyendo algo que llevan adentro, que engendran, que siempre nace, vivo o muerto, y que, si dios existe, merecemos ir al infierno, todos. Si se buscan soluciones es porque hay un problema (y ahora siento que los razonamientos pueden llegar a ser buenos) Terminar con el problema es terminar con la búsqueda de soluciones.
Final definitivo:
Si Hans existe es posible que lo encontremos trabajando como crítico de literatura de segundo orden, buscando, disponiendo y asumiendo todos los roles posibles que están inscriptos en cada alma, seguramente próximo a perder el empleo. Pero esta interpretación es insatisfactoria para los que, con temeridad, vamos hasta el fondo de los razonamientos. Hans es solo el producto de mi fantasía, y espero haber conseguido que también lo sea de la suya, que es mi mayor anhelo. Pero como fantasía, es un ideal, aunque a él no le hubiera gustado y a mi me parezca decepcionarte. Lo que acabamos de compartir es solo el pensamiento de Hans, que yo me encargué de crear. Y si no existe tenemos que atender a lo único en él que tiene algún tipo de existencia; sus razones. Postreramente parece haber decidido no existir para que de esa manera nada exista para él, y eso me incluye, Ha aprendido a prescindir de todo, incluso de su creador, y con él, de todos los que ahora esto leen, dando por tierra con mi mayor anhelo.



* Considero que este párrafo final me desmerece.

Vergüenza compartida

Vergüenza compartida. (El enano.)

            Es conocida la técnica inventada por los dadaístas y que conocemos como cadáveres exquisitos. Consiste en la invención grupal de un poema en el cual cada integrante del grupo anota un verso con el sólo conocimiento de un verso, el que precede. La verdad es que no les dio muchos frutos este método, exceptuando la democrática idea.
            Si componer de a muchos es difícil, Borges y Bioy Casares, bajo el seudónimo de Busto Domecq, se atrevieron a escribir cuentos en común. El experimento fue un tanto más provechoso que  el de los dadaístas, no obstante, la producción de cada uno de ellos por separado se me antoja infinitamente superior.
            Se de otros que han incurrido en la irresponsable tarea  de imaginar cosas en colaboración, aunque no he tenido el gusto, la motivación, o tal vez la temeridad de encarar esas lecturas. Para salir definitivamente de la duda y confirmar el valor de estos engendros de las letras me propuse escribir – para ser franco, me lo propusieron – un cuento junto a un amigo. Consideré que se trataba de un enorme desafío y no quise evitarlo. Estipulamos lo siguiente: Cada uno escribiría por término de 10 minutos, no tendríamos ningún plan previo e iríamos incluyendo en la trama lo que el otro hubiera anotado. Finalmente sólo escribimos un par de carillas, y el nivel del relato fue casi patético. Como yo estoy más acostumbrado a la escritura, escribí tres cuartas partes. Ese es el motivo por el cual me sentía más responsable del desastre. Aunque debo confesarles algo…
            Algunos meses después del experimento se me dio por leer el resultado. No estaba tan mal. Aquí y allá encontré desastres importantes, como no podía ser de otra manera, pero también había cierto humor absurdo que no frecuento, y al que indudablemente me había llevado mi amigo. El relato no tiene título, y el título es como el nombre propio de toda letra impresa; pero como sin él es como si no existiera, podemos arriesgarnos al menos a un apodo: El Enano. El lector que me sigue podrá sin mayor esfuerzo percibir dónde está mi pluma y dónde la lapicera de mi amigo. Ahora el desafío es de ustedes.

El enano levantó los brazos. Quizás sentía que era un poco más alto, aunque sólo pedía la palabra.
__ ¿El surrealismo tiene algún asidero en lo real?
            El profesor levantó la vista y replicó mordaz:
__ Mirate.
            El enano se encogió de hombros y soportó la risa de la mayoría de sus compañeros una vez más.
            Resulto ser una risa grotesca, una risa de mirada lasciva, adornada con comentarios en forma de murmullo. El profesor festejó la reacción de su público ensayando una pavana, los compañeros del enano rompieron sus palmas en un solo aplauso, estilizándose en una gestualidad amanerada (en el peor de los sentidos) estirando el cuello y abriendo tensamente los ojos.
            Claudio podía ser corto de cuerpo, pero tenía una lengua larga:
__ Váyanse a la mierda.
__ Vos también podés irte a la mierda__ Sugirió alguien.
__ Lamentablemente vamos a llegar antes porque no tenemos las piernas cortas.__ Observó Gaspín, un pibe elegante y alto, para delirio de sus compañeros.
            Claudio se adueñó de su corto cuerpo y, quién sabe si para llegar antes al merdedero, abandonó el aula. Los otros sintieron que se quedaban sin el bufón y que tenían que continuar con la tediosa clase del profesor que, practicando una correcta lectura de la situación, publicó su juicio:
__ Ustedes sabrán disculpar… pero por culpa de este enano de mierda voy a tener que continuar con la clase.
            Todos hicieron un esfuerzo por concentrarse, menos Gándara. Ella estaba enamorada de Lucas y mientras Lucas siguiera concentrado podría seguir espiándolo. Era la única que festejaba la ausencia de Claudio. Su amorcito no era lindo como Richard ni tenía la elegancia de Gaspín, pero tenía un oído muy dispuesto a escuchar todos sus enormes problemas, que no eran otra cosa que bobadas de una niña. En el recreo pensaba hablarle de la hermosa relación que habían construido sus padres, con la esperanza de que él vislumbrara en ella a una verdadera conocedora de las relaciones amorosas. Ya mucho había hablado de lo contrahecho que era Claudio con el deliberado propósito de exaltar indirectamente las virtudes físicas de Lucas, pero esa estrategia se le ocurría demasiado transitada. Estudiaba compulsivamente sus tiempos inquebrantables y admiraba su concentración, digna de la personas suficientemente inteligentes.  Así, Gándara vivía un mundo sin sonido, donde los personajes eran simples merodeadores de su brillante obsesión.
 El profesor bailaba en su clase magistral
__….pero ante todo, ¿hay algún francés en esta sala;  o en su defecto alguien que sepa hablar el francés?….
Tres manos se alzaron tímidas pero rápidamente, el profesor miró a los ojos lentamente a los dos alumnos, deteniéndose inquisitoriamente en el que, con un gesto impetuoso  y desgraciado,  había alzado sus dos brazos
__ Que yo sepa no estamos en un estadio de fútbol,…bueno, debo confesarlo nunca estuve en u estadio de fútbol, pero arriesgaría que en estadio repleto no creo que haya una sola persona que domine el francés, a menos que sea turista. ¿Usted, y perdón por mi indiscreción, es un turista?
 La respuesta del alumno se hacia esperar; es que aturdido todavía no había bajado del todo sus brazos.
__ Mi papá es francés.__ Dijo finalmente Dumont.
            El profesor sintió envidia por el padre del pibe, pero inmediatamente pensó en frecuentarlo. El trato con un francés le daría prestigio frente a sus amigos. Incluso podía humillarlos cancelando esas dilatadas y poco provechosas amistades arrimándose al galo. Seguramente despertaría envidia en ellos y él a su vez se mostraría ofendido por ese bajo sentimiento y tendría la excusa perfecta para no verlos más. Ante todo era conveniente que esos pobres tipos conocieran personalmente al Mesie Dumont. Estaba ocupado en estos pensamientos cuando Claudio se asomó al umbral de la puerta.
__ ¿Qué pasa?__ Balbució, volviendo a la realidad.
__ La directora me dijo que vuelva.
            Contento con su nuevo proyecto, el profesor lo trató sensiblemente mejor que de costumbre:
__ Bueno, sentate. Y tratá de cultivar algún amigo en el grupo.__ Continuó, ensimismado.__ Siempre es bueno hacerse de buenas amistades.__ Y se frotó las manos.
            El timbre sonó y salieron al patio. Gándara se trabó con Lucas. Su madre era muy dulce con su padre. Periódicamente le hacía regalos, que no es cosa habitual en las mujeres. Lo amaba entrañablemente. Hoy un chupetín; mañana un almuerzo en la alcoba: todo muy romántico. Ella había aprendido la lección. Lucas no decía nada, como de costumbre. Gándara agregó que su madre era exquisita, delicada, he inesperadamente notó que los increíbles ojos de su amiguito largaron luz.
__ Lucas, ¿tenés algo para decir?
__ ¿Tu mamá es francesa?
__ Si
 Gándara no sabía mentir, pero pensaba que Lucas no lo notaría porque nunca había desconfiado de su palabra. (En realidad Lucas simplemente no sabía percibir una mentira.)
            El muchacho no sólo era crédulo, también era un arrastrado con cualquier tipo de autoridad, de manera que cuando concluyó el recreo le hizo llegar la noticia al profesor:
__La mamá de Gándara también__ A Lucas le faltaba el aire por los nervios.
 __Qué,…qué decís. Tranquilizate__el profesor zamarreó al imbécil sujetándolo firmemente de los hombros.
 Lucas se contorsionó con un gesto histérico y dijo casi en un lloriqueo
 __La mamá de Gándara también es francesa
__ ¿Estás seguro de lo que decís?
__Si, si profe__ Lucas no resistió más, fijó la vista tensa en los labios de su amado adoctrinador e intentó en forma desesperada besarlo, el espectáculo fue una breve lucha grecorromana amanerada, condimentada `por agudos chillidos. Finalmente, luego de un último y profundo trenzamiento, el profe logró quitarse de encima a Lucas quien (ni hace falta decirlo) había perdido toda compostura, cayendo de bruces al piso.
__ ¿Dumont?__Profirió el profesor, mirando un horizonte imaginario__ Dumont, ese apellido….debí haberlo sospechado…, pero ¿Gándara?…¿Gándara?.
__ Ese debe ser el apellido de su padre, no de su madre__ Dijo el pibe desde el suelo.
__ Claro… debí haberlo sospechado__ Empezó a caminar sin rumbo por el aula. Como no era enano no vió a Claudio y se lo llevó por delante. Saliendo de su ensueño recordó que tenía una pregunta pendiente.__ ¿Para qué te hizo volver la directora?
            Cuando volvió a sonar el timbre todos se dirigieron al salón de actos. Formaron los guardapolvos blancos de menor a mayor, desde el más petiso hasta el más alto. Sin embargo, el primero de la fila de séptimo grado no era Claudio. Como era el Día de la Raza la directora lo había elegido para bajar la bandera. El profesor, casualmente justo al lado de Gándara, se la imaginaba azul, blanca y roja. Dominado por la ansiedad, no esperó a que los otros terminaran de cantar la marsellesa para interpelar a la mocosa.
__ ¿Es verdad que tu mamá es francesa?
            Gándara sabía que sus mentiras tenían patas cortas como las de Claudio, y tampoco podía desconocer que este profesor las iba a ver más fácil que Lucas. Así y todo, en el apuro de contestar algo, afirmó que su madre era francesa.
Es una actitud universal el mentir. La causa de casi todas las mentiras es el miedo. Miedo al ridículo, a la vergüenza, al dolor o, extrañamente, miedo a conocer la verdad. Gándara tenía miedo de perder a Lucas. El profesor le había transmitido involuntariamente, por la misma autoridad que ejerce su profesión, que todo lo que fuera de procedencia francesa era superior. Luego Lucas le había preguntado si su madre era superior… y mintió. Se sabe; sostener una mentira obliga a fabricar otras y, a menos que uno sea un mitómano, eso trae un malestar espiritual en la persona. La segunda mentira es producto del miedo de que se sepa de la primera. La tercera es por miedo que se sepa de la segunda: y así ad infinitud. Pero el miedo más atroz del mentiroso es a que lo descubran. Cuando son dos o tres, la víctima incluso puede confesar su culpa sin demasiada vergüenza, pero cuando se insiste 20 veces con la misma mentira el miedo a ser descubierto gobierna de tal manera al mentiroso que este se ve obligado a mentir irreflexivamente, con torpeza, y en fin de cuentas prefiere quedar expuesto ante los otros como un torpe antes que como un mentiroso. Claro que todo esto es propio de los adultos y no tanto de las niñas como Gándara. Pero por algo se empieza. Para una mocosa insistir dos veces con una mentira es lo mismo que 20 veces para mi o para usted.
__ Decime la verdad__ Insistió incrédulo el profesor.
            Mentir tres veces el mismo día ya era demasiado, y dijo la verdad. El profesor apretó los dientes y soltó un insulto, pero ella, que pensaba que justificando su mentira atenuaría el dolor del docente y el propio, agregó.
__ Es que a mi me gusta Lucas y…__ y contó lo que ya sabemos.
La dejó hablando sola y se aproximó a Lucas,  para asombro de la mocosa.
__ Tengo algo para contarte… Pero primero necesito que me hagas un favor.
__ Lo que quiera.
__ Ya no se puede confiar en nadie… Quiero que me averigües si es verdad que el padre de Dupont es francés.
__ Es francés, él mismo lo dijo.
            Lucas creía en la palabra de la gente. Si alguien le hubiera dicho que él era enano lo hubiera aceptado sin mirarse en el espejo.
Texto inconcluso. Y conviene que así sigua.



martes, 1 de noviembre de 2011

La dedicatoria


La dedicatoria.
                                                                                                          A Oscar.
                                                                                                          (Alguien de adentro)

            Es conocida la anécdota. Beethoven le dedicó a Napoleón su tercera sinfonía., y lo hizo en los términos más elogiosos, bautizándola como Heroica. Como todo europeo culto y optimista de la época, el alemán era idealista, era francés. Tal vez era más francés que un francés, pues no conocía Francia y no hablaba francés, aunque aseguran que lo intentaba. Este idealista avant l’ lettre (la anécdota es más conocida que la anterior) renegó de Napoleón cuando este bombardeó Viena. Estas bombas no eran ideales – aunque los artilleros de Napoleón así lo aseguraban --. Entonces corrió con desesperación para anular la dedicatoria, aunque, con este acto, no hizo más que confirmarla. Las bombas de Bonaparte hicieron mucho por su sordera e incrementaron e incrementaron su idealismo (ahora tampoco podía escuchar el francés.) Su música, inaudita, también ganó fuerza en este terreno,[1] y el primer movimiento de la quinta sinfonía supera en patetismo a las bombas de los galos – o eso al menos es lo que se espera que uno diga –, ya que hoy se puede vivenciar igual que ayer.  Con el tiempo se hizo más viejo y más cauto, dedicando sus obras a personajes que no tenían luz propia, como las variaciones que inmortalizaron a un tal Diabelli. Ya de anciano dedicó su vida al cuidado de su sobrino, un vulgar patán que no lo merecía.  Fue a este chulo a quien Beethoven refirió la verdadera historia de su tercera sinfonía. En esta carta que permanece inédita, el sordo le manifestaba al enano.

                        “Dedico esta, mi tercera sinfonía, a vuestra excelencia; garantía de futuro, aires de la libertad, sueño que se despierta, norte del mundo, confluencia de anhelos.”

            Cuentan que Napoleón no tenía oído musical, y que por otra parte no iba a perder un segundo averiguando si tal obra estaba programada en un tiempo razonablemente breve como para no olvidarla antes. Pero la verdadera historia dice otra cosa. Creyó que se trataba de un poeta, y que, se dejaba ver, ese poeta era muy malo. No dudó un segundo: “tercera sinfonía” era una alusión a su tercer poema, “y hacen falta muchos poemas para hacerse de un nombre”, pensó. Tiempo después, cuando llegó a Viena y Beethoven ya era Beethoven, recordó aquel error. Llamó a su edecán y le preguntó qué era de su vida. Le dijo que ganaba poco pero que le alcanzaba para asistir a la opera. Napoleón amonestó a su empleado por no aplicar el oído como corresponde, y el este entendió que esa censura lo privaba automáticamente de una mejora salarial. El edecán le informó.
__ Dice que es indigno de un artista inmortal dedicar a un mortal emperador (en los dos sentidos) una cosa tan elevada. Y todo esto lo divulga a los gritos, pues debes conocer que es sordo.
El emperador no podía discernir si eso era verdad o si el edecán se estaba tomando revancha. Accidentalmente podía ser ambas cosas pero, ¿cómo saberlo? Finalmente dijo.
__ Ve con él y tráelo en mi presencia. Pero… si no vienes con él, no vuelvas.
            Al otro día, un nuevo edecán, asesorándose debidamente del tema, le dijo las mismas palabras que su antecesor y ex colega. Enojado, Napoleón le ordenó redactar una carta.
__ Sabes el alemán – Lo provocó.
__ Si, señor – Dijo el empleado, seguro de retener el puesto al menos por un día.
            En esta otra carta, también inédita, dice Napoleón.

“Dedico este, mi imperio, a vuestra excelencia; garantía de futuro, aire de la libertad, sueño que despierta, norte del mundo, confluencia de anhelos.”

Demostraba así cómo el inmortal músico, y con él todos los artistas, quedaban en ridículo al compararse con un emperador. Ese es el motivo de que la carta permaneciera tanto tiempo inédita. La primera iba contra la voluntad del músico, y debemos su preservación a la negligencia del sobrino, que la olvidó en un cajón. La segunda va en contra de casi todo el género humano que obstinadamente se niega a aceptar que el poder de un hombre puede ser superior al poder del arte. Son indudablemente poderes de naturaleza diferente; el buen arte alimenta la vida y la mala política la suprime. Y es sabido que, por más idealistas que sean los hombres, son dominados antes por el temor que por la poesía.





[1] El término correcto es inaudible, pero no guarda el sentido del chiste y del elogio en la misma línea.


Jugando al tenis con la inteligencia

Jugando al tenis con la inteligencia.

            El tenis guarda una particularidad que lo hace único: Gana el jugador que hace menor cantidad de puntos. Aunque en realidad esto no es siempre así, se da más frecuentemente de lo que usted cree. En este sentido se parece al básquet o al rugby. Sin embargo en estos deportes el valor de cada tanto difiere por la distancia, la forma, etc. El tenis es de cuño más filosófico, asombroso. Uno puede imaginar un partido (y que los hay los hay) en que el ganador hizo la mitad de puntos que su adversario. Está claro que una vez terminado el partido nadie se queja. Las reglas son así y hay que respetarlas.
            Pero qué pasa cuando trasladamos este raro mecanismo al terreno de la inteligencia.
 Hay un ámbito  que tiene algo de artístico, algo de cine, algo de sociología y algo de Psicología que sin dudas está devaluado a los ojos de los intelectuales. Es el ámbito de la publicidad televisiva. En algún momento desarrollaré las causas que considero inherentes a esta devaluación, pero a los fines que me interesan en este artículo digamos que el factor más importante de la misma es su objetivo, vender, lo cual es considerado por los intelectuales (más por omisión que por otra cosa) un fin innoble. Es algo que se supone sobreentendido y que nadie parece someter a la duda. Es un territorio que se encuentra más allá de los límites del cerebro. Inversamente, la mayoría de los publicistas parecen ignorar el valor intelectual de sus obras.
Es por eso que cuando se premia la publicidad se premia la basura y no la materia gris. Los concursos de publicidad celebran la boludes y castigan  lo profundo y lo sutil. El criterio que manejan los jueces parece ser el mayor grado de aceptación del público; aquella publicidad que todos recuerdan, la que está dirigida a los sentimientos y moviliza al consumidor. Por dar un ejemplo, una propaganda canonizada en estos concursos fue una de mayonesa Hellmans. La nena hablaba con papá por teléfono distorsionando lo que decía su madre. La madre le terminaba soplando “decile que cuando vuelva lo mato” y la nena repetía “nada, que te manda un beso”.
 Es una publicidad cristalina que le gusta a mucha gente, y yo no voy a cambiarles el gusto, pero voy a demostrar con un ejemplo porqué las publicidades de mayor mérito son aquellas que se cobijan en la inteligencia, la astucia y el cálculo. Son aquellas que impactan en el público al cual se dirigen sin que este público se dé cuenta del contenido de las mismas.

Alguien dijo que no miramos televisión sino que es la televisión la que nos mira. Y en grado eminente es la publicidad la que repara en nuestro mundo cotidiano y creencias para elaborar y sintetizar determinados aspectos de nosotros. Acá vamos a intentar problematizar la publicidad. Vamos a intentar ver televisión.        
Elegí, como no podía ser de otra manera, la mejor publicidad que vi en mi vida. En realidad tendría que hablar en plural porque se trata de dos, una por género. Bayaspirina apuntaba a que los jóvenes de ambos sexos consuman su producto con un anuncio que presentaba el encuentro  casual de dos viejos conocidos. El tiempo había hecho de uno un exitoso y del otro un fracasado. Para aquellos que no la recuerdan o no la vieron durante el año 2002, así como para todos los que la vieron y no prestaron atención, aquí va un cuadro de referencia de los supuestos explícitos  que maneja la propaganda sobre lo que es o debería ser el perfil de un exitoso y de un fracasado según su género.



EXITOSO
FRACASADO
EXITOSA
FRACASADA
Cuanto Trabaja
Poco y relajado
Mucho
Mucho
No trabaja
De qué trabaja
Vende discos
Vende colchones con su padre
En una oficina
No trabaja
Amigos /as
Muchos
Ninguno
Muchas
Ninguna
Estudios
Estudió medicina.
Secundario
Se recibió de arquitecta hizo un curso de cocina y de ingles.
No estudió


El cuadro es elocuente. De todas maneras me gustaría apuntar ciertas cosas antes de pasar a otros aspectos del comercial. 1)Lo más inquietante es que el hombre fracasado trabaje mucho al igual que la mujer exitosa. Esto se dice explícitamente en la publicidad. Él dice incluso hacer horas extras los fines de semana y ella expresa “trabajo mucho”. Si tenemos que diseñar una pirámide laboral que refleje el anuncio sería así, comenzando por el escalón más alto; fracasado /exitosa /exitoso /fracasada. Ambos fracasos están en los extremos de la escala y hay que hacer notar que la cesura entre los dos primeros y los otros es un abismo.2) Si la que triunfó trabaja en relación de dependencia  y el fracasado con su padre (osea, dependiendo de su padre), en el caso del exitoso es indeterminado. Parece disfrutar su trabajo. 3) En cuanto a los estudios sabemos que ella es arquitecta (aunque  parece que no trabaja de arquitecta) y que ellos se conocieron en el secundario. Si usted hace memoria el triunfador dice “estudié medicina” y no “estudio medicina” o “soy médico”. Por si tiene alguna duda recordará que el estudio está presentado en las imágenes como un juego. Entonces, si tenemos que marcar méritos de aplicación estudiantil del mejor al peor la escala sería así; exitosa / exitoso / fracasado /fracasada. 4) En cuanto a los amigos es necesario marcar que el fracasado no los tiene porque no tiene tiempo y la fracasada sencillamente no los tiene.
            Ahora vamos más allá del cuadro.
            PRESENTACION:  La publicidad se inicia con el fracasado yendo al encuentro del exitoso. El exitoso tarda en reconocer a ese impertinente que lo distrae de su tarea. Ha conocido tanta gente en su vida activa que no le resulta nada fácil recordar en el acto a esa persona. Por otra parte el fracasado no ha vivido su vida y por ese motivo recuerda vivamente el paso por su vida de aquel que ahora va a saludar. Los exitosos son interrogados por  el quehacer de los últimos años y responden con evidente orgullo. Parece que hablan más para deleitarse con sus propias palabras que para ser escuchados por el otro.
VESTUARIO Y ASPECTO: Los fracasados visten al gusto de sus padres y presentan rostros pálidos. Esto es fruto de la reclusión; ella siempre encerrada en casa y él en el trabajo.  En el caso de ella es ligeramente gordita y está presentada con un peinado enrrulado de los años ochenta. El es ostensiblemente más flaco que el otro y presenta un aspecto general enfermizo. Los exitosos derrochan color en sus ropas. Pero acá hay que hacer una aclaración importante. Ella aparece invariablemente  uniformada para cierta actividad, lo cual en él es mas bien raro. Esto es así porque la mujer tiene que ocupar un rol determinado mientras el hombre tiene un margen de acción más generoso (Incluso puede abandonar el estudio). De intercambiar la vestimenta ella quedaría hecha un ama de casa.
DIVERSIÓN: Como dijimos, los fracasados no se divierten, pero todavía queda algo por decir de los exitosos. Cuando se lo ve a él con sus amigos el fin de semana, se lo ve encerrado con todos ellos adentro del auto. A uno le agarra claustrofobia. En el caso de ella con sus amigas es al revés. Se las ve separadas y con el pelo al aire. Es un juego psicológico interesante. Ellos como felinos disponiéndose a ir sobre la presa y ellas como cebras esperando a ser comidas. Se adivina camaradería en la actitud de ellos pero no en la de ellas.
ABURRIMIENTO: Si los exitosos se divierten los fracasados se aburren. Él por la monotonía del trabajo y ella... bueno, porque si. La mujer se aburre por falta de iniciativa y el hombre por falta de tiempo.
MALESTAR:  Los exitosos ofrecen Bayaspirina  Así como saben vivir  también saben sortear los obstáculos que la vida les pone. Pero es sumamente entretenido notar en que momento se les presenta el dolor de cabeza a los exitosos. A él se le presenta el dolor como consecuencia de la joda (a uno se le ocurre que por la ingestión de alcohol). A ella como consecuencia del trabajo (vemos que se toma la cabeza sentada cómodamente frente a una computadora). ¿Le duele la cabeza por pensar mucho?  Interesante acertijo. Lo más evidente es que se pone el acento en el dolor de cabeza de ella y no de él. Después del monologo exitoso y vertiginoso (acorde a una vida vertiginosa) sucede en los fracasados la toma de conciencia  de sus propias vidas grises y mediocres. El  malestar se genera a consecuencia de esta toma de conciencia. No quisiera llevar demasiado lejos el análisis pero acá Marx está presente.
DEPORTES: Como los fracasados no practican deporte (por eso a ella se la ve gordita y a él desgarbado) hay que hablar solo de los exitosos. Él practica fútbol  y corre. Ella un deporte rebuscado que realmente no se como se escribe, ¿snowbord?. Deporte que se practica en la playa y que no ha de ser para gente pobre. Quiero recordar que el fútbol es un juego de equipo y el otro no.
SEXO:  Ninguno de los exitosos tiene pareja estable ( esto iría en contra de la natural independencia de esta gente) y en el caso de ella aunque "sale" con un piloto de aviación comercial y frecuenta los boliches... y todos sabemos que los pilotos viajan mucho. Esto no es chiste Dice literalmente “salgo con las chicas” y a renglón seguido “salgo con un piloto”.
Lo que llama la atención de esta promiscua confesión, no es la promiscuidad, sino la confesión, la aberrante publicidad de que sale con un piloto. Pero lo más importante es  el acento que pone en que ella sale. La mujer exitosa debe salir de su casa, el ama de casa nunca es una mujer exitosa. No es casualidad que la última actividad que dice desarrollar sea viajar, que es como salir muy lejos.  Entre los hombres no porta con quien sale, sino el hecho de tener o no tener sexo. El exitoso dice que tiene sexo pero lo dice muy sutilmente.
REVISTAS Y LIBROS: Ambas mujeres leen revistas Pero mientras la exitosa las frecuenta en sus momentos de relax (y escuchando música a un mismo tiempo, porque tiempo no le sobra) la otra lo hace en su casa para " matar" el tiempo (es de notar que la gira de atrás hacia delante como si ya la hubiese leído. De esta manera se grafica el circulo, la monotonía.)  El contrasentido que se da acá es que el exitoso aparece leyendo un libro aunque nunca terminó nada y su par femenina no aparece con algún libro aunque estudió de todo.
COLCHONES:  Así como las mujeres comparten las revistas, los hombres comparten los colchones. Al exitoso lo vemos saltando del colchón cuando es sorprendido por el padre de la muchacha. De todas maneras el colchón queda en nosotros como una característica  indeleble del fracasado. No es en modo alguno arbitrario que venda colchones dado que paradójicamente casi no los utiliza. Lo vemos bostezando frente a la cámara y comprendemos que ni siquiera los utiliza para dormir. Esto no es un dato para despreciar, uno esperaría que el exitoso le escape a la almohada.
SÍMBOLOS DE PODER: Los dos símbolos evidentes de poder recaen en los varones. El avión del novio de ella y el auto de los muchachos.
PEQUEÑA  ESTETICA:  Casa de la perdedora y Colchonería del perdedor: En ambos casos son ambientes escuetos, tan aburridos a la vista como sus propias vidas. Resulta difícil determinar prima facie donde termina un objeto y donde comienza otro. Todo es "gris". Hay  una ostensible palidez en sus rostros. Al fracasado se lo puede ver en la colchonería de su padre bostezando. En el momento en que este bosteza se ven tras él los colchones dispuestos verticalmente. La altura de los colchones realza la pequeñez y fragilidad del muchacho. El ambiente parece invadido por la humedad y el padre vigila pertinaz tras el escritorio. En el caso de ella se la puede ver leyendo de espaldas a una pared  que parece más enorme por la ausencia de motivos. El no se ha independizado de su padre y yo me figuro que la madre de ella es la mirada de la cámara.
LA PUBLICIDAD en si es soberbia. Presenta una estructura argumental y visual impresionante. Nada se ha dejado al azar. Es evidente que está dirigida al arco juvenil (las mujeres más humildes suelen frecuentar los estudios de cocina y peluquería, las de clase media el ingles y el snowbord, y todas quieren salir con un aviador.)
DATO CURIOSO: A la mujer triunfante se la puede ver salir de la facultad el día de su egreso. Le tiran un huevo en la cabeza, que es tradición y ese huevo aparece inmediatamente en el curso de cocina. Yo quería adjuntar esto como dato estético. Luego me recorrieron oscuros pensamientos al respecto. Finalmente lo apunto como curiosidad. Usted dirá si es un error o no.
Servicio para el señor lector. Y trate de no perder el saque.

Nota: Hoy en día a los publicistas se los está llamando creativos. Esto seguro que es una jugada para acaparar prestigio y estudiantes. En la Edad Media creador era solo Dios. La Ilustración hizo del artista un creador y el Romanticismo puso al creador al lado del genio (Que no era otra cosa que  un Dios entre nosotros) En un momento pensé en que si el término un tanto modificado se le aplicaba a los publicistas era un error. Después pensé que el término estaba devaluado. Luego pensé que a los publicistas se les iba la mano. Hoy creo que el término siempre hizo justicia al aspecto más eminente de cada época. <Volveré sobre el tema>


Historia de occidente

Historia de occidente.

En un principio la inteligencia fue dada al hombre por la naturaleza como una herramienta de defensa. La inteligencia era su guarida. Con ella se escondía de sus enemigos naturales.
 Luego la inteligencia le dio armas para conseguir el alimento. La  inteligencia era su arma. Con ella se liberó de sus enemigos naturales. (Y quedó virtualmente fuera de la naturaleza.)

El hombre inventó a Dios para procurarse un enemigo natural. 
Intentando independizarse de esta naturaleza creada inventó el arte.
Ahora que el arte está muriendo quizás nos estamos liberando de Dios.