jueves, 12 de enero de 2012

El caso Bruckner

El caso Bruckner y otros escritos sobre música

Estos son consejos para que aprendas a escuchar música con el cerebro, desterrando prejuicios, y en algunos casos, para que no prejuzgues a tus semejantes.

Casi toda la música clásica es una mierda
Héctor Yánover, librero, sostenía que casi todos los libros que se publican son una mierda. No decía más que obviedades, pero también sabía que es necesario recordar esa obviedad cada tanto. Las mayorías tienen un prejuicio de cuna y sacralizan los libros por esos adagios que aprenden de pequeños: “Leer es bueno”, “el saber esta en los libros”, etc. Paradójicamente la recurrencia a estos adagios paraliza o espanta al potencial lector.
De las otras artes se puede decir lo mismo. La música clásica es vieja, y lo que nos ha quedado con el paso de los años es, en general, lo mejor. No es una música para iniciados. Los auditorios antiguos eran bien vulgares. Las masas escuchaban con deleite a Mozart y veían en sus óperas un momento de distracción de la misma manera que el público de hoy ve una obra maestra en el cine (verbigracia, Titánic.) Y aunque siempre hubo música para pocos, y de la buena, la enorme mayoría de lo que hoy sale al mercado con el rótulo de “música contemporánea” (esa supuesta música clásica del futuro), deja mucho que desear. Es música para minorías, para iniciados. ¿En qué se inician? En matemáticas. La música siempre fue matemática, pero ahora parece que la matemática es música.
Como la música de la época de Mozart (el clasicismo) es la más vendible, un gran sello sacó a la venta una colección que se llama “Los contemporáneos de Mozart”, unos palurdos insoportables de tan comerciales que eran (son). Uno de los mejores es Salieri, que sin embargo tiene tan mala prensa como resultado de una muy buena película. De los otros no quiero acordarme. Lo que si me quedo bien claro es que casi todo lo que se produce, en cualquier rama del arte y en cualquier tiempo histórico, es una reverenda mierda.[1]

El caso Wagner
Se puede ser un grandísimo hijo de puta y tener un alma hermosa
Richard Wagner fue ese grandísimo hijo de puta que seducía a  las mujeres e hijas de los amigos, faltaba invariablemente a toda cita y estaba tachado de moroso incobrable.  Cuando un amigo le reclamaba un mango, Richard le escupía: “Te voy a dar dos consejos: primero que te consideres afortunado, no porque poseas fortuna, pues la has perdido toda, sino porque con tu dinero has aportado a la causa de la humanidad, a quien está destinada mi música.  Y, segundo, no me vuelvas a llamar  amigo”.
Sin embargo cuando escucho la música de Wagner no puedo dejar de sentir que ese tipo poseía un alma amplia y hermosa. Y hasta llego a justificarlo en sus actos. Yo le hubiese entregado hasta el orto por una ópera más.

El caso Bruckner
Los boludos pueden ser geniales

La primera vez que escuché el final de la octava sinfonía de Anton Bruckner le vi la cara a Dios. Ese ascetismo de notas, esos tuttis, esos silencios grandiosos, esos dominios del alma ajena (la mía) me llevaron a representarme su cara (la de Dios) como la de Schönberg: la cara de alguien  torturado espiritualmente, lleno de ideas reflejadas en su rostro, seguro de sus actos, un tanto inabordable para el diálogo, sabio en su mirada, profundo en sus dudas existenciales, descreído de sí mismo.
Por aquellos años la tecnología (y el conocimiento) no eran tan accesibles, de modo que tuve que esperar para dar con la cara de mi ídolo. Compré la novena sinfonía, quizás la mejor. Venía con un retrato del monstruo y una biografía sucinta. ¡Qué decepción, hermanos míos! Anton resultó tener facha de boludo, cara de boludo, y lo que es peor, era un boludo.
Esto último merece ser explicado, porque si bien es cierto que las apariencias engañan, más cierto es que cuando las apariencias no engañan, nada especial esperamos de esos individuos. En otras palabras: de alguien que parece boludo y hace boludeses lo último que esperaríamos es que fuese un genio universal de la música.
Bruckner era obeso, de misa diaria. Su obsesión era tal que contaba las estrellas y no pudiendo contarlas a todas volvía a empezar. Tenía un edipo mal curado y su madre lo era todo para él. Su sueño era conocer a Wagner y servir a Dios con sus sinfonías.
Sus sinfonías presentaban en su época una característica única: no eran suyas. En efecto, todos los músicos que tenían acceso a la partitura corregían pasajes extensos y añadían arreglos. Bruckner los dejaba hacer. No tenía personalidad para censurarlos. Luego dirigía esas obras llenas de correcciones, casi ajenas.
Anton había empezado a componer pisando los 50 años. Y lo hizo obsesivamente. No solo componía sinfonía tras sinfonía sin respiro, también las corregía incansablemente (y se las corregían.) El caso más elocuente es el de su insólita sinfonía cero. A pesar de no haber sido estrenada y estar fuera de catálogo, se entretuvo revisándola hasta el final.
¿Bruckner tenía conciencia de su genio? Todo indica que sí. Hoy solo se publican sus sinfonías originales, porque tuvo la precaución de guardarlas. El problema es que hay en algunos casos dos o tres versiones de una misma sinfonía, consecuencia de su inseguridad que lo llevaba a corregir tanto.
Su primera obra la estrenó un director sin escrúpulos, que trató de demostrar que la obra era mala dirigiéndola lo peor que pudo. Bruckner decidió  dirigir sus propias obras, y fue peor. No tenía personalidad. Si un clarinetista le decía su parecer sobre cierto pasaje terminaba por imponerse al director. El resultado era que cada instrumento hacía lo que le venía en gana. Setenta músicos: todos directores. Esto le jugó una mala pasada al genio. Si su música era difícil y encima estaba mal ejecutada, poco se podía esperar de ella. Máxime si tenernos en cuenta que a esto hay que agregarle las manipulaciones de terceros en las partituras.
El gordo fue a la casa de Wagner con su segunda sinfonía bajo el brazo. Además, deseaba conocer a su ídolo. Richard, enterado de la presencia de este don Nadie, lo hizo esperar varias horas bajo la nieve. Finalmente mandó al portero para que reciba las hojas. Días después nuestro ídolo (Bruckner) retornó. Un alcahuete le alcanzó una nota telegráfica que decía algo así: “Obra mala. No molestar”. Pero el gordo ya tenía bajo el sobaco su tercera sinfonía. El hijo de mil putas le abrió la puerta. (Podemos estar seguros que para conseguirlo Anton clavó las rodillas sobre la nieve largamente.) La entrevista fue breve. Estaba feliz. Parece que para Bruckner, dios había asumido la cara de Richard Wagner. Y más feliz estuvo cuando el turro, que leyendo partituras no era boludo ni garca, elogió la tercera sinfonía y movió influencias para que fuese estrenada.
El estreno fue un fracaso.[2]
Pero como si todos estos problemas fuesen pocos, sus sinfonías crearon otros problemas que aún no han podido resolverse.
Desde Beethoven, medio siglo atrás, no aparecía un sinfonista innovador,  y toda novedad trae sus complicaciones. Jamás se habían hecho sinfonías tan largas y de estructuras tan lentas. Ya en su época se le criticaba la falta de solvencia para pasar de una melodía a otra, así como la falta de adornos en su música. (Afortunadamente todo esto era salvado por sus amigos que le corregían los pentagramas. Pero que tampoco podían hacer milagros.) Sin embargo lo que más le enervaba la puta sangre a esos auditorios eran los famosos silencios brucknerianos y su contrapartida: los tuttis,  llenos de bronces y metales.
Aún su música es para pocos. Un musicólogo de la revista Audio Clásica contó la siguiente anécdota. En Gran Bretaña le habían hecho un homenaje radial al genio. Él había sido convocado para explicar su música. Como tenía ganas de divertirse y no de enseñar, dijo que todos esos metales en los tuttis de Bruckner remiten a las bocinas de las locomotoras. El músico había sido muy fanático de los ferrocarriles y gustaba de escuchar los diferentes tonos de las bocinas según los trenes se acercaban o se alejaban. Innumerables oyentes llamaron a la radio agradecidos: ahora podían escuchar a Bruckner; lo habían entendido. Pobre gente.
Pero si los tuttis tienen sus problemas, la cosa no es mejor con los silencios. Anton es el músico menos indicado para escuchar en un concierto. En esos poderosos silencios, tan introspectivos y de características metafísicas, es cuando a todos se les da por toser o estornudar o aclararse la voz o aplaudir suponiendo que la obra ha concluido o chistar para callar a los que aplauden. Es una verdadera pesadilla concurrir a un concierto así. Además, la mayoría suele estar en una crisis de aburrimiento y el aburrimiento invita a retirarse, y cuando se retiran hacen ruido. Afortunadamente tengo un excelente equipo de audio que me permite emocionarme sin que nadie me vea.
Y del silencio al tutti, Bruckner nos ofrece eso que alguno definió magníficamente como “angustia existencial”. Esos ostinatos in crescendos que laceran el alma (¡por Dios el movimiento cuarto de la octava, el primero de la novena o el primero de la séptima!)
No obstante lo dicho, es evidente que gran parte de la obra de Bruckner es un tanto ingenua, infantil, irresoluta, como él mismo, o al menos como una parte de él mismo.
Nunca tuvo novia y murió virgen. Está documentado en las cartas a su madre. A medida que se ponía viejo pedía la mano de señoritas, preferentemente campesinas, más jóvenes que Heidi. Su amor a Dios era inocente. Tanto se había consagrado al Señor que prometió tener sexo sólo después del matrimonio. Pero nunca se casó. No recuerdo quien explicó los tuttis como el lugar donde Anton canalizaba su libido. Puede que tenga razón. ¿Y entonces qué decir de los silencios?

El caso Haendel
Una linda melodía no es música
Haendel era hermano de Jack London. No porque los hubiera parido la misma madre, sino porque estaban hechos de la misma madera. Ambos eran grandes plagiadores.
Cierta vez le preguntaron al alemán por esa costumbre de tomar prestadas melodías ajenas. Haendel respondió: Una melodía no es música. Esos bobos no saben elaborar nada decente con ellas. La melodía es el primer escalón de una obra, nada más que eso.
Recordemos las melodías de Paganini. Variaciones y rapsodias sobre uno de sus temas (o sea, sobre una de sus melodías) compusieron nada menos que Brahms, Rachmaninoff y Lutoslawsky entre otros. Esas melodías son hermosas. El tano era un melómano al pié de la letra, pero nunca se consagró como músico con mayúsculas. Esas melodías tuvieron que visitar la cabeza de Brahms y de los otros para elevarse al nivel de arte.
  Como un ejemplo para ratificar lo que Haendel dijo, pero en sentido inverso, bástame recordar la famosa melodía de ♫ Porque es un buen compañero♫  que plagia a Beethoven en La batalla de Wellington, perdiendo todos sus méritos. O la melodía del Himno a la Alegría tocada por Los Violadores.

El caso Paganini
Ser un virtuoso tiene más que ver con el deporte que con la música
La expresión más popular del virtuosismo es la velocidad del ejecutante. Alguien alguna vez dijo que era más difícil técnicamente en la guitarra tocar arpegios ligados que escalas a mil, pero también es cierto que resulta extremadamente más difícil tocar esos mismos arpegios a altas velocidades.
Aunque siempre conviene ser un virtuoso, es innegable que el virtuosismo en sí es algo que guarda mayor afinidad con el deporte o con el circo que con la música, como si fuesen corredores de los 100 metros llanos. Como  Niccolo Paganini, que terminó ganándose la vida ejecutando el violín en el circo.

El caso Malmsteen
Uno debe acomodar el oído antes de juzgar a un virtuoso
Al guitarrista sueco Yngwie Malmsteen y a muchos otros epígonos suyos que tocan a altísimas velocidades se los ha calificado en sus comienzos despectivamente como “licuadoras”. Como suele pasar, estos llevaron la ofensa como estandarte y hoy es como se designan a sí mismos: Shredders, en inglés.
Y es que hay que acomodar el oído antes de juzgar a un virtuoso .A esos ansiosos, la novedad de Yngwie y compañía les sonaba a una licuadora, en virtud de la velocidad con que ejecutaban las escalas.
Hoy nadie que pretenda dominar el instrumento de las seis cuerdas puede pasar por alto las innovaciones técnicas del sueco.
Muchas de las obras de Liszt o Bach fueron interpretadas en su época como alardes del virtuoso. Sin dudas lo eran, al punto que en la época de Bach eran muy populares los duelos para dirimir quién era más virtuoso. Pero pasaba desapercibida para sus contemporáneos la dimensión artística de esas obras.

El caso Charly
Tocar un instrumento es como hablar un idioma
Y sí, tocar un instrumento es como hablar un idioma. Tengo un amigo que habla cuatro idiomas. En cada uno de ellos sólo emplea cien palabras. Es un Tarzan políglota.
Pero el empleo de pocas palabras también fuerza al hablante a ejercitarse en el poder de síntesis. Lo vemos en esos maestros espirituales de oriente que muchos suponen sabios porque emplean pocas palabras. Esa gente, por falta de recursos en nuestro idioma tiende a explicar todo por medio del ejemplo. Para decir “la vida es breve” quizás no encuentren dentro de su léxico la palabra “breve”, y tengan que decir “la vida nuestra es como la vida de las mariposas. Volamos hacia la muerte, que nos espera cerca”. Siempre habrá gilbertos dispuestos a aplaudir estas naderías.
Charly es un Tarzán que habla muchos idiomas, en especial el chino mandarín. Lo hace muy bien, no lo voy a negar. Pero…

El caso Nietszche
La obra de Nietzsche es una mierda
A ver si se dejan de Joder con publicar las obras de Nietzsche o las de Adorno. Obvio; hablo de las obras que realizaron para destruirnos los oidos. Nunca va a faltar un incauto como yo o como mi amigo Maesse que gaste unos pesos en descubrir que esos tipos eran filósofos, no músicos.

La música es más importante que los músicos

Hay quienes quieren las obras de Mozart tocadas al clave, como en el original. Hay quienes critican las ejecuciones de las obras de Bach para violin, porque entienden que acercan su música a la de Brahms, haciéndola sonar muy romántica. Son los llamados puristas. Son los censores del pentagrama. Son aquellos que aman más a los músicos que a la música.
                                                                       Enero de 2012

Nota: He escuchado muchas versiones de la obra de Bruckner. La mejor es la de Szell, porque no intenta adicionarle romanticismo o severidad a la obra. La ejecuta casi sin interpretarla; escueta y filosa como debe ser. Lamentablemente esta versión de la obra no esta en el Youtube. Pero les paso la de estos tipos casi desconocidos, pero muy buenos. Mi hermano Anton, desde el cielo, te lo va a agradecer. 
http://www.youtube.com/watch?v=tEa6OUQ98OY&feature=BFa&list=PL076B0F06CEEA29C9&lf=plcp
http://www.youtube.com/watch?v=hkww_vPpewk&feature=related

ARTICULOS RELACIONADOS
http://www.baojose.blogspot.com/2011/11/sobre-eso-que-llaman-rock-nacional.html
http://www.baojose.blogspot.com/2011/11/opera-para-todos.html
http://www.baojose.blogspot.com/2011/11/la-sorpresa-de-haydn.html
http://www.baojose.blogspot.com/2011/10/bombas-en-el-paraiso.html
http://www.baojose.blogspot.com/2011/10/el-registro-del-alma-segun-el-jazz.html 


[1] Una cosa es saber discernir la buena de la mala música. Y otra muy distinta es que a uno le guste siempre lo bueno. Yo he comido mucha mierda y la verdad es que la encuentro bastante sabrosa.
[2][2] Durante uno de estos estrenos fracasados se le acercó un joven para felicitarlo: Gustav Mahler, que probablemente allí mismo en ese estreno aprendió una lección. A él los músicos de la orquesta lo iban a respetar. Quizás nunca hubo dictador director más severo que Mahler.


viernes, 6 de enero de 2012

Los dos golpes (2001)

Los dos golpes
(Aportes para el estudio de la crisis institucional de 2001. Los medios.)

“Va a llegar un momento de impunidad. Fíjese como se hizo en Venezuela. Se hace un movimiento el primero de enero de 1958. Salieron a la calle y tiraron algunos tiros los militares. Todo el mundo miraba. ¿Sabe que hicieron las fuerzas dirigidas por los comunistas? Muy hábiles. Se fueron a los cerros. Caracas está rodeada de cerros y arriba de los cerros están las villas de emergencia que rodean la ciudad de Caracas. Se fueron allí y les dijeron: “Muchachos, una semana de saqueos. Hacia el 20 nosotros sacamos un nuevo movimiento y entonces ustedes se largan hacia la ciudad”. El 23 de enero del 58´ se produce el segundo movimiento revolucionario. Se largaron los cerros sobre Caracas y— ¡Dios me libre!—empezó el saqueo. Saquearon todas las casas de comercio. Una semana tuvieron de impunidad para hacerlo. Y fue el triunfo de la revolución. Se largó todo el mundo a la calle. Y el primer día no había salido uno. Bueno, todo eso se prepara. Díganle a esa gente de villas miseria que hay una semana de saqueo en Buenos Aires. Verá usted el efecto. A esa gente no hay que hablarle de ideales ni de nada de eso. Todo esto es parte de la guerra revolucionaria.”
                                                                       Juan Domingo Perón
(Revista Primera Plana, Nro. 449, septiembre de 1971. Sacado de Perón. Obras completas, tomo XXV, pág. 187. Editorial Docencia.)

En Argentina los presidentes no caen, suben. De la Rua e Isabel subieron a un helicóptero. Perón y Frondizi subieron a un barco. Dicen que Illia subió a un taxi y sintió vértigo porque había viajado en carreta por casi tres años. También pasó con esos que fueron víctimas de los llamados golpes internos. Onganía subió a un ascensor del edificio Libertador y a Lonardi lo sacaron porque estaba enfermo: subió al cielo cuatro meses después. Extrañamente nadie ascendió al cielo desde el sillón presidencial por propia voluntad como el chileno José Manuel Balmaceda o el brasileño Getúlio Vargas. (El chileno Salvador Allende es un caso raro: primero lo mataron y luego se mató.) No hubo magnicidios en nuestro país, a lo que son tan afectos los yanquis y los bolivianos (Evo Morales incluido). A Videla le pusieron una bomba en la pista de aeroparque cuando subió a un avión, pero la encontraron a tiempo, y a Sarmiento lo quisieron hacer volar en mil pedazos cuando subió a un carro, pero la impericia del terrorista lo salvó.
Un golpe se puede presentar de muchas maneras. No solo es la destitución de un presidente constitucional por las Fuerzas Armadas. Y no siempre es mala palabra. Hay veces en que puede ahorrar muchas vidas, y en otras ocasiones las gasta sin avaricia. En el golpe a De la Rua muchas vidas fueron desamparadas por los golpistas El presidente no tenía vice, y el primero en la línea de sucesión era Ramón Puerta, un peronista. ¿No hubiera sido más fácil matar al presidente que a decenas de argentinos? ¿No hubiese sido más fácil terminar con una persona que prender fuego el país entero? Creo que no: el saqueo, aunque instrumentado, pone el acento de la responsabilidad en el pueblo, que en fin de cuentas es el soberano. ¿No hubiera sido mejor un juicio político? No: no había tiempo que perder.
Los tiempos de Duhalde
Ya para mediados de 2001 Duhalde recorría los canales de televisión diciendo que De la Rua no llegaba a fin de año. En parte era una manifestación de deseo y en parte era la estrategia que había elegido. Casi se podría decir que se trataba de una profecía autocumplida.
En este juego de Duhalde la pieza clave era Alfonsín. El mandamás del radicalismo había salido a apoyar públicamente la gestión de chupete y hasta la gestión de su ministro de economía, Cavallo. Pero era un secreto a voces que su relación con el gobierno era muy mala. Lo que sí era un secreto mejor guardado por los medios era la relación creciente que estaban manteniendo Duhalde y Alfonsín. Ambos habían fundado el MPA (Movimiento Productivo Argentino) en junio, de modo que eran, digamos, socios. El cabezón necesitaba que Raúl le suelte la mano a Fernando.
En las elecciones legislativas de octubre de 2001 el peronismo se impuso en casi todo el país. Los primeros contrincantes en la provincia de Buenos Aires fueron precisamente Duhalde y Alfonsín, los socios. El primero ganó por una cabeza. Alfonsín salió electo tercer senador por la minoría.
Como se recordará ese tercer senador por la minoría fue fruto del pacto de Olivos, suscripto en el 94´ por Menem y Alfonsín. Fue una de las concesiones del riojano al radicalismo a cambio de la reelección, y en el caso de Raúl, una estrategia para que el radicalismo no desaparezca del mapa político. Siete años después esa táctica daba sus beneficios.
Pero el pacto de Olivos iba a estar presente en ese 2001 mucho más de lo que la gente piensa.
Menem por entonces estaba preso y era aun presidente del Justicialismo. Su estrella política no se había apagado y hasta llegaría a salir primero en las elecciones presidenciales de 2003. Clarín titulaba en tapa recurrentemente sobre la causa que se le seguía a Menem por la venta de armas a Ecuador y a Croacia. El proceso a Menem fue la bandera que levantó De La Rua en su lucha contra la corrupción, que era una de sus premisas, junto con la mantención de la convertibilidad. Se equivoco feo, porque los que más querían ver a Menem entre rejas eran los peronistas.
No obstante lo cual, como Carlos no era un cadáver político, había que contar con su aprobación para pactar cualquier cosa con el radicalismo. Carlitos lo que quería era la libertad y, extrañamente, la obtuvo (noviembre de 2001).  Se llamó a silencio y desapareció de los medios (o los medios lo hicieron desaparecer, que es lo mismo.)

A partir de ese momento hay nombres que empezaron a aparecer en la prensa escrita con mayor frecuencia que la habitual, siempre vinculados a Duhalde y a Alfonsín. Esas personas eran Nosiglia, Manzano y Barrionuevo, todos ellos habían sido los testaferros de Menem y Alfonsín durante las negociaciones de Olivos. Siempre es mejor jugar un partido con jugadores que ya conocés.  Fueron ellos los que en algún momento de octubre o noviembre empezaron a tejer el descontrol social.
Sin embargo, el peronismo estaba dividido. No se notaba. Los medios daban mayor espacio a los presidenciables: De la Sota, Ruckauff y Reutemann, que con pequeñas diferencias bregaban por la continuidad de la convertibilidad y se veían no tan secretamente con Domingo Cavallo (porque querían saber de primera mano lo que se había hablado con el FMI y los organismos internacionales.) Del otro lado estaban Duhalde, un santacruceño y, quizás, un fanático de la motonáutica, por entonces diputado, y que nunca se sabe bien para donde orienta el timón. Querían devaluar, aunque nada se decía explícitamente. A estos últimos la prensa no los ninguneaba. Simplemente les daban menos espacio porque no estaban bien informados (o no les llegaba información, que es lo mismo.)
Los presidenciables deseaban que chupete se desgaste en el poder, pero sin llegar a una crisis de gobernabilidad. Para ellos, tomar la manija a fines del 2001 no era oportuno. Pensaban mantener una actitud crítica moderada y avanzar hasta las elecciones del 2003, pero sin participar en el gobierno, como llegó a proponerles chupete. Pero, queda dicho, los tiempos de Duhalde eran otros.
Un golpe anunciado
A fines de noviembre la presidencia del senado quedó en manos de un peronista: Ramón Puerta. En el acto de asunción al cargo se cantó la marcha peronista en el recinto, de pié y a todo pulmón, papelitos incluido. No hace falta ser muy pillo para entender por qué estaban tan contentos. No llegó a pasar un mes para que la escena se repitiera con la asunción de Rodríguez Saa.
Durante todo diciembre se estuvo hablando con Comisarios, manzaneras, punteros. Y por supuesto se llegó a arreglar con algunos supermercados gigantes la indemnización por potenciales daños.
Para aseverar esto me basta mi experiencia personal. Vivo en el segundo cordón industrial, en la ciudad de Los Polvorines. Ese 19 de diciembre me desperté a eso de las 8 de la mañana para estudiar la última dialéctica de Platón, que tenía que rendir. Como no había encendido ni la radio ni la tele no estaba al tanto de la realidad, de lo que pasaba afuera de la caverna. La manzanera del barrio, escoltada por muchos vecinos, me apremió para que concurriéramos a la municipalidad. Yo nunca había aceptado un solo sachet de leche, de modo que estaba desconcertado. Le pregunté el motivo por el cual yo tendría que abandonar a Platón para seguirla. La respuesta fue extraña y coral (todos me respondieron): se iba a asfaltar una calle a cuatro cuadras. Como consecuencia de ese asfalto el agua de la lluvia nos inundaría nuestra manzana, que se encuentra en la zona más baja. En otras palabras: convenía que la calle continúe de tierra porque la tierra absorbe mejor el agua. No convencido por los argumentos los seguí. Tampoco quería permanecer ajeno a algo que se adivinaba importante. Caminamos en caravana las diez cuadras que median entre nuestras casas y la municipalidad. El número de manifestantes se incrementaba a medida que avanzábamos. Noté que muchos supermercaditos estaban literalmente vacios y con las persianas destruidas. Frente a la municipalidad éramos miles de personas manifestando en contra de cien metros de asfalto. Los comercios más importantes de la zona hacia más de 48 horas que permanecían cerrados.  Algo anda mal, pensé.
A cada manzanera los punteros les habían mandado un cuento diferente. Y aunque parezca increíble, muchos en el barrio aún creen pura casualidad que nuestra demanda haya coincidido con ese histórico día. Otras manzaneras recibieron la orden de movilizar a sus barrios con consignas más decorosas. En general eran cuestiones de luz, agua, cloacas, etc. Las dos más interesantes de que tuve noticia fueron estas: A la manzanera que le correspondía la cuadra del asfalto proyectado le dijeron que no se realizaría la obra por mediación de nuestra manzanera. A otra le fueron con un cuento del tío muy sugestivo. Ella tenía conocimiento de los saqueos ese día. Le dijeron que no la iban a poder proveer de leche y otros productos a ella (y por lo tanto al barrio) si continuaban los saqueos. Tenía dos salidas: o se movilizaba hacia la municipalidad  (cosa que hizo), o se movilizaba hacia el chino (cosa que hicieron los suyos.)

Tinelli y los medios de comunicación durante el período de acefalia.  
Durante la última semana del 2001 la prensa no tenía brújula. Y eso se notaba. De alguna manera es siempre un poder que está supeditado, no es ni puede ser independiente. Lo que queda claro es que había sobreabundancia de información. Las frases más usadas por los medios eran ola de rumores, fuentes cruzadas o una jornada cargada de versiones. En otras palabras: estaban desinformados, por exceso de información.
El día que renunció Rodriguez Saa Clarín tituló: “Ahora renunció Rodriguez Saa”. Ese Ahora evocaba esa falta de información. El diario había tomado, aunque con reservas, partido por el nuevo presidente, y ninguna de todas las versiones que llegaban a su redacción había hablado de una posible renuncia. Ese Ahora es: Ahora resulta que no sabíamos un carajo de lo que estaba pasando.
Pero había alguien que estaba mejor informado que Clarín: Marcelo Tinelli.
El rol de Tinelli en el escenario político siempre fue grande. Recordemos: En el 95´ Menem le dio un abrazo al oso Arturo (un oso hormiguero con un tipo adentro que no hablaba nunca y que era la mascota del programa.) Mucho ayudó ese abrazó en las elecciones que finalmente ganó. La cama que le hicieron a De La Rua en su programa, dándole mala información sobre el nombre de la mujer del conductor, donde la seguridad falló cuando un joven llegó a abrazar al presidente para reclamarle algo y donde también fallaron sus asesores que lo alentaron a exponerse ante un imitador implacable como Freddy Villarreal, es hoy un clásico. También podemos mencionar más recientemente el caso de Graciela Alfano, panelista y jurado de Tinelli. Se la culpó por su affaire con Massera y por alguna frase inoportuna. Pero el verdadero destinatario del apriete no era la golfa, era Tinelli. ¿El mensaje? : El próximo sos vos. Esto fue justo en medio de la campaña para las últimas presidenciales. Nada es casual. Ya hace años Tinelli le dio franco al imitador de Néstor Kirchner, casualmente el mismo Freddy Villareal, ante un apriete del gobierno, justo en el momento en que el gobierno se encontraba en su índice más bajo de popularidad (popularidad que nunca perdió Marcelo.)
Hoy pocos recuerdan lo que hizo Tinelli a finales de 2001. Salió a apoyar decididamente al nuevo gobierno de Rodríguez Saa, pero lo hizo en privado, por sus contactos, no en su programa. Esto se deduce de otro hecho. Varios periodistas le preguntaron al efímero presidente qué opinaba del apoyo que le estaría brindando Tinelli. El puntano, como no podía ser de otra manera, se mostraba complacido. Al otro día Marcelo abrió el programa con una burda imitación de Rodríguez Saa. Se lo mostraba tomando del pico de una damajuana y muy borracho. ¿Qué pasó en el medio? Obvio: alguien marcó el teléfono del cabezón y le dijo: “Marcelo. El Adolfo no pasa del fin de semana.” Cayó tres días después. Tinelli estaba mejor informado que Clarín.
Sería bueno que alguien con más voluntad que yo se consagre a la tarea de analizar esa etapa única del periodismo argentino y de los medios en general.
El otro golpe
Rodriguez Saa convocó –- o le impusieron— una reunión de gobernadores. Uno de los temas fundamentales eran las elecciones, que se querían fijar para marzo. Otro de los temas eran las obligaciones que habían contraído Duhalde y compañía con varias corporaciones, a las cuales no estaban satisfaciendo los hechos porque habían pactado la devaluación como condición innegociable.  Asistieron pocos. Estuvieron ausentes los más importantes y esto precipitó su caída.
Pero hoy pocos quieren recordar lo que pasó el 28 de diciembre. Fue una reedición de lo ocurrido en las jornadas del 18 y el 19. Saqueos, cacerolazos. Prendieron fuego la puerta del congreso y tiraron cañitas voladoras hacia el interior de la residencia presidencial—estábamos en época de fiestas—. Los medios de comunicación no reportaron ni siquiera un herido, aunque describieron los hechos como graves.[1]
Se trataba de un golpe interno. El golpe del peronismo a un presidente peronista. Esto no hay que olvidarlo. En los años posteriores se repitió hasta el cansancio: el peronismo no deja gobernar (a la oposición.) Este discurso no solo estaba sostenido por los no peronistas, también al peronismo le sentaba bien ese discurso porque disuadía a muchos de ir a votar o intimaba a la población a votar por ellos. Pero la pura verdad es que ni a ellos mismos dejan gobernar si así lo creen necesario. Cuando Néstor luego trató de dominar el interior de su partido no era bobo: estaba dándole un ultimátum a uno de los cuatro factores de poder que ya han demostrado ser golpistas en otros momentos (los otros tres son el ejército,  los monopolios mediáticos y los grupos financieros.)

Consecuencia de los golpes
La intención de Duhalde no era gobernar. Había aprendido con el golpe que ejerciendo la jefatura del peronismo bonaerense se podía tener más poder que siendo gobernador de la provincia, como Ruckauf. Se sabe que siempre odio usar camisa y corbata. Y a esto hay que sumarle las declaraciones de su esposa, cuando Eduardo ya era presidente: “Yo lo tuve que empujar para que asumiera el cargo”.
Es por eso que, cuando las papas quemaron, cuando Rodriguez Saa ya no era confiable, lo presionaron para que asumiera la responsabilidad de ponerse la banda. [2]
Duhalde hizo amplio uso de los medios para presionar y sensibilizar a los organismos internacionales. Todos recordamos a esa niña tucumana que tenía hambre y que lloraba con el guardapolvo blanco. Aunque el hambre es permanente en muchas zonas del país, no se podía negar que en ese 2002 era un poco más evidente. Los cartoneros se adueñaron de la noche porteña y el vandalismo—como robar alambre de púa para venderlo—casi quedaba justificado por la coyuntura. Pero entonces, si había tanto hambre, ¿por qué no había saqueos?... Al buen entendedor pocas palabras.
Los medios de comunicación apoyaron a Duhalde reforzando la figura presidencial, que estaba desprestigiada. Si Chupete dudaba, Duhalde daba órdenes. Así es como Clarín titulaba cualquier decisión del presidente como “Orden de Duhalde”. En realidad Duhalde dudaba más de lo deseable en un presidente. En un programa dijo que estaba dudando entre un ministro de derecha y uno de izquierda, por dar un ejemplo.
Algunas reflexiones
1)    Mal les fue a los gurúes del periodismo. Años después, Rodriguez Saa manifestó en televisión: “Los medios de comunicación daban como presidenciables a Ruckauf, a De La Sota y a Reuteman. Ninguno de los tres fueron presidentes. Fuimos yo, Duhalde y Kirchner. Como suele pasar, estaban mal informados.” Lapidario. Los medios de comunicación nunca pueden saber más de la política que los políticos.
2)    Los Kirchner van a gobernar más que Menem: 12 años y medio para diciembre de 2015. Esto significa que la inestabilidad política del 2001 trajo como consecuencia lo opuesto.
3)    Duhalde se cansó de amenazar con alzamientos sociales al kirchnerismo. Lo hizo con tal torpeza que se puso más que en evidencia y llegó a espantar a muchas manzaneras.
4)    La falta de información que baja el ejecutivo (el peronismo) a la prensa durante nuestros días es el anverso de lo que pasaba por el 2001. La consecuencia es que la prensa esta tan desinformada tanto antes como ahora. La diferencia es que antes no sabían que no sabían y ahora saben que no saben. Afortunadamente.
5)    El cantito de batalla en el 2001 fue “que se vayan todos”. De la misma manera que un país no puede existir sin bancos, tampoco puede existir sin políticos. De esa manera, la renovación de los políticos no se dio de un día para el otro, llevó su tiempo, casi diez años, aunque nunca se podrá completar íntegramente. Cadáveres políticos es lo que más abundan en nuestros días. En el 2003, sino antes, los mismos de la clase media que decían “que se vayan todos” se quejaban de Néstor porque no lo conocía nadie.
Enero 2012



[1] Raro: las protestas espontáneas, esas que son con cacerolas, no cesaron durante el gobierno de Dhualde. Pero las otras, esas que son manipuladas, desaparecieron.
[2] Cuando en las últimas elecciones Duhalde decía, en referencia al Kichnerismo, “yo los puse yo los saco”, estaba apelando también a la memoria de la clase política. Porque bastante había hecho para entronizar al Adolfo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Messi es mejor que Maradona



             Messi es mejor que Maradona
A Leo- campeon sub 20 y olímpico con la selección- se lo critica mucho por acá. Una de las criticas más frecuentes es la de no haber ganado mundiales. Solo hay que recordar que jugó como titular en uno solo.
Si ganar un mundial es la medida para dirimir cual es el mejor futbolista de la historia, entonces Pele es tres veces mejor que Diego y cuatro más que Messi. Cruyff es un pobre tipo (perdió una final) y Di Steffano es un lucer total (nunca jugó un mundial). Y qué decir de jugadores como Samuel Eto' y Didier Drogba , que tuvieron la desgracia de nacer en extraños paises y no cambiaron de nacionalidad; o de Eric Cantona, que tuvo al lado una generación de franceses pechos frios que no clasificaron a Italia 90' ni a EEUU 94'. Ganar un mundial es importante, cómo negarlo. Pero como argumento es muy pobre.
Pero lo que más me irrita las pelotas son las operaciones de prensa.
Este año que finaliza nos brindó la Copa América. El diario Clarín, justo antes de que se iniciara el evento, sacó una colección en fascículos; la vida de un pide de solo 24 años: Lionel Messi. Aunque parezca excesiva tanta alharaca por tan poca vida, el pibe bien lo valía. Ya era considerado el mejor del mundo y a Clarín le costó un gran esfuerzo económico pagarle al pibe para poder publicar su vida.
El último fascículo de la serie debía coincidir con el campeonato obtenido por Argentina. Pero las cosas no salieron bien. Argentina perdió por penales con Uruguay. Fue un desastre financiero para Clarín— y no solo para Clarín—. El gran diario argentino iba a vilipendiar al astro sin piedad.
Por el efecto metástasis, al que es tan propenso el periodismo, bastó que el grupo Clarín dijera que la diferencia fundamental entre Maradona y Messi era que el primero ganaba los partidos él solo mientras Messi necesitaba compañeros idóneos  para que toda la gilada repitiera semejante burrada. Esta gansada la escuché en el trabajo, en el tren, y en el subte. Es lo que en filosofía se llama existencia inauténtica: los millones que repiten lo que dicen los periodistas como si fueran loros, sin pensar, porque creen a ojos cerrados lo que les dicen. Y lo peor no son los periodistas que inventan estas cosas, sino los otros periodistas, que son tan loros como los que no tienen un micrófono.
Yo me pregunto: ¿La gente no tiene memoria? ¿Los más jóvenes no se encargan de averiguar mínimamente sobre sus ídolos?
Veamos si es verdad que Maradona te ganaba un partido él solo:
En el mundial de España 82’ perdimos 2 a 1 frente a Italia y finalmente nos expulsaron del Mundial con la derrota más triste de la historia de la selección Nacional: 3 a 1 con Brasil, con todo lo que eso duele. En ambos partidos Maradona estaba en la cancha. La edad de Diego era la misma de Messi en el último mundial (22). Con Messi, a pesar de la goleada que nos propinó Alemania, salimos quintos. En el 82’, con Diego, salimos decimoprimeros, ( y quizás haya que recordar que ese equipo era la sumatoria de las dos selecciones argentinas campeonas.)
Gracias a Diego salimos campeones en México. Maradona ya era mayor de lo que es Messi ahora. Pero un año después se jugó la Copa América en Argentina, al igual que en este 2011. Uruguay le ganó la final a Chile por 1 a O. ¿Argentina?: Salió cuarta, al perder por el tercer puesto con Colombia. Maradona estaba en la cancha. Nadie, con memoria, se quiere acordar de esto.
Cuando Maradona llega al Napoli, en la temporada 84/85, sale octavo. Un año después se decide rodear a Maradona de gente más idónea, como Giordano: salen terceros. Recién en la temporada 87 se alzan con el scudetto. Para ganar los campeonatos internacionales de menor relevancia,  (como la Copa UEFA), compraron a dos excelentes brasileños: Alemao y Careca. Maradona sólo no podía. Es un ser humano. Messi también.
Estoy seguro, Maradona nunca hubiera sido lo que es y será Messi: le faltaba equipo.
                                                                                  Diciembre 2011



El Vinchuco (Cuento)

Así como hay biografías noveladas, esto se podría llamar Biografía cuenteada. De este tipo tengo varias en este blog (Rico y bueno, Las cruces y los cruces del comunismo, Mirando un árbol atentamente, etc) Todo lo que cuento suscedió casi así como lo cuento…

El Vinchuco
(El bruto que sabía más que los doctores.)

            Gerardo era retraído,  silencioso, desconfiado y chaqueño. Trabajábamos juntos y a mí me desagradaba bastante trabajar con él. Había descendido desde el norte hacía veinte años. Nunca se sintió cómodo en la ciudad.  Su reserva me asustaba un poco. Tenía un antecedente por abuso sexual. Nuestras compañeras estaban un poco más asustadas que nosotros, como era de esperar. Nadie lo quería.
            Un buen día Gerardo se me empezó a acercar. Al comienzo mantenía con él charlas insípidas y aburridas. Pero algo me quería decir Gerardo. Lo presentía ¿Por qué me había elegido? Lo que más me molestaba era que los otros compañeros me señalaran como el compinche de semejante individuo. No obstante, mi diplomacia siempre fue muy fértil, y echa raíces en las personas más obtusas.  Lo peor era que el tiempo pasaba y Gerardo no decía lo que tenía que decir. Mantuve esa conducta de proximidad lo más que pude porque ya me estaba ganando la curiosidad y porque los otros, no menos intrigados, esperaban el momento en el que yo ventilara las confesiones del ingrato compañero.
Gerardo no era muy perspicaz. Si hubiese conocido al género humano, si hubiese sido una persona observadora, a mi no me hubiera contado estas cosas. Yo no soy un delator, un difamador, un chismoso ni nada de eso. Quiero decir que no destaco en esas materias. Lo que pasa es que cuando alguien me dice algo muy interesante no solo lo divulgo a mis amigos, también lo publico en un blog en internet para que lo lea cualquiera. Nunca pensé que Gerardo fuese capaz de decir algo tan interesante.
            Ese día se me acercó, pero demasiado. Iba a soltar la confesión de su vida. No estaba nervioso ni mucho menos. Yo creo que estaba excitado.
__ José, — comenzó — acá todos hablan de minas y de dinero. Es de lo único que saben hablar. Pero te voy a decir una cosa, de minas no saben nada… De dinero tampoco.
            En esto mucho de razón tenía: los compañeros no sabían hablar de otra cosa que de conquistas, dinero y campeonatos. Y se mentían de unos a otros con una desprolijidad asombrosa. Nadie era fiel, nadie era pobre, nadie decía la verdad. A Gerardo jamás se le ocurrió pensar que las mujeres hablaban más o menos de lo mismo. Ellas solo existían para…
__ Mirá—continuó—yo sé mucho de la vida porque me hice de abajo, a mí nadie me enseñó nada, y ni leer y escribir sé. Pero hay algo que no aprendés en las universidades, son cosas que te da la vida… Me crié en el chaco. Tuve una juventud feliz… Veo que estás sorprendido, José. Es así: mi juventud está cargada de anécdotas reales, no de las mentiras que dicen estos papanatas. Cuando queríamos coger agarrábamos una Toba y adentro. Ellas no se quejan, no tienen a quien quejarse. El forro yo no lo conozco. Nadie en mis pagos lo conoce… ¡¿Por qué me mirás así?! Te voy a explicar todo y después me vas a entender… La plata era un problema, pero un día llegó el gobierno y dio subsidios para muchas cosas. Los que tenían chagas recibieron un sueldo para toda la vida. Casi todos tenían chagas en mi pago. Los que no tenían fueron al médico por primera vez en sus vidas, y así muchos descubrieron que tenían la enfermedad. Se pusieron muy contentos y empezaron a cobrar. Acá la gente no tiene ni idea de lo que es mil quinientos pesos en mi pago; una fortuna. No tuve suerte, no me encontraron nada. Me deprimí mucho… No me pongas esa cara que todavía no terminé… Yo recién había entrado en la adolescencia y no conocía mujer. Las mujeres me empezaron a despreciar porque era pobre, porque tenía que ganarme la vida trabajando porque no estaba enfermo. Porque esa enfermedad te va matando de a poco, en treinta o cuarenta años, y ni te das cuenta de que la tenés. El gobierno se hace cargo de tu enfermedad y es como si ellos quedaran contagiados… Bueno, como te iba diciendo, las mujeres son pocas en esos lugares, y el desprecio es general. No te podés esconder ni cuando estas soñando, porque todos saben de todos y la mentira tiene patas muy cortas y nadie se va a arriesgar a una mentira. Tenía ganas de morirme… Yo no era el único. Uno de mis primos, que estaba tan triste como yo, se presentó un día en mi casa con una sonrisa amplia de esas que son comunes entre los tobas. “Me salvé, hermano”, me dijo, “¡¿Por qué me mirás así?! Ya sé lo que pensás: desde que llegaron los médicos y desinfectaron el pueblo las vinchucas se fueron a vivir al cielo. Pero te juro que estoy contaminado. Ya fui al médico y me lo confirmó. Tenés que ver la cara que puso el tipo. «La verdad que no me lo explico», decía, como pensando en voz alta «Hemos matado al insecto, o al menos eso es lo que yo creía. ¿Cómo es posible? Sabemos de gente que ha sido contagiada por cerdos y por perros portadores de la enfermedad. Sobre todo los perros, ellos entran en las casas y duermen en la cama de sus dueños… Así que usted no tiene perro… Otra forma de contraer la enfermedad es por la lactancia. Disculpe la pregunta, pero su mujer esté quizás embarazada o haya sido madre recientemente… Así que usted no tiene mujer… La verdad es que no me lo explico»  Y le expliqué lo que te vengo a contar ahora: Lo primero que se me ocurrió fue buscar una vinchuca, y ni muerta encontré. Al que si encontré fue a tío Eusebio. Eusebio tiene sus años, y el diablo sabe más por viejo que por diablo. Me lo explicó muy fácilmente. «Así que fuiste al médico. Los médicos saben, pero callan… No todas las vinchucas son portadoras, porque ellas también se contagian como nosotros. Solo las hembras lo son, y no en todos los casos. De modo que conseguirte una vinchuca nada te garantiza. Los únicos de los que podés estar seguro que están contagiados son los humanos, porque van al médico… Es, aunque no lo dicen, una enfermedad venérea… Pero a las tobas no hay que hacerles exámenes. Ellas tienen desde que nacen. Buscá que estén con sangre, y listo. O fijate de dejarlas sangrando.» Eso fue lo que me dijo Eusebio”, dijo mi primo, Y lo seguí en todos sus consejos… ¿Por qué me mirás así?
__ Es que estás un poco cambiado.__ Le dije. Y nunca más le dirigí la palabra.
            Todavía me da asco recordar la cara de Gerardo, especialmente ese deseo ingobernable en sus ojos de ser aprobado por sus actos. Creo que esperaba el aplauso. Yo ya lo veía un poco chato, con alas y antenas: un vinchuco
            Gerardo era un pobre tipo, un poco victima de su medio y un poco victimario por cuenta propia. No pienso exculparlo, pero me gustaría agregar algo:

La ciencia médica suele ocultar ciertos aspectos de sus conocimientos para evitar males mayores. La discriminación de seres humanos es un buen ejemplo en este sentido. No me quedé con la palabra de mi inmundo compañero; estuve averiguando. El vinchuco tiene razón en todo, salvo—claro – en los consejos.
En cuanta página de internet me metí se afirma que el chagas no se contagia entre humanos. A renglón seguido se habla de la lactancia como forma de contagio o del peligro que implican los perros. Las vinchucas actúan sobre cualquier mamífero, y todo mamífero es peligroso, y el Humano es, que yo sepa, un mamífero. ¿Es tan improbable que alguien pruebe la leche humana de su mujer? ¿Eso no es acaso contagio de humano a humano?
Pero por más que buscaba no daba con lo de la transmisión sexual. Hasta que di con una página australiana traducida, osea, con la página de un país sin el mal y que por lo tanto no tiene que ser políticamente correcto. Porque la política tiene su injerencia en la medicina, al menos en señalar lo que se divulga y lo que no se divulga. Siempre recuerdo el ejemplo del presidente Roca. Le llevaron una estadística sobre los males producidos por el consumo excesivo de carne vacuna, en especial por el colesterol y los males cardiovasculares subsecuentes, que era un tema novedoso por entonces. Roca prohibió hablar del tema. Si los argentinos se volvían menos carnívoros los más perjudicados serían los mismos argentinos.  Con el chagas pasa otro tanto. Son medidas preventivas con las cuales yo estoy de acuerdo.
                                                                                  Diciembre de 2011
¡Ah! La página australiana es:


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Luna de medianoche

Acrilico sobre tela: 1:50 X 1:00
Puede resultar extraño que critique mi propio cuadro. Pero lo veo como una defensa o justificación de su existencia. El muy pobre se vio injustificado en la palabra de gente que sabe y que merece mi mas amplio respeto. Sin embargo, creo que lo vieron muy superficialmente y privilegiaron mi tarea de escritor por sobre la novedosa inclinación que estoy mostrando por la pintura. Ellos tienen razón: y es por eso- tal vez- que tengo que justificarlo desde la ecritura. (No quiero olvidarme de los admiradores incondicionales, como mamá; ni de los que lo alabaron, causándome asombro porque los creia competentes.)
Más que interpretar la obra, la voy a describir: que es como obligar a  la gente a que vea aquello que no quiere o no puede ver.
La tela esta bastante inspirada en La separación, de Munch. Los colores están puestos con un criterio que aprobarían los fauves y que pretenden transmitir el estado de ánimo del protagonista, que es ese flaco con facha de marioneta. Tiene los ojos cerrados y traté de equilibrar eso con el enorme ojo abierto e inquietante en el otro lado. Junto al oido- que es el único representado en la marioneta- hay una clave de sol. La protagonista no tiene rostro, pero tiene oreja. La clave de sol parece caer en pétalos. Con esto busqué, además de transmitir un estado emocional, un contrapunto con ese helecho (?) que se ve al pié, y ambas cosas están dialogando con los dedos blanos y abiertos del flaco. Tanto la marioneta como la clave lloran lágrimas del color del cielo. (Creo que la tela se me mojó mucho, porque sobran lágrimas.) La luna no es blanca, pero su luz, que está distribuída en los rostros masculinos, en los contornos del árbol, etc, si lo es. Señalo que el helecho blanco es un conjunto de hojas largas, y que busca contrastar con el árbol, que no tiene hojas. Tratar de exponer el motivo de un dedo amarillo, del mismo color que la señorita, sería arruinar el cuadro.
No me queda mucho más que decir. Pero ahora estoy pensando que tenían razón los detractores.

Diciembre 2011

domingo, 11 de diciembre de 2011

El reloj del ajedrez (Cuento)

El reloj del ajedrez
           
 Boris Bergman era el campeón mundial de ajedrez. No sabía lo que era la derrota. A los 35 años había conocido la gloria de tocar el cielo con las manos, de ser un rey entre peones, porque no tenía contrincante digno de su altura. Él era el mejor. Boris Bergman era sinónimo de ajedrez y el ajedrez se llamaba Boris Bergman.
            Sin embargo, una tarde medieval, de otoño gris, se le presentó un tipo desnudo, de rostro triste y melancólico, joven hasta la exageración. Le pidió una partida. Boris no se negó, pues ello supondría casi reconocer una derrota. Le tendió el tablero y el visitante lo llenó de fichas, respetuosamente, como pidiendo permiso. El campeón se limitó a colocar el reloj en su lugar.
El joven, que mostraba un cuerpo completamente lampiño, perdió la partida. A Boris le resultó un contrincante digno, aunque un poco precipitado en sus decisiones, como si quisiera liquidar el asunto lo antes posible, como si estuviera obrando diplomáticamente sólo para luego mantener una conversación. No parecía un tipo apurado ni mucho menos, manejaba el reloj con criterio, pero Boris leía a las personas en base al juego, y el juego de este extraño personaje era osado, asumía riesgos innecesarios. Esa misma temeridad desconcertó al campeón un par de veces, pero cuando ya conoció las características de su oponente lo fue empujando hacia la derrota implacablemente.
Pero el visitante tuvo una conducta más extraña que las que ya llevo dichas. Jugó hasta la última jugada, es decir, hasta el jaque mate. ¿Por qué iba a hacer eso un tipo que, se dejaba ver, era un buen ajedrecista? ¿Por qué no canceló el partido antes, cuando el desenlace ya se sabía? Indudablemente, pensó Boris Bergman, obedece al placer de jugar hasta el final con el campeón.
El visitante, luego de tirar dos elogios y un piropo, luego de callar y así obligar a Boris a hacer lo mismo, luego de que el silencio lo ganó todo, habló así:
__ Te juego otra partida. Pero con una condición.
Boris, que no estaba dispuesto a seguir jugando con él, pero que se mareó porque le estaban imponiendo condiciones, preguntó mecánicamente:
__ ¿Qué condición?
__ Jugar sin reloj, y que los plazos entre una movida y otra sean dictados por el corazón.
Boris, que siempre pensaba en términos ajedrecísticos, se representó un enroque, porque ahora el otro cambiaba las reglas, imponía cosas y se comportaba como si la casa fuera suya. Además, levantó el reloj y lo apartó lo más lejos posible, paseando su desnudez y dejándole a Boris la innoble tarea de colocar las piezas en su lugar. Aún no había aceptado el desafío cuando ya estaba jugando.
Por término medio el joven hacía una movida cada diez minutos. Boris estaba tan acostumbrado al reloj que se sentía turbado, como si le faltara un brazo, como si le faltara una torre. El partido se dilató más de lo normal, y terminó en tablas.
¿Cómo es posible?, pensaba Boris. Cuanto más tiempo tengo para pensar más se me dificultan las cosas. Quizás soy el campeón solo bajo la condición de que los otros no tengan tiempo para pensar. Debo estar padeciendo algún tipo de enfermedad. O probablemente lo estoy subestimando demasiado. O debe ser la falta de costumbre de jugar sin el reloj. Y se conformó con este último pensamiento.
Nadie invitó a una tercera partida, se imponía sola. Boris olvidó el reloj exitosamente, pero ese éxito no se reflejó en el tablero, donde las negras del extraño visitante formaban una fortaleza inexpugnable. Cuando todo parecía encaminarse hacia las tablas una repentina y genial jugada le dio la victoria al joven. Bergman había perdido por primera vez.
Al campeón se le vino la representación de una carrera de cien metros. Después la de doscientos, quinientos, y así hasta la maratón. Él era el campeón de los cien, pero su velocidad mental no se adecuaba a otras medidas. Ni siquiera podía estar seguro de su rapidez: si el reloj circulara con mayor velocidad él probablemente perdería el título. La velocidad de los relojes es una convención, pensó. El hecho de que Boris fuese el campeón era una simple convención. El corredor de los cien metros podía fracasar en los cincuenta.
A Boris no se le ocurrió fijarse en el reloj de la pared, tan olvidado estaba de los relojes. Si lo hubiera hecho hubiera averiguado que la partida había durado dos días, con sus soles y sus lunas. Intuitivamente supo que la partida tuvo una duración desproporcionada, pero solo como un eco disimulado, porque estaba consumido por un grito interior que lo obligaba a pensar en otra partida, y otra partida, y otra partida, hasta tomarse revancha, hasta humillar al joven.
En la nueva jugada, Boris notó que las fichas se movían con mayor lentitud que en la anterior. Tenía enormes espacios de pensamiento entre una jugada y otra, tiempo suficiente para elegir una entre mil jugadas. Y cuando el señor Bergman se ponía a elegir arruinaba su plan estratégico. No estaba hecho para elegir. Normalmente sus razonamientos eran correctos, hacía lo que debía, no lo que quería. Sin embargo, en estas anormales situaciones, se mareaba hasta el vómito. Sentía la impotencia de su cerebro. Tanto fue así que perdió en pocas movidas.
Agobiado, muerto de calor, se empezó a desnudar. Si se hubiera interesado en otra cosa que no fuese el ajedrez hubiera sabido que ya estaban en verano.
El mismo ordenó las piezas para otra partida. Dibujaban las jugadas con la lentitud de dos quelonios. Boris pensó que, el haber reconocido íntimamente la superioridad de su adversario e implícitamente haber abandonado su anterior soberbia, se daba un margen de ventaja. Además se estaba acostumbrando a estos plazos enormes entre cada jugada y había aprendido a pensar una sola movida con lentitud antes que pensar miles para después tener que elegir entre tantas.  No obstante lo cual, la victoria llegó con relativa rapidez, vistiéndose de joven.
El señor Bergman se disculpó para ir al baño. No podía creer lo que estaba pasando. Quizás un recreo, lavarse la cara…. Puso la cabeza debajo de la canilla y la regó bien regada. Levantó la cabeza y se miró en el espejo. El nunca había tenido barba y ahora la tenía en abundancia, y de color blanco. Levantó un poco los ojos: su rostro estaba irreconocible, avejentado. Su pelo era largo y se confundía con la barba. Para huir de esa imagen, para huir de él mismo, se precipitó en la sala. Allí estaba el joven, siempre lampiño, ordenando las piezas.
                                                                                              Diciembre de 2011


jueves, 8 de diciembre de 2011

Sábato nos vende fruta

Sábato nos vende fruta

Don Ernesto ya murió. Pero por esas cosas de la tecnología, el escritor, pintor, físico, sabio y moralista nos sigue sorprendiendo desde el cielo, o desde la WEB, que es lo mismo. Allí, y para toda la eternidad, quedan registrados algunos reportajes, notables reportajes que no siempre dejan bien parado a Don Ernesto.
Está ese donde afirma que si se muere su mujer Matilde,  él se mata. A Matilde se la llevó Dios, y el sabio, sin vacilar, insistió en seguir viviendo unos largos años más, durante los cuales— estamos seguros— descubrió el detergente.
Pero Matilde se llevó un secreto a la tumba. Ernesto dijo hasta el cansancio que su novela La fuente muda fue arrojada al fuego por un ataque depresivo que lo visitó en Europa. Algunas partes, afirmaba, fueron salvadas por su mujer. Con los años ese hábito se le hizo carne al escritor. Después, sin sonrojarse, declaraba haber tirado al fuego ensayos, obras de teatro, artículos periodísticos y poemas, todo en plural. Yo no le creo.
Hay un reportaje donde el piromaníaco declara que la misma casa de Santos Lugares donde vivió más de medio siglo fue habitada previamente por el escritor Jorge Amado. Haciendo averiguaciones me sorprendí: el brasileño estuvo por acá en 1941 con su mujer, que también se llamaba Matilde. Esta otra coincidencia la omite Ernesto. ¿Será verdad?
Pero si de mandar fruta se trata podría haber arriesgado más: quien le iba a discutir algo si nos decía que la muerte de Matilde lo iba a matar de hambre, o si afirmaba que Louis Braille había vivido en esa casa y que un buen día se fue por las cloacas.
Recuerdo un reportaje donde, hablando de los infortunios de Manuel Belgrano, suelta unas lágrimas celestes y blancas que tiñeron mis ojos de emoción. Pero a renglón seguido noté ciertos gestos en el escritor que me dejaron con dudas. Hoy creo que en realidad se trataba de un actor, y de un actor no muy bueno. Veamos:
Sábato era un verdulero con gran variedad de fruta. Esto, en un escritor de ficción, lo veo como algo positivo. Muchos escritores se crean personajes, venden ese personaje y lo adornan con dichos y anécdotas indemostrables  o discutibles. Y eso está bien. Pero el problema con don Ernesto no es la fruta en sí, sino la calidad de esa fruta. Sábato tiene una verdulería con muy mala mercadería. Sigamos viendo:
Pocos ejemplos son mejores que el que a continuación les vengo a ofrecer. Mariano Grondona le realizó un reportaje en su casa—la de las Matildes –  hacia 1995. El mismo es imperdible y  transcribo literalmente su punto más alto, su fruta más amarga.
Sábato— (Con enorme humildad) El gran aprendizaje es la vida, no la lectura. Yo he leído muchas cosas, por supuesto. Un día calculé por número de estante, también atrás y debajo de los estantes, y me digo “¡qué horror!”, ¿Sabe cuántos libros leí? Deme una cifra.
Grondona— Varios miles, seguro.
Sábato— ¿Pero cuántos? – se entusiasma.  
Grondona— (Incómodo) Cuatro, cinco, tres mil.
Sábato— Más de treinta mil.
En fin...  Dejando de lado cuestiones no menores, — como priorizar la vida por sobre la lectura y después salir diciendo semejante guarangada, o el afán de pesquisa dentro de su propia biblioteca para constatar cuántos libros se comió — lo importante acá es investigar, con el auxilio de la aritmética, la posibilidad de creer o no creer en cifra tan estupenda.
Si nuestro escritor, con unos 85 años entonces, había leído 30.000, esto significa unos 352 por año, osea casi uno por día. Pero podemos estar relativamente seguros que Ernesto no leyó su primer libro antes de cumplir los 10 años, esto nos da un poco más de uno por día. (Y omitamos sus problemas de la vista, producto de tanta aplicación, que le impidieron leer normalmente después de los 70 años.) También podemos estar seguros (relativamente) que Sábato no cuenta con muchas relecturas y que esos 30 mil (“más de 30 mil”) son lecturas de diferentes libros. Además, completas, porque a don Ernesto jamás se le habrá ocurrido tamizar un texto o largarlo por la mitad, (o quizás este tipo de lectura a medias sean las que deberíamos contabilizar como ese excedente de 30 mil, ese “más de” Nunca más.)  Por otra parte, se considera libro lo que alcanza o supera las 50 páginas. Obviamente tenemos prohibido pensar que el autor de Sobre héroes y tumbas haya leído solo libros breves. Entonces ahora yo me planteo una cadena de preguntas: ¿Cuál será el término medio de hojas que conforman un libro? Yo creo que andará en 250, o algo así. ¿Habrá leído eso diariamente? ¿Cuándo vivió la vida, esa vida que es más importante que las lecturas, con el tiempo tan escaso? ¿Cuándo crió a los hijos, cuándo le dirigió la palabra a Matilde, cuándo se baño, cuándo contó los libros que había leído? ¿Cuándo escribía nuestro noble amigo? (A mí, y a cualquiera que escriba, le insume más tiempo la escritura que la lectura, y mucho más si se quiere hacer algo de mérito.) ¿Cuándo pergeñó una mentira? ¿Cuándo tuvo tiempo para elaborar la fruta?
                                                                     Diciembre de 2011

Nota:   Para que no piensen que soy yo el que mando fruta, los invito a disfrutar—o a padecer— el reportaje en la siguiente dirección.
Nota 2: Este artículo es, en cierto modo,  el complemento de “Julio Bocca nos enseña”, que pueden encontrar en este blog.

ARTICULO RELACIONADO