sábado, 12 de noviembre de 2011

La ciudad bajo el volcan

La ciudad bajo el volcan
Solo unos pocos  tienen acceso a P...., la ciudad más pacifica del mundo. Quiero confesarles porque quiero conocer P..., porque la juzgo un tesoro de la humanidad que los intelectuales aun no valoran, e incluso quiero hablarles de porqué no valoro en absoluto a los intelectuales.

El fuego renovó Londres y Chicago. Los terremotos barrieron San Francisco y Tokio, y nuevas ciudades con el mismo nombre crecieron es sus lugares. Katrina le dio una paliza a las preservadas viviendas del centro de Nueva Orleáns. Algo más puede decirse sobre Berlín o Dresde, que fueron reducidas a cero por los bombardeos y que renacieron de sus plomos. O sobre Buenos Aires, que en los anos treinta sufrió un lifting del que hoy nadie se arrepiente. Y podemos agregar alguna pequeña ciudad como Federación, en Entre Ríos, que fue sumergida por una represa y vuelta a edificar en sus inmediaciones. Todas ellas salieron del otro lado de los incendios, de los terremotos, de los huracanes y maremotos, de las bombas, de las inundaciones, de las profundas innovaciones como ciudades nuevas y a la vez con pedigrí, con historia. Es más: cada uno de los percances que padecieron alimento el fondo común de la historia de cada una de estas ciudades.
Hay motivos sobrados para que ciertas ciudades no desaparezcan, para que se recreen en caso de desaparecer. Troya fue fundada infinidad de veces. Los fundadores no eran tercos. La volvían a fundar en el mismísimo lugar por un determinismo geopolítico que dice que las ciudades están donde tienen que estar, y no donde quieren estar. Todas las culturas dejaron a Constantinopla, a Bizancio, a Estambul sobre el estrecho del Bósforo, haciendo abstracción de los frecuentes terremotos que coinciden en ese estrecho (y paradójicamente hoy sabemos que ese estrecho es producto de los sismos.) Sarmiento manifestó que la única salida que tenia el federalismo, para que Buenos Aires dejara de ser el centro del país, era cambiar el curso de los ríos Paraná y Uruguay, que desembocan en sus inmediaciones. – En realidad es Buenos Aires la que esta en las inmediaciones de esos ríos—.
Pero no todas las ciudades que desaparecen vuelven a aparecer. Y algunas retornan después de una enormidad, con identidad poco alterada. Acaso el ejemplo mas intelectualizado sea el de Pompeya y Herculano, sepultadas por la lava en el 79 y preservadas intactas hasta el día de hoy, al menos hasta que venza la última tregua con el Vesubio.1 De alguna manera estas ciudades permanecen sepultadas porque no cumplen su función de tales. No obstante nos proporcionan una mirada insoslayable sobre la cotidiana vida de la Roma antigua. Y—obviamente— son el ágape de los arqueólogos y de los intelectuales.
¡Y cómo no serlo! Los intelectuales, en general, mueren por el pasado. Para ellos es más importante conocer las ruinas de Roma, un imperio que se extinguió hace mil quinientos años, que conocer la ciudad de Nueva York, que es la ciudad imperial de la actualidad, algo así como la capital del mundo. Y es que, como buenos intelectuales, prefieren “reconocer” antes que “conocer”
Claro que esto es cuestión de gustos, pero cuando un gusto se generaliza hay algo que anda mal. En primer lugar es mentira que la gente vaya de vacaciones a dónde no conoce. Lo mismo pasa con los intelectuales: van a conocer (reconocer) lo que han leído. Se maravillan con Pompeya. Todo está tan silencioso e imperecedero. Las columnas, los teatros, los templos. Se encuentran los moldes en yeso de las últimas posiciones asumidas por las víctimas. Una madre le cubre la cara a su hijo. Un anciano parece resignarse a la muerte. Los perros y los gladiadores permanecen encadenados. Y muchos toman naturalmente la posición fetal que tan bien nos protege. Pero estos intelectuales, por un inherente deseo de mediatizar los hechos, necesitan románticamente pensar en el pasado: Como Séneca, que abjuraba de los circos y del teatro, y, en el fondo, de todo lo romano, para exaltar a otros pueblos, preferentemente más antiguos, idealizados hasta la demencia.2

En P.... es diferente. En P.... vive gente. Al menos vive la poca gente que se anima. Quienes trabajan en P... lo hacen a desgano. Son muy bien pagados, sin dudas, pero tampoco van a deslomarse trabajando cuando la oferta laboral es casi nula. Los trabajadores de P... no viven en P... Quienes viven en P... no trabajan. Quizás algunas veces al ano se dedican a cosechar la tierra. De lo otro, de lo material, no les falta nada. Nada les impide abandonar P... Los obreros que trabajan en la ciudad los impelen para que se marchen. Ellos resisten como el primer día. Y es que P... es hermosa, tiene todo.

Cuentan que el primero que reportó la existencia de Pompeya enterrada fue el célebre arquitecto Domenico Fontana. Pero cuando la escueta comunidad intelectual de siglo XVI lo interrogó sobre el asunto, Fontana indicó que se trataba de un malentendido: el que se había hecho eco del hallazgo era un campesino bruto que el arquitecto casualmente tenía como obrero. Pero la historia más verosímil dice otra cosa. Sacó a la luz pinturas eróticas y esculturas de Príapo, que los romanos solían tener en los jardines.3 Parece que Fontana decidió tapar lo encontrado por temor a que se difunda lo que su época seguramente no hubiera aceptado.
Hoy, igualmente, el lupanar de Pompeya está a la vista de todos. Enormes pinturas pornográficas reciben al visitante. Pero el intelectual pone cara de concentración, como si las prostitutas fueran casa del pasado.

Nadie quiere visitar P...,. Quienes llegan lo hacen como temerarios y terminan por quedarse a vivir. O, en otros casos, terminan por frecuentar tanto P... que sus habitantes los toman mas como familiares que como turistas. Los que salen informan que no hay gente más hospitalaria ni más limpia. La ropa es lavada por todos sus habitantes no menos de dos veces al día, en el río de P, que es de un agua cristalina. La basura es sacada puntualmente a las ocho de la noche, y en esa tarea se discrimina los plásticos de los vidrios, los papeles y cartones de los desechos orgánicos. Los muertos, cuando los hay, son incinerados y expulsados al espacio.

No hace mucho, los arqueólogos han encontrado un hotel en  Pompeya. No difiere mucho del lupanar. La diferencia es que las prostitutas, esclavas griegas en su mayoría, eran asignadas por largo plazo a los clientes. Lo que impresionó al incauto intelectual que gusta de estas cosas es que el mismo albergaba a la intelectualidad de la época. (Porque los intelectuales están creídos que todo cambia, menos ellos mismos.)
A decir verdad,  no creo que exista una clase de hombres que se llamen intelectuales. Muchas veces los que así se llaman confunden la capacidad de asombro—que considero un rasgo que debe poseer el intelectual—con el asombro estúpido, que es ese que nace precisamente de la falta de intelección, de la suposición de que todo intelectual es inteligente, lo cual es a todas luces falso. Los verdaderos, por lo menos aquellos que merecen mi estima, están de paseo por la ciudad de P…***

Chernóbil, en el extremo norte de Ucrania, es una vieja ciudad que se hizo célebre por estar cerca de la central atómica que explotó en 1986. La explosión no hizo mucho daño a esta gente: apenas trajo algún hijo con dos cabezas, producto de la radiación,o algún rabo entre las nalgas de un bebé. La historia de Chernóbil, en los últimos cien años, así lo demuestra. En 1933 fue víctima del holomor, como se conoce al genocidio ucraniano, impartido por Stalin, que consistió en matar literalmente millones de seres por inanición. Menos de diez años después llegaron las alemanes y se quedaron un par de añitos, y no hace falta decir de lo que son capaces. Comparativamente, como se ve, lo de la central nuclear no fue nada.
Nadie construyó tantas ciudades en toda la historia como lo hicieron los soviéticos. Levantaban ciudades en cuestión de días. De modo que cuando hicieron la central atómica, que se encuentra a varios kilómetros de Chernóbil, alguien tuvo la genial idea de levantar una nueva ciudad para los más de 20 mil operarios, junto al depósito de plutonio. Y la población inicial para esta nueva sería transplantada desde Chernóbil.
Y así, en 1970 nacía Prípiat, la P… de que les hablaba. La ciudad se llenó de torres de departamento, escuelas, comisarias, iglesias, y todo lo que supone una ciudad. A 16 años de su fundación tenía cerca de 50 mil habitantes. Pedirle personalidad a una ciudad planificada y recién construida era una petición irracional. Pero el plutonio le tenía reservado otra cosa a Prípiat.
Hoy Prípiat está dentro de la zona de exclusión de la vieja central atómica. El acceso está restringido a técnicos que reparan el daño y a los residentes que, a pesar de la férrea mano del comunismo, nunca quisieron abandonar su ciudad. Hoy Prípiat es un fantasma, pero con personas. No son más de cincuenta. Cincuenta fantasmas. Gustan de narrar su resistencia ante la expulsión obligada. Afirman que el plutonio no hace nada, o que la medida preventiva de sacarlos de allí fue exagerada. Como aún respiran y se los ve sanos, parece que tienen razón.
El plutonio es la lava del siglo XX. Es lo que va a dejar intacto a Prípiat por 25 milenios. Mucho más intacto y mucho más tiempo que Pompeya.
En 1991 se dio un hecho que nadie previó y que aún aturde: cayó la Unión Soviética. Los monumentos, los emblemas, y todo el modo de vida comunista fueron destruidos. Pero en Prípiat todo siguió igual. Como los vecinos son escasos para ciudad tan grande, no pudieron evitar que líquenes y hongos se aferren a muchas construcciones (lo cual a mi paladar lo torna más bello.)
Hoy Prípiat es un museo del extinto régimen. Incluso tiene un hotel, que es frecuentado por los pocos, poquísimos que se le animan. Son locos, son intelectuales. Los de verdad. Y lo más notable: podemos estar razonablemente seguros que será la joya arqueológica dentro ¡de 250 siglos¡
Ya hoy sorprende el mobiliario intacto de los 80. Y solo han pasado 22 años.
Quiero conocer Pripiat.
                                                                                                          Noviembre 2oo8



1 El tema es complicado. La ciudad que Nápoles bien pudo haber sido bautizada como Pompeya, y así Pompeya nunca haber desaparecido totalmente, como se da en el caso de Federación o Buenos Aires. Todo se reduce a un problema de nomenclatura. Un caso significativo es el de la ciudad más vieja de nuestro país. Santiago es el producto del tercer traslado de la ciudad de Barco, que efectúa Francisco de Aguirre, siguiendo órdenes de Valdivia. Francisco, que era un rana bárbaro, tuvo la genial estrategia de rebautizar Barco como Santiago, y así entrar en los libros de historia. Definitivamente, el nombre es lo más importante.
2 En realidad séneca era más romano que los acueductos y sabía que le hablaba a sus compatriotas cuando estas cosas decía. Pero fue tan radical en sus dichos que solo le quedó un amigo, Lucilio.
3 La representación de Príapo, dios vulgar de la fertilidad, es la de un enano feo con una poronga más larga que su cuerpo.
*** Si es una persona desprejuiciada ya habrá notado que toda mi aversión no es más que un recurso literario. Es lo que Nietszce y otros hacían con su propio grupo. Yo lo llamo conductismo literario.

Prólogo a Los Ineptos



Mi trilogia de Los Ineptos fue publicada por Ediciones Deveret bajo un sesudo prologo de Adrian Fernandez. Luego yo correspondi a Adrian-creo- con un prologo a su libro La luz en la cuchara. Casi casi Los Ineptos fue publicado percedido de este, mi prologo:

No quería escribir un prólogo, pero me obligaron. Como se trata de gente de adentro—de adentro mio—no me pude negar, y acá estoy. Los prólogos siempre revelan algo y estorban el sentido crítico. Si va a continuar leyendo, piense una cosa: mis personajes quizás no estén de acuerdo conmigo. Y es mi deseo que usted tampoco.
                                                        
Poco importan mis ideas políticas. Lo que reflejan estas obras no es neserariamente lo que pienso. Si tuve que sacrificar algun pensamiento al respecto lo hice sin piedad. La obra me fue llevando. De alguna manera yo también sucumbí al mecanismo.
Y esto se hace evidente en Antes de Mayo. Jamás comulgué con esa historia que factura miles. La que dice que todos nuestros males fueron engendrados hace 200 años, condicionando fatalmente nuestro presente, y hasta nuestro futuro. Esa historia, que supone que la Argentina de hoy ya existía en 1806 o en 1810, paradójicamente, niega la existencia del tiempo.
Antes de Mayo no es una obra de historia, es una obra de teatro. El aficionado a la ciencia de  Clio notará que ciertas situaciones, que a primera vista parecen imverosímilies, no lo son tanto, y otras, que parecen verosímiles, son del todo falsas. Antes de Mayo es una obra de teatro que se masturba pensando en la historia.
¿A qué remite Los Amigos del Intendente? ¿A cierto costado del aparato peronista? ¿A la instrumentación de las cajas P.A.N. durante el alfonsinismo? ¿A la compra de votos? Por otra parte: ¿Ser pobre tiene su beneficio? ¿Hay más pobres que pobreza? Poco importa. A las obras las engrandece el tiempo, y si el tiempo hace meritoria esta humilde pieza, no será por cosas tan puntuales. ¿A que signo político pertenecía Ricardo III? ¿Importa  en quién pensaba Alfred Jarry cuando construyó su Ubú rey?  Alfred Jarry está muerto y Ubú rey está vivo.
La primera de las obras es la que más me gusta. Es mi deseo que sea representada sin ningún anclaje en el tiempo ni en el espacio. La juzgo semánticamente muy rica y prefiero no agregar más.
Estas obras, independientes entre sí, no están ordenadas inocentemente. Las dispuse, futuro- presente-pasado, y sugiero que así sean leidas.
A Carlos y a Adrian les estoy agradecido hasta la obecidad. A Carolina, Jorge y Oscar porque cumplieron con sus roles de manera extraordinaria. Pero los agradecimientos masivos pierden fuerza. Por eso este libro va dedicado, en agradecimiento por lo que me dio, a una sola persona.

                                                                                  Puerto Madero, abril de 2009

domingo, 6 de noviembre de 2011

Un ladrillo en la pirámide del tiempo.

Un ladrillo en la pirámide del tiempo.

     Soy dueño de una biografía del Che Guevara escrita por Pierre Kalfon. Es barata y tiene muchas páginas. Movido por el escepticismo decidí abrir ese ladrillo de la biblioteca. Una biografía del Che podía ser barata, pero no podía tener muchas páginas. La esencia de su vida (y la de todos) podía descansar eternamente en un par de hojas. La esencia de su pensamiento (me mostraba escéptico pero optimista) podía beneficiarse con alguna carilla. Está claro que una biografía puede ignorar los pensamientos, en fin de cuentas estos se materializan en las acciones, pero eran demasiadas hojas, demasiadas acciones para que las pudiera recordar el mismísimo Che Guevara. Yo mismo no puedo recordar setecientas páginas de mi vida a menos que las recree o sea, a menos que las vuelva a crear y las presente como mi vida. Por lo tanto, pensé que si Pierre Kalfon, pretende relatar la historia del Che Guevara (o la de todos) tendría que relatar cosas demasiado vulgares, demasiado obvias, que en fin de cuentas es lo que hacen todas las biografías. Por ejemplo que el Che tenía un lugar para nacer, que tuvo papá, que tuvo mamá y que por lo tanto tuvo abuelos.
     Pero cuando abrí el libro fue como un ladrillazo en la cabeza.  Por vía materna el Che desciende de Martín José de la Serna, un héroe de la conquista del desierto, y de José Martín de la Serna, quien fundó la ciudad de Avellaneda. Esto le daría algún prestigio a don Ernesto Guevara, prestigio que no necesita. Pero lo verdaderamente asombroso viene por vía paterna. Sus ascendientes fueron Hugo de Lynch, quien comandó la caballería de Guillermo el conquistador en la batalla de Hastings en 1066. Sus descendientes fueron dueños absolutos de la isla de Irlanda y marcharon en la tercera cruzada hacia oriente. Varias generaciones después encontramos a Charles Lynch, plantador y hombre de leyes del estado de Virginia (EEUU) que se hará tristemente célebre dando su nombre al linchamiento.36 Para mi sorpresa el Che era descendiente de todos estos notables personajes.37
     Estuve pensando el asunto y llegué a conclusiones que me dejaron perplejo como Arquímedes el día de su muerte.

     Lo normal es que usted tenga papá y mamá, por feo que usted sea. Eso es lo normal. La ciencia pronto nos dará hijos sin padre, sin madre, sin ambos, pero como a nosotros nos interesa el pasado, eso es lo normal. Entonces sus progenitores son dos. Sus abuelos son 4. Sus bisabuelos son 8. Sus tatarabuelos son dieciséis. Y ahora empezamos a caer vertiginosamente. Sus ancestros que siguen en orden son 32, luego 64, 128, 256, 512, 1.024, 2.048, 4.096, 8.192, 16.394, 32.768, 65.536, 131.072, 264.144, 524.288, 1.048. 576.  Estas son 20 generaciones. Si queremos llegar a la época de Guillermo el conquistador tenemos que sumar 10 más a la lista. Sigamos: 2.097.152, 4.194.304, 8.388.608, 16.777.216, 33.554.432, 67.108.864, 134.217.729, 168.435.458, 336.870.916, 673.741.832.37' Si señor 673.741.832, usted tiene más abuelos allá por el 1066 que los habitantes que actualmente pueblan la tierra. ¿ Esto constituye una imposibilidad lógica?
La trampa está en una especie de incesto colectivo. Mucho antes de llegar a la época de Guillermo usted y yo hemos compartido muchos abuelos, por lo tanto a nadie debe enorgullecer tener ancestros tan notables, lo único notable sería que un perro sea ancestro suyo pero no Hugo de Lynch, que seguramente es abuelo del Che Guevara y probablemente suyo y mío. También es probable  (altamente probable) que el mismo Guillermo sea nuestro abuelo. Y si llevo mi genealogía a los tiempos anteriores probablemente Julio Cesar o Alejandro Magno sean abuelos míos. Pero cuando los abuelos se multiplican pierden todo valor y uno no los puede querer a todos. La mayor fatalidad es que nuestros nietos no nos van a querer a nosotros, por muchos que tengamos.
     Como verá, la biografía del Che (y la de todos nosotros) es de lo más vulgar.





36 Capítulo 1, en el apartado Una familia patricia.
37 Nunca entendí porqué se habla de descendiente y no de ascendiente. Imagine una pirámide en la cual están representadas las sucesivas generaciones (figura 1) Los primeros hombres ocuparían unos pocos ladrillos en la cúspide, mientras nosotros ocuparíamos la multitud de ladrillos alojados en la base. De esta manera hablamos de “descendientes” porque estamos construyendo la pirámide de arriba hacia abajo, cuando lo lógico es al revés, como se construye cualquier edificio. Si yo dibujo una pirámide y le pido que ubique en la misma el futuro y el pasado con total seguridad usted ubicará el futuro arriba y el pasado abajo,(figura 2) lo cual demuestra que la pirámide generacional no se ajusta al sentido común. (Compare las dos figuras) Claro que la pirámide generacional bien entendida implica otra infracción al sentido común, (figura 3) dado que es una pirámide puesta de cabeza, aunque yo encuentro muy sensato ir ensanchando la base por arriba. Esta nueva manera de ver las cosas nos ubica en una posición de apertura con relación al futuro y dejamos de estar en la incómoda posición entre el suelo (que en una pirámide convencional sería un futuro opresivo) y el peso de nuestros ancestros. Si adhiere a mi razonamiento tendrá que rendirse a la evidencia: su abuelo es descendiente de usted. La respuesta al problema de no poder invertir la pirámide (problema que nosotros no tenemos) está más en los ancestros que en una imposibilidad, llamémosla así, de ingeniería. Nuestros ancestros valoraron religiosamente a sus ancestros y se consideraron descendientes de aquellos, casi por una cuestión de respeto. Ensayo otra respuesta: los árboles genealógicos se dibujan de arriba para abajo y  eso refuerza el sentido de involución que presenta la tabla generacional. Sospecho que todo esto fue definido por la Edad Media: Si se espera el fin de los tiempos y a esto le sumamos la idea de tiempo como manifestación de la caída, no hay más nada que decir. (Tengo una segunda sospecha, este es el argumento más verosímil.)
Quizás se pregunte porque una nota tan extensa al pié de la página y no en el cuerpo del texto, sobre todo teniendo en cuenta que aquí esta la clave del título. Bueno; yo lo encuentro tan sensato como la construcción de una pirámide invertida comenzando por el vértice que descansa en el suelo y continuando indefinidamente ensanchando la base hacia arriba.
Figura 1                                       Figura 2                                  Figura 3                                         Ascendientes                                        Futuro                  Ascendientes/ nosotros/ futuro
  Descendientes         Pasado   Descendientes/ pasado /abuelos.
                                                                                                                                            
37' Este es el argumento de mayor peso a la hora de entender la convención de la pirámide generacional

Un cuento de terror escrito por Dios

Un cuento de terror escrito por Dios.

            He dedicado varias líneas a la Luna, y casi ninguna al mar, que me gusta llamar océano porque guarda con mayor fidelidad la idea de inmensidad. No ignoro que hay mares que no son océanos, pero en general, ‘mar’ es un término acaparado por los poetas y ‘océano’ por la precisión filosófica. No obstante esta aclaración, le debo unas líneas a esos inmensos espacios de agua.
            Un poco obligado por esta deuda, me puse a pensar en la cuestión, y quedé impresionado por los contenidos inmediatos de esos pensamientos (eso que algunos llaman  “libre asociación”) Luego los elaboré y los puse en este papel. Siento que ahora es el océano el que esta en deuda conmigo. Nunca lo crucé ni lo perforé. Espero que Dios, que nos hizo a ambos, me dé esa oportunidad alguna vez.

El hombre alcanzó la Luna antes que  las profundidades del océano.123 Las dificultades técnicas (por cierto que muy diferentes) eran parecidas en cuanto a la cantidad de esfuerzo que implicaban ambas empresas. Sin embargo, el hombre decidió que la carrera hacia la Luna era más interesante. Era otro mundo, estaba más lejos, era más espectacular y, por supuesto, podía reportar  suculentos beneficios en la escalada armamentista.. Además, que podía ofrecernos el lecho marino. A lo sumo una multitud de seres con branquias, manjares para el paladar del ictiólogo y del chef.
Por inferencia y a falta de una experiencia directa  se suponía que allá abajo no había nada, he incluso se siguió pensando así con los primeros descensos al abismo. Por empezar, la vida era imposible. Ningún organismo podía resistir a la presión hercúlea que significa varios kilómetros de agua encima.  La falta de la más remota gota de sol parecía confirmar esa sospecha. A lo sumo se conjeturaba con la posibilidad de cierta colonia de microorganismos que sólo  los entendidos valorarían en su justa medida. Podía haber vida en Marte, pero no en las profundidades.
Sin embargo, la misma ciencia se encargó de desmentirlo. En 1938 se descubrió al relativamente conocido Celacanto (al punto que esta computadora acepta la palabra como perteneciente al castellano) Es un verdadero fósil viviente, que se creía extinto hace 300.000 años. El bicho había permanecido oculto allá abajo. Quienes lo han visto sabrán que, para los cánones de belleza de nuestra era geológica, es horrible, espeluznante. Lo primero que llamó la atención del mundo docto es que se trataba de un animal carnívoro, lo cual significaba que compartía su habitad con otras especies.124 Sin embargo, esto allá por 1938, y resultó que el celacanto no provenía de aguas excesivamente profundas como para superar los prejuicios.
A partir de las últimas décadas los hallazgos fueron increíbles y la oceanografía ganó terreno. Lava líquida calienta e ilumina varias fosas marinas, a más de 10 000 metros de profundidad. A su abrigo viven una colección de seres extraños. Ninguno guarda semejanza con la sirenita que imaginó Hans Christian Andersen con el deliberado propósito de entretener a los niños.. Dios, cuya imaginación es otra, plasmó en su obra un mundo submarino cuyo destinatario es el hombre. El hombre de nuestro tiempo (que a sus ojos es un niño.) En él, bestias de rara fisonomía, nadan. Lo hacen bajo presiones increíbles, al extremo que bajo presiones a nivel del mar se desintegrarían. Bajo temperaturas bajísimas que impiden su congelamiento. En aguas quietas, casi estancadas. Lo hacen para comer y reproducirse, como las ranas y el 90% del género humano.. Se arriesga que estos bichos, escapando de enemigos naturales que merodeaban aguas menos profundas, se habrían refugiado en los abismos del océano, merced a algún cambio evolutivo, (o sea, con la cooperación del tiempo que insistimos en llamar evolución.) El celacanto, al lado de ellos, es hermoso, bello. No es posible describir esas formas, tan adaptadas a su medio, tan horribles como su medio. Recordé que Infierno viene de una palabra que literalmente quiere decir ‘debajo de la tierra’ Procuré conseguir alguna enciclopedia que me los muestre en generosa cantidad. Se los conoce como peces abisales, o peces de los abismos. Ojos atrofiados, hipertrofiados o  inexistente. Colores múltiples. Dientes expuestos como quebraduras expuestas. Órganos luminosos. No es humanamente posible describirlos. Son... son otra cosa.
 Si queríamos demostrar nuestra soberbia subiendo la torre de Babel, Dios nos hace bajar para que conozcamos la suya. Aconsejo a todos mis lectores la reveladora visión de estos seres. No hay artista, por original que sea, que los pueda reproducir. No hay forma de transmitir en un artículo la asquerosa, repugnante, horrible sensación que a uno lo invade ante esas imágenes.¡Ah! y olvidaba decirlo; la sensación de que, ante los ojos de Dios, nosotros no somos más lindos que ellos.
En estos seres pienso cuando miro el océano, y también cuando me miro en el espejo.



123 1959 y 1960, respectivamente. Se sabe, el hombre pisó el satélite en 1969; no obstante, las primeras fotografías de su cara oculta fueron tomadas por el Lunik 3 en aquella fecha, con lo cual no sólo se alcanzó la Luna, sino que incluso se la superó. La comparación es pertinente, pues el lado oscuro del satélite se asocia “intelectualmente” con el fondo oceánico, que también permanece oculto.
124 Utilizo el tiempo pasado porque se han encontrado muy pocos ejemplares de este animal, y puede ser que ya no esté entre nosotros. Aunque, por experiencia, debemos mantenerlo con vida

Un burócrata camboyano (cuento)

Un burócrata camboyano.

            En las cumbres que separan Camboya de Tailandia vive gente. Pequeñas y aisladas comunidades de humanos que solo frecuentan algunos turistas occidentales, como Jaques. Jaques no es haitiano, es francés. Francia es una republica al oriente de Haití. No obstante estas estériles disquisiciones, Jaques llega a Camboya para tener una vivencia de lo que alguna vez fue la indochina francesa, y luego de cuatro insoportables calurosos días de caminata llega a destino. Verdadero “turismo aventura”, que le llaman.
            Para estos aislados que solo conocen las cumbres de aquellas montanas  (y estamos en condiciones de afirmar que ignoran que se trata de una montaña porque jamás bajaron para apreciarla), estos aislados seres que ignoran las islas de la misma manera que ignoran los cursos mayores de agua tanto como los mares, también ignoran, mal que le pese a Jaques, que alguna vez hubo un país que los colonizó (y para ser exactos también ignoran que son camboyanos  y, obviamente, que del otro lado hay algo así como Tailandia.)
            Jaques convive con ellos un par de días, o un par de lunas, como acostumbran decir estos montañeses, y le propone a lo que vendría a ser algo así como el líder (y probablemente el progenitor de toda la aldea), llevarse a alguna de las muchachas a conocer el mundo. Líder, que no podemos saber si ha entendido la proposición que Jaques a transmitido en un lenguaje sordomudo occidental, acepta. Pero,... ¿qué es lo que acepta Líder? Jaques no quiere ni averiguarlo; él tiene a su Tarzana amarilla, un excelente recuerdo de Camboya. 
            Habría bajado 100 metros con su trofeo cuando quizo ver la aldea por ultima vez, pero las nubes ya habían ganado la cumbre. Olvidó el asunto y siguió bajando. No adelantó mucho cuando escuchó que desde la cumbre llegaba una risa burlona, ofensiva, hiriente, de procedencia inconfundible, de Líder. Casi instintivamente volvió la vista para que Tarzana Amarilla le explique. Pero,... ¿qué le podía explicar ella?  Siguió bajando, aunque ahora apuró un poco el paso... por si las dudas... No llegó a olvidar el asunto cuando una carcajada generalizada llegó desde arriba, un coro siniestro y burlón en el cual quedaban apareados todos los miembros de la tribu. Cuando las risotadas cesaron (lo que no fue pronto) le hizo llegar la inquietud a su Tarzana. La amarilla se rió rápida y ruidosamente.

            El burócrata camboyano se encuentra tras un escritorio, tras sus gafas, y tras sus gafas sus párpados caídos: el burócrata camboyano duerme. En el escritorio suena una radio y un pequeño ventilador proyecta aire sobre el burócrata. Jaques, que jamás en su vida pensó que tendría que pedirle algo a un camboyano, no puede evitar los prejuicios. “El ventilador tiene el mismo tamaño que la cara de este tipo, y queda claro que desarrolla mayor actividad”. “La radio puede ser a pilas, pero el ventilador está enchufado; estoy en la civilización: hay electricidad”. Toma el ventilador y cambia la dirección del aire. Incómodo, el camboyano se retuerce en su silla y abre los ojos.
__ ¿Qué quiere?__ Dice en francés el burócrata, despertando.
__ Quiero salir del país.
            El camboyano bosteza, busca unos papeles y se los tiende.
__ Firme al pié... y váyase cuando quiera.
            Jaques entendió que el hombre le pedía que se vaya para mejor poder dormir. Y, como a buen entendedor pocas palabras, el burócrata giró sobre sí el ventilador y cerró los ojos. Pero tuvo que volver a abrirlos cuando le desenchufaron el aparato.
__ ¿Todavía está acá?__ Se malhumoró.
__ No pienso irme sólo... me voy con ella.
            El burócrata buscó unos papeles y se los pasó.
__ Tiene que presentar esta documentación. Después puede hacer con ella lo que quiera
            Jaques leyó, miró a su Tarzana y mostró un irreprimible fastidio
__ ¿Cómo pretende que esta salvaje tenga documentación?
__ Ese no es mi problema. DNI y partida de nacimiento.
__ ¿Cómo?__ Dijo Jaques, profundamente azorado.
            El camboyano volvió a cerrar los ojos y agregó.
__ ¡Ah!... y Constancia de Servicio. Usted sabrá que el servicio militar es obligatorio en este país... también para ellas.
__ Pero ella no es camboyana.
__ ¿No?, ¿y de dónde es?
__ De las montañas que separan a este país de Tailandia.
__ No existe ninguna persona en el mundo que sea de la frontera. O es camboyana o es tailandesa. Si es camboyana tendrá que presentar documentación para salir del país; si es tailandesa tendrá que presentar documentación para demostrar cómo entró al país. __ Y volvió a abrir los ojos para rematar__ Lo mismo si es tailandesa o de Marte.
            Jaques, quizás aprovechando que el camboyano tenía los ojos abiertos, le mostró unos billetes.
__ El último que aceptó plata pudo elegir un buen traje el día de su ejecución.__ Tomó los billetes y se los guardó__ El pobre tonto no solo aceptó la plata  de aquella persona sino que también lo dejó salir acompañado.__ La ira del francés era enorme, le hacia apretar los dientes y le impedía decir algo.__ Si la muchacha no tiene documentación es lo mismo que si no existiera. La única forma de existir es demostrándolo.  Está mujer, para la ley, es lo mismo que si jamás hubiera nacido. Y si nació, lo tendría que haber hecho dentro de una frontera. De lo contrario, no existe.  Y si no existe ella, la plata que usted me dio tampoco existe.__ Volvió a cerrar los ojos__ Devuelva esta joven a las montañas. Haga lo que le digo o tendré que mostrarle a las autoridades los billetes que tengo encima, y es probable que usted tampoco abandone el país. __ Hizo una pausa y volvió a abrir los ojos, pero como vio que Jaques no se movía y no tenía ganas de perder los billetes, remató__ No se olvide que aún recordamos el imperialismo francés... y para saberlo francés no necesitamos sus documentos.

            Y Jaques decidió restituir a su Tarzana amarilla a su montaña. La podría haber abandonado por las calles de Phnom Penh, que es la capital de ese país, pero movido por un irracional miedo a las represalias desistió de hacerlo. Si antes le había tomado cuatro días llegar, ahora solo le consume tres, pues no está movido por el entusiasmo, sino por el espanto. Ya ve la cima de la última montaña cuando las nubes se adueñan del entorno. Unas carcajadas vienen desde arriba. Son idénticas a las que había escuchado al bajar. Pero como ya había pasado por eso, y como solo desea terminar con el asunto, no le da mayor importancia. Sólo procura aferrar de la mano a su Tarzana y, a pesar de las dificultades que se presentan por la falta de visibilidad, seguir subiendo para poner punto final a ese infierno. Las nubes no le permiten ver más allá de un metro, pero nota que ya no sube, a llegado. Sin embargo....  Ahora desearía escuchar aquellas risas para al menos tener la certeza de estar entre la tribu. Los minutos pasan. Aprieta la mano de su Tarzana. Se voltea para mirarla. Pero la densidad de esas nubes es tal que no puede ver su rostro. Desesperado, y aunque nunca lo hubiese imaginado, grita con la esperanza de encontrar a Líder. Pero Líder no aparece. ¿Habría equivocado la montaña? No, eso no era posible; la misma Tarzana se lo haría notar. Repentinamente, como en un abrir y cerrar de ojos, las nubes desaparecen. El lugar es el correcto, pero no hay ninguna aldea. Una carcajada se eleva a su lado. Es el burócrata camboyano, que lo está tomando de la mano.


Tres islas (Varios Artículos)

Tres islas.

La isla de Robinson Crusoe.

No recuerdo que famoso filósofo contemporáneo, quizás recreando el famoso cuadro Esto no es una pipa del belga René Magritte, decía que un león tras las rejas no es un león. Lo que lo convierte en león no es su pelaje, sus enormes dientes o su poderoso rugido. Porque eso es solo una excusa del felino para hablar de su entorno; de las noches en la estepa, de su camuflaje, de la melena que seduce a la hembra, de la comunión entre las hembras para ir a buscar la comida. Ver un león es ver todo lo que circunscribe la vida de este felino, donde también cae la muerte de la cebra y del antílope.
            Bueno, lo mismo se podría afirmar de los humanos, o para ser más precisos de aquellos que no llegaron a ser humanos o perdieron su condición de tales. Grato es el ejemplo de Alexander Selkirk, quien se hizo medianamente famoso al quedar durante cuatro años y pico literalmente aislado del mundo en una diminuta isla del Pacífico que hoy pertenece a Chile.  Cuando lo encontraron—y fue casualidad porque no lo andaban buscando—parecía cualquier cosa, quizás un león, pero no uno de los nuestros. Pronto nacería alguien que se le asemejaría mucho, Robinson Crusoe. Este era menos un león porque encontró a Viernes y porque Daniel Defoe era demasiado ingles como para deshumanizar a un compatriota. (de hecho hasta el mismísimo Viernes parece humanizarse.)
            Sarmiento inmortalizó un aspecto de Facundo, Flavio Josefo y Tácito perpetuaron a un Jesús de carne y hueso con sólo dos líneas, y Platón eternizó a su maestro hasta en aspectos insospechados—incluso un Sócrates deliberadamente silencioso, tal como lo encontramos en El Sofista* Pero el que se pasó fue Daniel. Cuando en 1719 publica su lograda novela, el motivo de su inspiración, Alexander Selkirk, hacía más de diez años que había retornado a la isla (a Gran Bretaña, claro.) Vivía malhumorado y en pena. Extrañaba su solitaria existencia como náufrago. Quería volver pero no lo dejaban. Se había transformado en una pequeña celebridad en su pueblo escocés, lo cual le reportaba una ganancia para nada despreciable que le permitía vivir con las comodidades que la civilización de la época podía reportarle, como, por caso, un esclavo, que bien podría haberse llamado Viernes. Cuando nuestro amigo hablaba de su pasado decía “mi isla”, casi como si de una hija se tratase. No obstante, gracias a Don Daniel, la posteridad ha bautizado a la pobre como Robinson Crusoe, y podemos estar seguros que Alexander es mucho menos famoso desde la aparición del libro, injusticia que yo humildemente estoy tratando de reparar. Sin embargo el lector puede afirmar que yo me encuentro en un error, ya que nuestro hombre quería desaparecer de la civilización y de las efemérides retornando a su isla para ser un poco menos hombre. ¡Bien! Pero...¿cómo se llama la isla? Hace poco leía que Alexander Selkirk había vivido cuatro años en la isla de Robinson Crusoe. Como ven, hasta en el tiempo la ficción llegó a preceder a la realidad.**

La Isla de Pascua.

            Vamos a ser claros, la isla en cuestión no es la única en el mundo, ni para ser náufrago y terminar en algo menos que humano es necesario estar sólo. No se me ocurre mejor ejemplo que otra isla chilena; la isla de Pascua, cuyo nacimiento, apogeo y decadencia les quiero transmitir.
            Parece ser que desde uno de los archipiélagos más orientales de la polinesia un buen día se extraviaron dos o tres canoas por el inmenso Pacífico. Serían unas diez personas que gracias a tormentas parecidas a la que le hicieron perder el rumbo lograron saciar la impostergable sed, y gracias a la carne del prójimo—en un principio eran unos veinte—dejaron satisfecho el estómago para que el azar los depositara en esa desierta y apartada isla, el punto del planeta más solitario que se conozca.
            Es tradición entre los marineros de la polinesia, como entre casi todos los pueblos del mundo, que quienes toman los remos sean hombres. No obstante, hechos posteriores confirman que en aquella primera expedición humana que puso un pié en la isla había al menos una mujer. Una especie de Eva, disfrute o resignación del resto de los bucaneros.
            Algunas generaciones después a algún nieto se le ocurre volver al mar para ver mundo. Esa isla podía tener todo lo que no tenía la polinesia, pero cuando un pueblo es marinero es marinero, y no hay nada que hacer. Volverán a intentarlo una y otra vez, aunque el azar les juegue en contra, aunque un hermano se haya ido para no volver nunca más. Así, este nieto agarró un árbol y siguiendo las lecciones impartidas por sus mayores—quien sabe si por su hermano—lo transforma y lo arroja al agua. La suerte de este muchacho no habrá diferido de la suerte de quienes lo intentaron antes. O se perdió para no volver, o volvió para construir otra canoa, más grande, mejor, para ir más lejos... y no volver nunca más.
            Las generaciones se suceden. Primero alguien dice “que no cunda el pánico”, pero el pánico termina por cundir porque empiezan a sospechar que si los marineros no regresan no se debe a que hayan descubierto algo mejor. (Porque al comienzo seguro estaba la idea de que si ellos mismos habían recalado en un lugar tan especial como Pascua por perderse en ignorados mares lo mismo le había pasado a estos otros. En fin de cuentas ellos mismos no habían podido regresar a su tierra de origen.)164
            El tiempo acaba con todo, incluso con un pueblo marinero. Las generaciones empiezan a evitar la construcción de canoas, y lo que es más admirable, terminan por perder la capacidad para construirlas. Finalmente nadie recuerda lo que es una canoa y—aún más admirable que lo anterior—ya no saben lo que es un pueblo marinero. Sin embargo, no han perdido la costumbre de utilizar los árboles, que tanto abundan, para la confección de casi cualquier cosa, incluso la de esas cabezas cuadradas que parecen haber tenido un sentido ritual.
            Con el paso de los años y de los siglos la gente se multiplicó, las tares se diversificaron y la cultura de lo que llegó a ser un pueblo numeroso se tornó tan autóctona y rara como la fauna del lugar, ambos como consecuencia del aislamiento.165 Lo que en un principio eran pequeñas cabezas de madera se convirtieron en los famosos bustos de piedra que aún hoy señorean en esas costas y que parecen escrutar el horizonte a la espera de aquellos marineros que no volvieron. Se hicieron de a decenas, de a centenas. Cada día las hacían más grandes. Cada gran cabeza de piedra la hacían en cuestión de días, porque el tiempo que insumían en su realización se estrechaba como producto de una extraña enfermedad que los empujaba a sacar adelante esos monumentos con una rapidez inaudita. Siempre estaban cincelando las montañas y utilizando una cantidad ingente de troncos para deslizar esas enormes estructuras en su descenso hacia la costa. Quizás estaban desesperados porque nada aparecía en el ancho mar. Y ya no hablamos de los que no retornaban, sino de cualquier cosa.
Y acá aparece nuevamente el tiempo que todo lo aniquila. Progresivamente se olvidaron de los que se fueron, se olvidaron de reencontrarlos, se olvidaron que habían venido de otro lugar, las canoas dejaron de existir en sus mentes y llegaron a la siguiente conclusión: Ellos no estaban aislados; la isla era todo lo que había en el universo. Aceptaron como lo más natural del mundo su soledad y ya no tenían que hacerse mala sangre por eso, de modo que tuvieron un problema menos. Como habían olvidado la náutica, la sola idea de que algo apareciera flotando en el horizonte los movía a risa.
Como la costumbre es más persistente que el buen juicio siguieron construyendo cabezas. Si estos monumentos continuaban mirando hacia el infinito mar no se debía a nada más que a eso, a la costumbre. En fin de cuentas tenían que mantener ocupados a esa enorme cantidad de esclavos, y que mejor idea que mantener las cosas como estaban, aplicándolos al cincel y al traslado sobre troncos de aquellos portentos. Se volvieron conservadores y poco flexibles mentalmente. Dieron por sentado que las cosas no debían cambiar nunca y que nada nuevo se debía esperar. Y hasta la esperanza fue desterrada bajo el miedo a todo cambio.
Pero si uno no cambia, cambia el medio. Algo extraño empezó a darse, desconcertando las mentes más conservadoras. Por copiosas que fuesen las lluvias los árboles entraron a escasear. Claro, el tema era su utilización indiscriminada en el proceso de traslado de los monumentos. Y con la tala, lo que se corrompió fue la tierra, que se presentó cada día más estéril por la mala utilización del suelo. Para empeorar las cosas, las mejores tierras fueron reservadas para que den troncos en un intento desesperado porque nada cambie.166
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Cuando aparecieron los ingleses en el horizonte se encontraron con un espectáculo que ni Dante imaginó. La cantidad de isleños era tan pobre que bien podrían haber subido  todos a una canoa, si la hubiesen sabido construir. El hambre los había empujado a la antropofagia, y a una enemistad irreductible entre dos pequeños grupos que competían por la “comida”, casi con la misma intensidad con que se juega un partido de la Copa Libertadores.
Me gustaría aclarar que lo que acaba de leer es una rememoración de un excelente documental que he visto hace mucho tiempo. Lo que la memoria no me ayudó fue reemplazado con mentiras, que otros prefieren llamar ingenio.—Y para ser sincero y no cerrar con otra mentira confieso que en muchos pasajes apuré las mentiras porque eran más interesantes que las verdades. Me ha pasado lo que a los isleños; he perdido la capacidad de la memoria pero he compensado ese defecto con originalidades.
Es evidente que el fin que perseguía el documental era ilustrar por analogía sobre los difíciles momentos que nos esperan en caso de no cuidar esta pequeña isla que es nuestro planeta.

Australia.

            En los años setenta Australia sorprendió al mundo con una película horrible, pero cuyo argumento, en lo básico, resulta al menos llamativo. Se trata de la insoportable “La gran ola” de Peter Weir. La cosa viene así: un antropólogo bastante cheto, felizmente casado con una mujer católica y practicante (si es que esto es posible), un día recibe la visita de cuatro miembros de una reserva indígena. Como es sabido, las reservas están pensadas para que los indígenas no las abandonen, del mismo modo que el Zoo de Sydney mantiene en cautiverio a las panteras negras para que no jodan y se reproduzcan en paz. De modo que a nuestro amigo le resulta un tanto inquietante esta visita. Abre la puerta. Ellos se sientan, demostrando que no esta en sus planes abandonar la casa. Son cuatro, pero se reducen a uno solo; el que habla inglés. Tienen (tiene) algo importante que decir: el mundo se aproxima a su fin. La naturaleza dará algunos adelantos del evento, y finalmente, una gran ola arrasará con todo. El antropólogo—mejor dicho, nuestro antropólogo, nuestro amigo, porque nos identificamos instintivamente con él—no se ríe porque respeta o ha aprendido a respetar esa cultura. Su mujer no se ríe porque tiene miedo (¿de que se queden a dormir?.) Los indígenas deciden partir; la dueña de casa se está mostrando hostil y la inminencia del Apocalipsis les despierta prioridades mayores, tal vez la confección de una buena tabla de surf. La mujer, en su ferviente catolicismo, creencia que íntimamente comparte su marido, no puede aceptar las creencias de unos salvajes, en fin de cuentas dios no pudo haber brindado un dato tan importante a ellos, una pequeña tribu perdida en el enorme desierto australiano. Si tal información la hubiesen revelado los musulmanes, por dar un ejemplo, se podría haber considerado (quizás porque se levantaría la sospecha que ellos mismos serían los agentes del desastre.)  Pero esto era diferente. Esa tribu semidesnuda no le puede hacer daño a la humanidad, y es posible que su misma carencia de ropas sea la elocuente manifestación de esa impotencia. Un dios verdadero no puede tener tan poco raiting, desearía ser escuchado por muchos. Cierto que en La Biblia encontramos la historia de Noé y de la torre de Babel, en las cuales dios se toma revancha porque nadie lo escucha. Pero eso es el Antiguo Testamento, y este matrimonio es cristiano. ¿Y si es al revés? ¿Y si estos negros quieren inducir a dios para que termine con todo de la misma manera que algunos cristianos buscan torcer la voluntad divina para conseguir trabajo?  Imposible, El no va a llevarle el apunte a una comunidad numéricamente tan pobre y espiritualmente tan primitiva.
            Estas especulaciones son mías y  no están en la mente del creador—en este caso, el guionista--. La cosa es que los aborígenes se retiran y estamos en el minuto 10 de la película. El resto es un bodrio en el que uno espera—y desea—el cumplimiento de la profecía. Como el largo—larguísimo—es desesperadamente obvio, no nos sorprende en absoluto que se cumpla el vaticinio puntualmente como lo han referido los negros. La lección: la verdad no es una cuestión estadística. La mentira que sostienen millones no se sanciona como verdad por el mero hecho del número. O, en otras palabras, no es verdad aquello de “cuando todo el mundo se equivoca todo el mundo tiene razón”
            Lamentablemente, los australianos no solo hacen películas malas—y estoy hablando de loa australianos que hacen y miran películas y no de los que hacen flechas--. Quizás el lector recuerde que hace escasos años se dio un fenómeno meteorológico conocido como el niño, por el cual en distintas partes del globo se dieron hechos asombrosos; por ejemplo llueve demasiado en el desierto; por ejemplo en el australiano. Al estudiarse esta aberración climática se concluyó que el fenómeno era viejo como la lluvia, y que se repetía cada aproximadamente 40 años. Los aborígenes australianos lo sabían pero a casi nadie se le ocurrió consultarlos y los que lo hacían planteaban mal las preguntas o eran inadecuadas.  Ciertas plantas indígenas, tan indígenas como quienes las comen, reciben un régimen de agua con un período de 40 años, y los canguros aceleran su proceso reproductivo bajo circunstancias especiales, demostrando que la evolución de la especie ha contemplado la posibilidad de estas lluvias. (Con preguntas bien formuladas hasta los canguros hubieran respondido de ellas.) Al final los expertos se avinieron a escuchar a las tribus y cosecharon una información invaluable para confirmar sus teorías. El niño no era un hecho aislado, una manifestación del calentamiento global, ni el presagio del fin del mundo.
            Entre las características que nos define como humanos está la capacidad de elegir. Los australianos durante el siglo XIX eligieron parecerse a Europa o a EEUU. El dilatado desierto los avergonzaba. La singularidad de su flora y de su fauna era un escarmiento divino. Se llegó a admirar cualquier especie exótica; osos del polo, cucarachas de Honduras, pumas de Argentina. Esto no es tan loco si tenemos en cuenta que para cualquiera lo único que no es exótico es lo autóctono. Los marsupiales son exóticos para el resto del mundo, no para los australianos. Ellos consideran que el resto del mundo es exótico. Y podemos afirmar que para un australiano el resto del mundo es más exótico que para usted o para mi, y que en el XIX esa verdad era aún mayor. Ya antes se introdujo el perro y el gato que alteraron la cadena alimenticia y llevaron a la extinción a muchas especies.167
            Después de la segunda guerra mundial, acaso como consecuencia de la victoria o acaso como coartada ante la expansión del negocio del turismo, los australianos empezaron a valorar su fauna y su flora. No obstante, aún guardaban esa inclinación por lo que ellos consideran exótico. Los australianos capitalizaron muy bien esa pandemia llamada turismo, pero como no podía ser de otra manera, ellos también salieron a ver mundo. Conocer otros lugares se transformó en una moda mundial, y la mejor manera de demostrar que uno estaba a la moda era traerse algún recuerdo de los lugares visitados. Así, al mismo tiempo que se empezaba a valorar la vida silvestre local, se la contaminaba con especies de otras regiones, que eran llevadas hasta Oceanía con el deliberado propósito de demostrar que se valoraba la fauna de otros continentes.
            Unos granjeros del norte de Australia retornaron con sapos hawaianos. Nadie se los vendió. Simplemente salieron de excursión por Hawai y dieron con un simpático anfibio cuya característica distintiva era una variedad inusitada de colores en el lomo. Tan lindos eran que, al momento de volver, se decidieron a cargar con una docena. Según parece a estos hermosos sapos no les iba la vida en la granja, y tres o cuatro decidieron ir a conocer el interior de la isla-continente.
            Si entre las características que nos definen como humanos está la capacidad de elegir, la capacidad de elegir lo que comemos está entre las más importantes. La evolución y la supervivencia de nuestra especie se debe a eso. Cuando nuestros ancestros no disponían de las cosas que habitualmente se llevaban al estómago, cambiaban la dieta y listo. Un sapo no puede hacer eso, por más inteligente que sea. Siempre prefieren las moscas. Y para ver a nuestros ancestros no hace falta viajar en el tiempo, sino en el espacio; al interior del continente australiano. Allí se vive igual que hace un millón de años. Allí todavía hoy se altera la dieta cuando el inclemente desierto  obliga. Para saber si un sapo es rico sólo hay que abrir la boca.
            Los científicos se ocuparon de este raro bicho hawaiano. Los granjeros del norte, ignorándolo completamente, habían hecho un aporte sin par a la taxonomía, que es el arte-ciencia de clasificar a las especies. Ni siquiera en Hawai había testimonio de la existencia de ese sapo, y hasta se hubiera creído australiano de no ser por la sinceridad de los granjeros y de los indígenas, que hablaban con el cuerpo (morían como moscas.)
            ¡No, no! No es que los sapos se comieran a los indígenas. Todos esos colores hermosos que adornan el lomo de los anfibios, lindos como los tatuajes que adornan el lomo de los indígenas, son veneno mortal. Afortunadamente los aborígenes tuvieron la ancestral estrategia de cambiar la dieta ante la fuerza de los hechos.



* En realidad, lo realmente sorprendente sería que Sócrates no deliberara.
** Robert L. Stevenson vivió sus últimos años en una de las islas del archipiélago de Samoa, en el Pacífico sur. Es hora de que esa porción de tierra lleve su nombre.
164 Hay una hermosa conjetura que dice así: atendiendo a la gracia del dios que les había procurado esa tierra luego de tantos pesares y cuando ya la esperanza era poca, durante muchos años realizaron esos viajes con destino incierto con el exclusivo fin de la ofrenda a la divinidad. Un sacrificio para la buena suerte y la prosperidad de todos. Pero, independientemente de la suerte del argonauta, y aunque suene raro, lo que se ofrecía en sacrificio no era una vida sino una canoa.
165 Este es un buen ejemplo que refuta la difundida teoría del siglo XIX, y que aún hoy algunos sostienen, según la cual el desarrollo de una cultura está en relación directa con las influencias extranjeras. Por otra parte, eso quizás hable más de la riqueza cultural de un pueblo y no de su desarrollo.
166 Hay hechos parecidos bien documentados históricamente. Por ejemplo; en la Rusia pos revolucionaria se generó gran polémica por la cantidad de tierras reservadas al grano que da el vodka con claro perjuicio de cereales nutritivos. Hoy en día en Yemen, hay una hoja indígena llamada Qad, que es una especie de marihuana sumamente popular que nadie deja de consumir y cuyo cultivo acapara la mayor parte de las tierras fértiles de ese pequeño y poco fértil país. En ambos casos prevalece la idea de mantener al pueblo estupidizado. Algo similar se podría decir de Bolivia y el asunto de la coca, aunque no tanto: la coca da excelentes dividendos. (El caso ruso es conocido. En cuanto a Yemen pueden ampliar en el número de abril de 2000 de National Geographic.)
167 Quizás el caso más emblemático en este sentido se dio en otra isla; Madagascar. El dodó, una especie de paloma enorme, no volaba y era tan lenta y estúpida como su tamaño. O sea, estaba perfectamente adaptado a su medio. O, en otras palabras, para adaptarse a Madagascar basta con ser medio estúpido. A falta de enemigos naturales, el dodó se convirtió en la cima de la cadena alimenticia. Del otro lado del Canal de Mozambique ese privilegio le correspondía al león. De este lado bastaba con ser poco sagaz e inteligente. Pero un día llegó el animal más veloz, voraz, insaciable e insensible: el cerdo, que acabó con el dodó en menos que canta un gallo (o un dodó.)(¿)... Durante mucho tiempo se tomó el caso como expresión de la crueldad de nuestra especie sin mediar ningún tipo de dudas al respecto. Cuando leí sobre esto tendría que haber anotado el nombre del experto que demostró de manera categórica que la culpa es del chancho. Se merece un monumento por exculpar a la raza humana de un hecho tan lamentable. Y eso incluye a los granjeros europeos que llevaron el cerdo hasta la isla. ¿Pero porqué alguien estaría tan interesado en llevar consigo a los cerdos en un viaje tan largo? ¡Porque nuestra especie sólo cambia la dieta bajo condiciones extremas! Si hubieran probado la carne del dodó, hoy el dodó estaría vivo. (Me remito a El animal más feliz de La tierra, Pág. 18.)