¿Fe?
Carloncho, viejo amigo, me pasó un
libro de hermosa costura y cuidado texto. El
Dorado, se intitula; el autor es él. Lo abrí como para recibir un abrazo.
Ya en la apertura aparecen los nombres de Camilo y Fidel, sus hijos, a quienes
va dedicado. El primero va camino a los 4 años y el segundo vino al mundo con
el libro bajo el brazo, el 4 de febrero último.
Lo primero que hay que decir es que
el libro no contiene cuentos para no-destetados, ni siquiera para niños.
Carloncho sabe de sobra que esos
impúberes crecerán y se harán un lugar en la vida para la lectura engañosamente
sencilla de esta obra, que fue parida el 4 de febrero, a la vista del autor,
que no dejaba de lagrimear ante semejante espectáculo: la concreción de una
obra difícil.
Un libro es un libro, no algo que se
publica en facebook o en un blog como este, donde hay licencia para los
errores. El libro tiene algo de santuario, y estos chicos crecerán a la sombra
benévola de El dorado. Seguramente
revisarán las variopintas anotaciones de su padre en el face, pero para juzgar
con rectitud tratarán con el libro, que habla del asesinato como arte, de la
mediocridad, de las abyecciones más bajas, de madres con espermas, del sueño,
de la muerte dentro de la muerte, de las matanzas que se conciben por culpa de
un hombre sincero, de la imbecilidad de suponer que sólo los jóvenes tiene el don
del sueño, de su suegro que es carnicero, etc. Los chicos van a crecer y van a
poder digerir esto, que es prohibido para menores de 35 años. Además, para
entender el libro, y para entender porqué está prohibido para menores, primero
deberán leer a Dante, a Borges, a Kafka, ¡conocer la historia de Edipo!,
caminar la vida, entender las ironías y
sufrir el primer amor. Todo esto para después poder evaluar esta obra. Yo creo
que es un gran acierto.
Cuando se es escritor compulsivo como
nosotros tendemos a polarizarnos entre la propia lectura de nuestras cosas,
para verificar si lo que escribimos está bien o si hay que modificar algo, y la
lectura de lo ajeno, en la cual nos abandonamos y disfrutamos o padecemos las
bondades inmarcesibles o las cagadas que otros han excretado. Sin embargo, hay
términos medios, como lo que encontré no mucho más allá del inicio. Un texto de
nombre Fe, que va dedicado a quien
esto escribe. Lo leí, pero no entendí una mierda. Lo volví a leer una cantidad
de veces que me dañó la vista, y seguía sin entender una poronga. ¿Por qué
Carlos me dedicaría específicamente este texto a mí, siendo que el libro
contiene más de 40 textos? Por qué no me dedicó Cabeza, que Chejov y Gogol envidiarían; por qué no me dedicó Pan, que ya se lo había elogiado, Conciencia, Juicio o Espejos, que son
buenísimos y además… los entiendo. ¿Y si no hay nada que entender en Fe? ¿Habrá una ironía fina que no logro
desvelar? ¿Por qué me dedica el texto más difícil?
Afortunadamente, este fan de Sade no
me dedicó Espera, que
es la intención que tuvo Carlos de decir de otra manera lo que ya viene
diciendo desde otra obra, ni Fábula,
que es el peor Darío Fo, o Sagrado, que es original, pero no me
termina de gustar. De todos modos, Gracias Carloncho, a pesar de no haber
entendido Fe. Tus hijos lo entenderán
el día de mañana y me lo vendrán a explicar.
Cabeza, por Carlos Rey |
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