sábado, 24 de mayo de 2014

El Síndrome de Susana (Cuento)



            El Síndrome de Susana

El doctor Mario Alberto Franco ha muerto. No sabemos a ciencia cierta cuando. Entre sus papeles hemos encontrado unos manuscritos rotos, según creemos, por sus propias manos. Acaso podemos reconstruir sus últimos tiempos en conformidad con las líneas que siguen. Difícil nos resulta creer que mucho de lo que se dice pudiera ser cierto, pero no tenemos dudas: se trata de una realidad mental que, por rara que nos pudiera parecer, no fue menos real para el doctor y para su amante.
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Cuando Susana llegó a mi consultorio no daba muestras de ser diferente a cualquier otra mujer de esas que uno ve como un paciente más. No había nada en ella que denotara a una persona enferma, alienada de toda realidad, carente de todo sentido común. Era rubia, petisa, fea sin sobresaltos y con una frente espaciada que recordaba—al menos eso me parece hoy después de todos los hechos acaecidos—al monstruo de Frankenstein. Sus mejillas eran descarnadas, sus párpados breves y sus orejas de tal tamaño que daban una apariencia pequeña a su rostro. Sin embargo, en la luz de sus ojos había algo, fuego quizás. No era coqueta y eso, con el tiempo,  me sedujo: una de esas mujeres a las cuales la naturalidad hermosea un tanto. Se hubiera dicho que pasaba por la vida sin prestarle atención, y eso de alguna forma la ennoblecía. Una sonrisa lateral que enseñaba unos dientes perfectos era su mejor herramienta para cautivar, pero no era conciente de que esa herramienta podía constituirse en un arma. Acaso todo lo dicho lo elaboré en mi cabeza una vez que los acontecimientos se precipitaron. La pura verdad es que esa primera vez que vi a Susana no me pareció nada de otro mundo.
            En lo que a mi respecta soy psiquiatra desde siempre. He atendido los casos más disparatados y me he acostumbrado al trato con dementes a tal punto que los compadezco.  También, en cierta forma, los envidio. Por momentos llego a pensar que la locura no es un problema, sino más bien un remedio, tal vez una evasión. De hecho me siento mejor luego de hablar con algún descerebrado.  O al menos eso era así hasta que ella apareció en mi vida.
            Susana tomó asiento y se presentó. Estaba nerviosa,  pellizcaba sus mejillas flácidas y transpiraba visiblemente. En unos minutos se tranquilizó: le di un vaso con agua y unas pastillas. Tomó coraje y embistió con una catarata de naderías.  Un profesional debe escuchar a sus clientes con interés, pero no fue este el caso. Soy un ser humano y cuando las cosas son aburridas no hay diploma que ayude. Como vino por iniciativa propia—y pagó puntualmente—no me quedó otra que atenderla. Parecía una mujer de lo más vulgar. Era un caso para mi profesión de psicólogo, un caso de diván, no era una loca. Claro, afirmaba que estaba loca, por supuesto, pero todos mis clientes lo hacen de una forma u otra, incluso negándolo o haciendo locuras. Afortunadamente lo que no pude retener en la memoria lo anoté, y es así como hoy recupero aquella primera y anodina entrevista. No obstante lo cual, antes de retirarse, pasó algo que nunca olvidaré.
—    Dios no existe— dijo, concluyente.
—    Nadie es perfecto— bromeé.
            Susana estranguló sus  flácidas mejillas. El chiste no le gustó. Se volvió a sentar. Su mirada se incendió e inclinándose hasta poner sus dos manos sobre mis rodillas, me quiso aleccionar, mirándome sin pestañar:
            — No, de verdad le digo: dios no existe, jamás ha existido. Y no lo espere porque nunca va a llegar. Yo lo sé. 
            — Perfecto, voy a hacer lo que usted me indica—repliqué con serenidad.
            — El diablo tampoco existe— subió la apuesta.
—    No, no existe, Susana.
—    ¿Y usted como lo sabe?
—    El diablo sabe más por viejo que por diablo—Ironicé.
—    No me está tomando en serio doctor. — Estaba enojada— El diablo no existe porque no existe dios, eso está claro. Pero yo siempre me pregunto “¿Por qué no existe dios?”
Por precaución, no contesté. Susana agotó su vaso de un sorbo y, maltratando la puerta, salió, llevándose el vaso.
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… afirmaba que había ido al baño, que había hecho pis. Estaba angustiada. Traté de explicarle que era algo muy natural ir al baño. Parecía no escucharme con sus enormes  orejas, pero el sudor en su frente me revelaba que estaba tensa y al acecho, como una pantera. Llené el vacío con acotaciones torpes: hacer necesidades es necesario; es una pérdida de tiempo  para algunos y un placer para otros; es como limpiarnos o bañarnos por dentro. Mis razones no la conmovían en lo más mínimo. Susana abrió su cartera y sacó el vaso, lleno de mierda… de ella…
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Evidentemente había un olor agudo, horrible. Recordé sus heces, pero era algo distinto, peor. Le pregunté. “No voy al bañó nunca", fue su respuesta. Fingí creerle para evitarme problemas. Me amplió sobre un tema que me venia mencionando persistentemente durante las últimas seis semanas: el reencuentro con su madre. La vieja se había muerto décadas atrás…
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—    Doctor, tiene que entenderme,  no tengo nervios, no tengo sangre, no respiro. Estoy muerta. Míreme las mejillas, no tienen color. No me puedo mover, hablo todo el día con mi madre. El olor repugnante que usted advierte no es más que mi cuerpo: me estoy pudriendo… Soy un alma en pena.
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            …el vaso estaba lleno de gusanos gordos…
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            A pesar de eso—o precisamente por eso—me llegué a enamorar. Sin embargo, era muy fría en los momentos íntimos. A mi no me importaba. La llama de sus ojos compensaba todos los defectos. Además, nunca había concretado con una loca. Profesionalmente soy digno de censura, pero también de compasión. ¡Alguien que se ponga en mi piel! ¡Alguien que se calce mis zapatos!
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            De todas maneras ella ya estaba muerta. Y Dios no existe…

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Hoy sólo soy un alma en pena. Subsisto, sobrevivo. Necesito un profesional.

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Nota Confidencial: Empecé a escribir este cuento alentado por la lectura de un articulo de Wikipedia sobre el síndrome de Cotard. Siempre me pareció que la realidad supera a la ficción, al menos hasta que la realidad se encarna en la ficción, que fue el objetivo que me propuse, infructuosamente, según creo. Sinceramente, me aburrí de escribir el cuento y vi con optimismo la posibilidad de hacerme el vanguardista y rematar ese error con algún artificio que me permitiera desembarazarme de la tarea. Más aun, creo que esta nota final es una forma más que encuentro de justificar el malogrado trabajo adicionándole una vuelta de turca que esta destinada al fracaso. Por supuesto, si publico esta bazofia, es porque en el fondo abrigo una remota esperanza de que a algún loco le guste. Mi cerebro está abocado de lleno a mi próxima obra de teatro y prefiero terminar de una vez por todas con este mamarracho. Eso es todo.
           



           

           
           

miércoles, 21 de mayo de 2014

Películas nucleares



Películas nucleares

"Todos cumplimos tan tranquilamente con nuestro papel, que es fácil confundir el hábito y la costumbre con la ley natural"
                  (John Wydham. El día de los trífidos)

En los 60s estaba de moda suponer que alguna de las dos potencias bajaba una palanca y a la mierda todo. El cine no fue ajeno a esa psicosis genealizada.
He visto dos películas que se parecen en el punto de partida: Una es El día de los trífidos, de 1962, británica, dirigida por un tal Steve Sekely. La otra es La última mujer sobre la Tierra, del gran Roger Corman, que la realizó en 1960.
Todo fue por culpa de una tarde lluviosa. Quería leer algo de John Wydham por instigación de un amigo que me supo llenar la cabeza. Pero otro amigo, cinéfilo y más sagaz, me dijo que podía ahorrarme la tarea de procurarme el libro porque había una película—El día de los trífidos—que está basada en la obra homónima de Wydham; y lo mejor: disponible en la WEB. No me dio tiempo a reaccionar: cortó, pegó el link y…
Los trífidos son unas plantas carnívoras que vienen del espacio exterior para terminar con la raza humana. Llegan mediante una lluvia de meteoritos—léase, estrellas fugases—que enceguecen a casi la totalidad de nuestra especie. Solo unos pocos, aquellos que en el momento de la invasión tenían los ojos tapados porque habían sido operados de  cataratas o alguna patología ocular, pueden ver cuando la conquista extraterrestre se ha consumado. Son esos pocos los que guiarán al resto de la humanidad hasta la victoria final sobre las plantas carnívoras.
El día de los trífidos  no es una buena película, pero como no pagué la entrada pude digerirla sin ánimo de revancha. Tiene ciertas escenas que son, sin dudas, memorables, rozando la genialidad en materia de comedia— aunque no se trate de una película abiertamente cómica—. Sin ir más lejos, las escenas en que vemos que la vida continúa como si nada, aunque todos estén ciegos, merecen el Oscar. Por ejemplo, aquella en la que esperan, a ciegas, la llegada del tren, que arriba con una puntualidad británica, pero cuyo maquinista se lleva por delante el paragolpes porque no ve un carajo, es genial.
Por curiosidad busqué el libro de Wydham. (Si, ¡esta en PDF! Si, soy más sagaz que mis amigos.) Quizás no tenga la gracia de la película, pero  tiene pasajes reveladores como este, que muestra, acaso muy literalmente, las escenas referidas, y que anoto in extenso porque ilustran sobre el valor literario de la obra.

“Cuando la mitad de la vida ha transcurrido en el seno de una ordenada concepción del mundo, no bastan cinco minutos para volver a orientarse. Recuerdo aquella época, y compruebo que la cantidad de cosas que uno no sabía o que no estaba interesado en saber es no sólo asombrosa, sino también un poco sorprendente. Yo no sabía prácticamente nada, por ejemplo, de algo tan común como los medios por los que la comida llegaba a mis manos, o de dónde venía el agua dulce, o cómo se fabricaban las ropas, o cómo funcionaban los servicios sanitarios de la ciudad. El mundo se había convertido en una acumulación de especialistas que atendían a sus tareas personales con
mayor o menor eficiencia, y que esperaban que otros hiciesen lo mismo. Por eso me parecía increíble que el hospital estuviese totalmente desorganizado. Alguien, en alguna parte, estaba seguro, tenía que estar encargándose de él... de mí.”

          Por su parte, la de Corman, La última mujer sobre la Tierra, se dispara desde un planteo similar. La vida humana es aniquilada por algo que invade el aire por unos momentos. Los únicos que se salvan son aquello que se encuentran bajo el agua, buceando: una mina y dos tipos. La rubia, una preciosura, está bien acompañada. Uno de ellos es el novio, el otro es el candidato. El problema, claro, es de ellos. El novio no ha sido, antes de la hecatombe, muy atento a las demandas de la mujer. Se ha dedicado a cuidar su fortuna y a ignorarla.  El aspirante era en tiempos normales, además de quien la cortejaba, el contador del novio. Ambos están muy lejos de ser facheros. Por ridículo que parezca, en esta película también se plantean situaciones absurdas. La costumbre es tan fuerte, especialmente en ellos, que se empeñan en continuar con sus vidas como si nada hubiera cambiado, al menos en un  principio. En este caso la cinta es muy buena. Corman, como siempre con dos mangos, logra tener pasajes espectaculares, diálogos cerebrales y concita la atención desde el minuto uno hasta los títulos finales. El guión es de Robert Towne, que trabajó con otros grandes, como Roman Polanski.

¿Quién es más astuto en su alegoría?, ¿Roger Corman o John Wydham? ¿Los dos? Wydham parece plantear que las mayorías siempre son ciegas. En la de Corman las mayorías no aparecen porque no hacen falta: los dos tipos sobrevivientes son la mejor expresión de gente de lo más vulgar, enceguecidos por una mina (o, para ser más preciso, no tanto por ella sino por la competencia entre ellos.) Les dejo las películas y el libro. Usted tiene la respuesta. Aunque, si es una persona sagaz, acaso elija no ver nada ni leer nada. Tampoco se trata de genialidades del arte universal.
La que se basa en la obra de Wydham:
 http://www.youtube.com/watch?v=Z4HACuyYZ6w
La novela de Wydham:
 http://www.juventudrevolucionaria.org/biblioteca-jrap/W/Wyndham,%20John%20-%20El%20Dia%20de%20los%20Trifidos.pdf
La peli de Corman:
http://www.youtube.com/watch?v=HAQicajChmQ

lunes, 28 de abril de 2014

Ezeiza está lejos



Ezeiza está lejos
         
Ezeiza se encuentra a 35 Km del obelisco. Pero que pasa en las otras grandes ciudades. Lax, el de Los Angeles y O’Hare, el de Chicago distan 27 Km de sus respectivos centros. Paris tiene su principal aeropuerto, el Charles de Gaulle, a 25 Km de la torre Eiffel. Los tres aeropuertos de Nueva York están a menos de 20 Km de donde estaban las torres gemelas. Heathrow, en Londres está a 22 Km de la reina. Los aviones bajan a 22 Km del obelisco de San Pablo, en Guarulhos. Barajas, el de Madrid, se encuentra a  solo 13 Km del Paseo de la Castellana. El de Manila está a 7 y el de la populosa México te recibe ¡a  solo 5! Con el resto de los aeropuertos pasa más o menos lo mismo. En promedio se encuentran a 20 Km del centro. Por supuesto, hay contados casos como el de Buenos Aires. Fiumicino, el de Roma y Domodedovo, el de Moscu, también están a 35 Km. Pero en estos casos cuentan con un ferrocarril que vuela como un avión para que no te des cuenta de la distancia.
Hay varios parámetros para saber si una ciudad es grande o si no lo es. Dos ciudades  pueden tener la misma cantidad de habitantes y,  sin embargo,  una ser mucho más reducida que la otra. Por lo tanto una ciudad puede ser más grande que otra en tamaño, pero no en habitantes.  Y lo mismo vale para cualquier ciudad. No obstante lo cual, seguimos escuchando que tal ciudad es más grande que tal otra, cuando en realidad lo que queremos decir es que está  más poblada.
Eso ya lo traté en mi artículo El tamaño de la capacidad, que dormita en este blog. Pero lo que ahora me mueve a escribir no es lo que dice la ciencia sino lo que dice la gente normal cuando habla del tema.
Esta gente normal en realidad no es tan normal que digamos, porque me quiero ocupar de aquellos que vuelan con regularidad a diferentes puntos de la tierra. Los grandes aeropuertos del mundo suelen encontrarse en las principales ciudades. En algunos casos se encuentran más alejados del centro de las ciudades a las cuales sirven. En otros están casi a la vuela del centro. Así, la gente normal especula el tamaño de la ciudad en virtud de la distancia a la cual se encuentra el aeropuerto del centro o del distrito financiero. Pero no se rigen solamente por la distancia, sino también por el tiempo de viaje que les demanda llegar al corazón de la ciudad.
Hemos escuchado muchas veces que normales de otros países celebran o padecen el enorme tamaño de mi Buenos Aires querido. Esto se debe—estoy seguro—a la enorme distancia que separa Ezeiza del centro porteño: esos 35 km. A esto hay que adicionarle un hecho poco observado en otras tierras. La mayoría de los terrenos a los costados de la autopista Richieri, que une el aeropuerto con la capital, son muy poco urbanizados, y esto da psicológicamente una idea de lejanía, que en realidad debería llevar a estas gentes a la conclusión no de que la ciudad es muy grande sino que el aeropuerto está muy lejos.
En efecto, la autopista circula por áreas de poca población, a pesar de recorrer zonas extensas de La matanza. Basta ver un mapa del Gran Buenos Aires para reparar en un hecho asombroso: de todas las posibilidades que había de construir un aeropuerto se eligió una zona donde la mancha urbana que media entre el centro y el aeropuerto es realmente muy poco densa.  
A mi me parece muy bien que nuestro aeropuerto mayor se emplace en Ezeiza. Lo que me parece mal es que no haya un tren como la gente. Mientras esperamos, sigamos disfrutando de los extranjeros que se desarman exclamando que nuestra ciudad es enorme y proporcionan la distancia hasta el avión como ejemplo superlativo.

domingo, 27 de abril de 2014

Un agujero negro en nuestra mente



Un agujero negro en nuestra mente

¿Qué tienen en común nuestra mente y el universo? Explicar algo por analogía puede implicar serios riesgos, pero hay veces que nos puede dejar una enseñanza.
Los agujeros negros son  acumulaciones enormes de materia, que se producen tras el colapso de estrellas gigantes. Como consecuencia de esa enorme masa que determina tanta materia su gravedad es tal que nada puede escapar, ni siquiera la luz. No los podemos ver por ese motivo, pero podemos observar la gran acción gravitatoria que ejerce a su alrededor. Por eso, no podemos conocer un agujero negro directamente, sino por lo que pasa cerca de él. Su masa crece alimentándose de su entorno.  Al límite de un agujero negro se lo conoce como horizonte de sucesos, más allá del cual el tiempo, tal como lo conocemos, se detiene progresivamente. Si lográramos llegar a un agujero negro, cayendo hasta su centro, el tiempo se detendría completamente. Allí nos encontraríamos en lo que se conoce como una singularidad, que se llama de esta manera porque no sabemos que mierda pasa dentro de ella, pero estamos seguros que no es nada de este mundo. Extrañamente, a lo que había antes de nuestro universo, o sea antes de esa explosión que llamamos Big Bang y que dio lugar tanto a las estrellas como a Jorge Porcel (hijo), también la llamamos singularidad.
                           Según la edición de este mes de Nacional Geographic, no sería descabellado suponer que nuestro universo fue gestado en el corazón de un agujero negro, y que acaso estamos viviendo en un universo dentro de otro universo que contiene otros universos y que a su vez está dentro de otro universo.  Esto—lo de National Geographic—es lo que yo llamo una singularidad de la incertidumbre: imaginar cosas por el simple placer de imaginarlas, gracias a que no sabemos un carajo del asunto. En fin: nuestro universo sería algo así como una mónada de Leibniz.  
                                ¿Y qué pasa con nuestros pensamientos? Freud estaba muy influido por la física de su época, que había descubierto que el tiempo es elástico. Einstein por entonces entreveía la posibilidad de que existieran agujeros negros, lo cual se deducía de sus teorías. (Aunque finalmente resolvió en su mente que los agujeros negros y sus singularidades  no podían existir.) Más o menos al mismo tiempo, Freud resolvió que en nuestra mente hay una dimensión llamada Ello, donde se darían las condiciones de un agujero negro. Claro está que no lo dijo de este modo. Nuestro aparato psíquico tiene capas, cuyos límites son confusos. Tenemos en primer lugar nuestros sentidos, que comercian con el mundo exterior. Luego tenemos al Yo, nuestra conciencia. Después  está el Super-yo, que puede censurar, reprimir o inhibir nuestra conducta conciente. Más allá se encuentra el Ello, que es el depósito de nuestros instintos y de nuestras inclinaciones más primitivas: es nuestra persona pero sin lo que la vida en sociedad nos ha enseñado, es, si se me permite, el Yo sin careta. El Ello es el ámbito de lo inconsciente por excelencia, donde cae toda nuestra actividad psíquica, incluso aquella que  hemos olvidado conscientemente. Se traga todo. Es anterior a lo que nos da nuestros sentidos, y no lo podemos conocer más que por sus efectos, por la gravedad que ejerce sobre nuestra vida conciente. Dentro de él no hay tiempo, es la atemporalidad misma. Y, como dice el mismo Freud en Siete lecciones de Psicoanálisis, es inmensamente más grande que el Yo y el Super-yo. Ahora bien, lo que hacen estos dos últimos es ni más ni menos que evitar que ese agujero negro de nuestra mente aflore. 
                                 Vivimos permanentemente en tensión entre lo que la sociedad nos ha enseñado y los deseos e inclinaciones naturales que están siempre pujando por salir desde nuestro interior psíquico. No podemos explicar realmente lo que sucede en ese Ello que tenemos adentro como un primer motor inmóvil que gobierna nuestras actividades desde la oscuridad más profunda. Es, sin dudas, una singularidad de la cual podemos predicar cualquier cosa. Quizás sea el reverso del universo. Quizás seamos, en el fondo, una mónada más de los infinitos universos que nos  rodean a diario.

jueves, 24 de abril de 2014

Fumando en las escaleras



Fumando en las escaleras

Fumaba solo en las escaleras cuando él  bajaba del sexto con unas fotocopias. Nunca habíamos hablado mucho. No recodaba su nombre. Me dijo “José, ¿cómo te va?”, y me comentó que estaba haciendo tiempo para cursar una materia. Mientas me hablaba yo trataba de recordar el nombre de ese ser agradable, humilde y educado. La charla no se prolongó. Él dio  fin a la entrevista poniendo en entredicho esa nociva costumbre de “hacer tiempo”, “perder el tiempo” o como lo quieran llamar. Anunció que se iba a la casa y desapareció escaleras abajo. “Nos vemos, José”, fue lo último que me dijo, ya con la cara vuelta hacia la salida.
            Menos de un día después me encontraba fumando en el mismo lugar. Pero esta vez no estaba solo. Un enjambre de gente comentaba sobre la muerte de alguien. Pregunté. Javier, un compañero, había muerto al llegar a su casa. Llegó demasiado temprano y los ladrones no contaban con esa posibilidad. Lo asesinaron. Pregunté quién era Javier. Me dieron el apellido. Inmediatamente me vino a la cabeza la cara del que ahora, de alguna oscura manera, forma parte de mi vida.

miércoles, 23 de abril de 2014

Profunda y Versátil



Profunda y Versátil

            Hay, creo, cuatro tipos de personas.
          
  En primer lugar tenemos a las personas que son simples como un arroyo. Son los que no difieren de un cerdo. Comen, cagan, respiran, fornican, mueren. Pasan por la vida, pero en realidad es la vida la que les pasa por encima. Te ves con ellos después de veinte años y siguen aferrados al equipo de sus amores, a su banda preferida, a sus relaciones consabidas. Hacen los mismos gestos, cuentan las mismas anécdotas, aburren como hace veinte años. No han crecido espiritualmente y están satisfechos de contarse entre las mayorías, lo cual supuestamente demostraría que tienen razón en llevar la vida que llevan y pensar las cosas que piensan, si es que algo piensan. Son las personas superficiales que más vale perder que encontrar. Say no more.
            En segundo lugar tenemos a los que son como el Río de La Plata: anchos pero poco profundos. Son esas personas que ves por primera vez y te seducen. Los ves con un optimismo desbordante. Tienen una versatilidad enorme y es esa versatilidad la que te distrae y te impide notar que carecen de profundidad. Te preguntas que habrá detrás de ellos y empezas a remar hacia la otra orilla sin intención de llegar, solo por el simple deleite de estar sobre esas aguas. Pero a poco de partir tus remos se clavan en el barro. No hay agua suficiente para seguir. Volver al punto de partida sería la mejor opción. Pero hay tan poca profundidad que optas por bajarte del bote y caminar con el agua hasta las rodillas, aceleradamente, porque sino ese barro, cual arena movediza, te va a engullir todo el poco optimismo que aún te queda. Son personas para ver de vez en cuando: cuando las aguas suben.
            En tercer lugar tenemos a los que son angostos pero profundos. Son esas personas que, sin aparentar nada a primera vista, tienen un espíritu y una riqueza interior admirable. Nunca terminamos de conocerlos. Siempre nos dan una sorpresa a cada encuentro. Puede ser una sola palabra, un solo gesto. Sin embargo, con el correr de los años, nos demuestran que tienen pocos cambios en sus pensamientos, como si se tratase de un lago profundo que no renueva sus aguas. Sin dudas, son consecuentes y resisten cualquier archivo. Con su profundidad suelen distraernos maravillosamente, al punto tal que no reparamos en esas limitaciones. Seguimos frecuentando a estas personas con agrado. Seguimos esperando al monstruo del lago Ness, y aunque sabemos que nunca aparecerá, cada tanto viene bien explorarlo para no perder la fantasía y la ingenuidad de cuando todavía creíamos en su existencia.
            Por último están las personas anchas y profundas como un océano, con las cuales te podés sentir el Almirante Colon y descubrir América. Tienen sal, tienen sabor. Son como muchas personas en una sola. Se parecen a las muñecas rusas, una dentro de la otra, sin por eso perder personalidad. Son las personas profundas y versátiles, las cuales te encontrás en veinte años y se han renovado, como que están más jóvenes. Son aquellas que uno no desearía perder otros veinte años sin volver a verlas. Son esas que uno quiere ver a diario y, en el mejor de los casos, darle el beso de las buenas noches.
            Sin embargo, cuando te encariñas, quizás te encariñas de la última que se puede acomodar a los parámetros esperados. Es ahí cuando todo lo que dije no tiene sentido.
           
           






sábado, 19 de abril de 2014

Orando en el desierto



Orando en el desierto

En esta santa semana han hablado algunos intendentes del Gran Buenos Aires. Puntualmente se trata de aquellos intendentes que salieron a reclamar la vuelta del Servicio Militar Obligatorio. Explícitamente se dice que es una medida que haría poner en caja a todos esos pibes que no saben hacer otra cosa que no sea robar y joder al prójimo. Pero como veremos, el tema es un poco más complejo, como casi todo en esta vida.
            Los asesores que convencieron a estos intendentes saben lo que hacen. Por empezar, todo ellos son los mandamases de partidos en los cuales el ejército tiene algún interés, como ser algún batallón, algunos barrios de militares o un gran porcentaje de militares o policías en su población. Todos ellos se sienten seducidos por la posibilidad del retorno de la Colimba, como se le llamaba al servicio militar. Pero por otra parte, este pronunciamiento se da en un  contexto en el cual los docentes están con las armas en las manos. No es casualidad. Las aulas están siendo desde hace rato el ámbito de contención social de todos esos pibes en estado de vulnerabilidad. Hace 20 años ese rol lo cumplía la Colimba. O sea, se piensa en darles a los militares una labor que hoy cumplen los docentes.  Y, por si faltaba algo, esos municipios que tienen como cabecillas a estos intendentes están amparando a supuestos excombatientes de Malvinas que no fueron blanqueados por el estado nacional.
            Es por eso que cuando el ferretero, con una sonrisa de oreja a oreja que parecía abierta con un soplete, me dijo que estaba feliz con la posibilidad de que los negritos vuelvan a vestirse de verde, yo le advertí que trate de ver las cosas con una mentalidad un poco más abierta. Como no extendía, o no quería entender, se lo expliqué de otra manera. Las cosas no hay que verlas como si fuesen una carta de baraja, que solo presenta un lado. Las cosas hay que verlas como si fuesen dados, con seis caras, o acaso más. Le añadí que la vida se enriquece de esta manera, y que tal vez gracias a ese ejercicio nos podríamos liberar de ciertos prejuicios. El ferretero, mientras me pasaba unos clavos grandes como para que no me caiga de la cruz, insistió en su primera apreciación: la única disciplina es la del ejército. Como yo sé que es un devoto católico le dejé una parábola como un último intento por desasnarlo. Le dije: si el intendente sugiere la posibilidad de colgar de un árbol a los chorritos, lo primero que deberíamos pensar  es qué opinan los dueños de los viveros.
            En síntesis, la estrategia de estos intendentes, desde el punto de vista político, me parece brillante. El problema es que la semilla del asunto y la raíz del problema están por debajo de la tierra, y no se las quiere ver.
 En otro orden de cosas, hoy por hoy, los dueños de los viveros estarían de acuerdo con que suba la demanda de cruces, que en fin de cuentas se hacen de madera, y uno se siente orando en el desierto cuando sale a la calle. Un desierto sin un solo árbol y sin un solo oído.

domingo, 13 de abril de 2014

Un pensamiento en el espejo (Cuento)


Un pensamiento en el espejo

                                                                                              A Memo

Es hermoso que alguien piense en uno. Ese pensamiento puede modificar nuestra existencia, pero con una sola condición: que a su vez nosotros pensemos en esa persona. Si no hay reciprocidad, todo se viene abajo, todo puede ser nada. El más noble de los pensamientos es nada si no hay alguien que lo cobije y que le de calor. Un pensamiento solitario es como una catedral sin fieles, sin plegarias, sin coros, sin dios. Es como cantar en la luna, a cuatrocientos mil kilómetros de la primera oreja y sin siquiera escuchar tu propia voz, porque en la luna no hay atmósfera que pueda transmitir el sonido. Un pensamiento solitario es lo más triste de este universo, y en este universo no hay nada más triste que pensar en alguien que ya no piensa en uno.

Mi celda era del tamaño de un ataúd. No tenía ventanas y la lamparita era mi sol. A veces me lo apagaban y advenía la noche, que era tan artificial como el día. Solían hacerlo justo antes de tirarme la comida, entonces yo tanteaba sobre el piso hasta dar con la polenta fría. En esos momentos agradecía que la celda fuera pequeña, porque de otra manera seguro me hubiera muerto de hambre antes de encontrar el plato. Igual solían hacerme trampa y me dejaban el plato como para que lo cace con la punta de los dedos, luego de estirar el brazo entre los barrotes, oscuridad mediante, o me dejaban el plato por un lado y la polenta por el otro. De modo que no me pareció raro esa noche—o ese día, quien sabe—encontrar el plato vacío. Me había quedado profundamente dormido por un lapso inverificable y, un poco inocentemente, lo primero que pensé fue que ya había comido. Pero mi estómago rápidamente me dijo la verdad. No fue una verdad categórica, porque como las raciones eran mezquinas, siempre andaba con hambre, o sea que decir que “ya había comido” es toda una sutileza.  Lo que sí me pareció raro fue encontrar una pierna en lugar de la polenta sobre el suelo.

Queridos amigos, es muy difícil explicar lo que se siente cuando nos encontramos con alguien en situaciones semejantes. Poco importa que el espacio de la reunión sea un nicho. Poco importa que uno tenga que dormir literalmente sobre el otro. Poco importa si hay que compartir la polenta. El otro es un hermano caído del cielo y alguien con quien matar el tiempo y ahogar las penas.

Reconocí como un ciego su rostro y pude advertir que estaba bañado en sangre: es lo que siempre hacen antes de darnos una habitación, nos fajan para ablandarnos el alma. Cuando nos devolvieron la luz pude ver que era un oso realmente enorme, de manos callosas y brazos un poco más largos que los míos, como para llegar a la polenta antes que yo. Su rostro era bastante femenino, a pesar de las cicatrices, tenía una serenidad que emanaba de su interior y mostraba una calma absoluta. Siempre había entendido que los mejores combatientes son los que se gobiernan a sí mismos, así que me agradó el cuadro general del nuevo amigo. Además me gustó constatar que tenía una pierna rota, porque eso revelaba que era de los nuestros y que no me lo habían metido.  Le pregunté por los compañeros, si se escondieron, si huyeron, si vivían. Eran preguntas ociosas, porque un carcelero de los nuestros, Walter, nos informaba de las novedades. Pero siempre es mejor cotejar diferentes versiones. Mi nuevo colega me respondió cada pregunta, pero no se mostró entusiasmado de poder hablar conmigo. “Es la novedad del encierro”, pensé. No obstante lo cual, con el tiempo no pude engañarme. Era demasiado lacónico. Hablaba solamente lo imprescindible y aprendí a callarme cuando noté que prefería evitar conocer mi historia. Se llamaba Julián, o al menos eso dijo.

Lo que en primera instancia fue prometedor con el tiempo se tornó preocupante. Hablaba solo y en voz baja. No quería molestar, pero molestaba igual, dado que en el silencio sepulcral se puede escuchar el vuelo de una mosca. Al comienzo lo hacía cuando nos apagaban la luz, pero con el tiempo fue ganando todos los momentos. Rezaba. Rezaba pidiéndole algo al Señor. Rezaba implorando. Rezaba hasta con la polenta en la boca y para colmo de males era de poco dormir. Yo empecé a entrar en una especie de pesadilla bienvenida, porque en fin de cuentas eso era mejor que la soledad anterior.

Pasó un tiempo prolongado que no podría justificar, y en todo ese tiempo no interrumpí sus rezos y tampoco le insinué que me sentía un tanto ofendido porque, al fin y al cabo, dios está en el cielo, pero yo estaba al lado del él. Pero cierto día, imprevistamente, me pidió un favor: “Podría rezar conmigo”, imploró.  Le expliqué que yo no era creyente, pero que si ese era su deseo podía ayudarlo. Entonces me informó su drama. Tenía un hijo con una grave enfermedad. Para que su hijo no muriera era absolutamente imprescindible duplicar los rezos. Me aclaró que todo su sufrimiento valdría la pena si su hijo lograba salir adelante, pero yo adiviné en sus ojos que en realidad Julián estaba expiando sus pecados—los propios, los de su hijo y acaso los de toda la humanidad—con el noble fin de ver reestablecido a su muchacho. Estaba cargando la cruz y empezaba a disfrutar ese rol. En otras palabras: adiviné en su mirada que  estaba volviéndose loco.

Súbitamente, una mañana fría de invierno—podíamos desconocer el paso de las horas, pero no de las estaciones—Julián se puso a orar a los gritos, y obtuvo lo que estaba buscando. Lo sacaron a las patadas. Vi como se lo llevaban. No perdió la compostura, el torso erguido, la frente bien en alto. Caminaba como un militar en un desfile. Parecía que a cada golpe ganaba en seguridad. Un fuego interno lo protegía. Realmente disfrutaba la paliza. Cristo había encarnado en un monto del siglo XX.

Sin embargo su orgullo no era fruto del mártir político sino del padre ejemplar que da la vida por un hijo. Cuando volvió lo hizo con más locuacidad que de costumbre. Me aseguró que el pibe mejoraba a medida que a él lo torturaban. Más aún, me dijo que el pobre muchacho, un oligofrénico que había perdido a su madre en una emboscada, tenía una sola cosa en la vida: un montonero cautivo. Julián sabía que su hijo pensaba en él de día y de noche, en la vigilia tanto como en los sueños.

Mi compañero tenía por seguro que iba a morir en manos de sus enemigos. Walter, nuestro carcelero, trajo noticias del pibe: se lo veía mejorado, incluso más gordo. Con la buena noticia Julián dejó de comer y continuó gritando los salmos. Lo molieron a palos repetidas veces. Siempre regresaba con la integridad física y espiritual que no mermaba, aunque ahora tenía las dos piernas rotas y un ojo menos.  El loco estaba feliz. Yo dejaba su ración de polenta, que él casi no tocaba. Me pidió que comiera su parte porque los guardias podían notar lo que estaba pasando. Así lo hice.

Según parece nadie había dado la orden de liquidar a mi amigo. Se preocuparon grandemente cuando lo vieron muy flaco. Contra todos los pronósticos, poco después, un día primaveral, le dieron la libertad.

Walter me visitó al mes. Cuando pudo me pasó las novedades. Las cosas iban de mal en peor. También me comentó lo que pensaban hacer conmigo. Finalmente me habló del oligofrénico: abrazó a su padre y murió.

Cuatro meses después me llegó la noticia de la muerte de Julián. No esperaba otra cosa. Sus pensamientos se habían quedado sin destinatario, o al menos sin uno de este mundo. Se había trasformado en un pensamiento que se miraba en el espejo, y que por lo tanto era más intenso, más en vano y más inalterable. Aunque los locos suelen ser unos narcisistas de remate que se enamoran de sus propios pensamientos, este no era el caso. Julián era un loco muy especial. Él sabía que esas respuestas provenían de un espejo que solo servía para incrementar sus padecimientos.

 Mientras espero, decidí escribir este cuento, para mantener aquel  pensamiento un poco vivo y para no terminar muriendo en esta soledad.  Las noticias que me trae Walter ya no me sirven.  A veces trato de recordar cómo era la luna, y afino el oído por si acaso. Y también  le rezo a un dios que no me contesta, pero que no está solo.

sábado, 5 de abril de 2014

El linchamiento en la agenda


El linchamiento en la agenda

               
Brassica rapa
A continuación siguen algunas verdades,  que de tan obvias deberías saberlas, pero que los medios no te van a confesar jamás, porque conforman el corazón mismo de la labor editorial. En primer lugar voy a decirlo con palabras difíciles, y posteriormente pasaré a dar un ejemplo actual para que veas que la cosa es muy sencilla de entender.

            La noticia, desde hace mucho tiempo, no es lo que pasa, como te quieren hacer creer Clarín o La Nación. Pero tampoco es solo lo que nos quieren hacer creer que está pasando, como nos quieren hacer creer Página 12 o 678. La cosa es un poco más interesante: la noticia es lo que está signado por la agenda periodística, en connivencia con intereses políticos. En otras palabras: es lo que se está fabricando detrás de lo que te venden como noticia.

            Ahora voy a poner un ejemplo y vas a ver que es una pavada ser un poco menos nabo que los otros mortales.

            En la última semana se insistió con el tema del linchamiento popular a los chorros. Por supuesto siempre, y todos los días, hay linchamientos a chorritos acá, en Praga y en la China, y yo mismo vi hace un par de años como tiraron del tren a un ladrón de gallinas, una vez que le habían sustraído la gallina, y también escuché el aplauso estrepitoso que todo el vagón elevó. Sin embargo este caso no salió en ningún medio porque en ese momento no era un tema de la agenda.

 Bien, hasta acá esto sería lo que diría Clarín o 678. Sin embargo lo importante cuando vemos un tema en la agenda es preguntarnos cuál es la intención que se persigue con ese tema. Puntualmente con este tema se busca transferir la responsabilidad desde los políticos al pueblo. En otras palabras, si mañana la policía hace un baño de sangre por la villa de Retiro, o si hay un genocidio por causa del gatillo fácil, es porque el pueblo así lo quiso. Pero resulta que con la responsabilidad  también se transfiere la culpa. Entonces, si algo sale mal, la culpa es del pueblo. Es la aparente inversión del constitucional “el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”, porque  lo que se trata de simular es que el gobierno no gobierna ni delibera sino a través del pueblo.

Vamos a ilustrarlo con una pedorrada . Se sentaron cuatro políticos eminentes junto con algún capo de los medios y tuvieron una charla con la finalidad de forjar una agenda que justifique una futura represión. Todos los involucrados tenían que estar satisfechos con lo acordado, (por ejemplo el representante del gobierno, porque si hay ajuste sube el delito y si sube el delito tiene que haber más leña. Por no hablar de la oposición, que saca provecho más evidente.) Una vez que hay consenso sobre la agenda a seguir, el resto es un pacto de silencio sobre puntos básicos que ninguno va a develar, no importa de qué lado esté.

La idea del linchamiento en la agenda ya fue usada por Goebbels, de modo que se tenía en carpeta, como se dice en la jerga. O sea que siempre hubo linchamientos y siempre estuvo la posibilidad de hacerle creer a la gente de su novedad. Por lo tanto, la noticia, la única noticia, es que están preparando el garrote. (Por supuesto, una agenda bien llevada puede ser la autoprofecía cumplida, porque con una coyuntura favorable puede alentar a la población a elevar la frecuencia de los linchamientos, pero eso ya es harina de otro costal.)

Pero no hay que confundir el caso particular con la regla general. Yo te aconsejo que recuerdes este ejemplo cada vez que aparezca la regla, cada vez que repitan la misma noticia insistentemente pensá  cuál es la intención y quienes se benefician. Yo no creo que seas un nabo, pero ellos sí. Cuando te tiren abono cerrá los ojos y pensá por vos mismo.  Entre todos podemos evitar que la cosecha prospere.

sábado, 29 de marzo de 2014

Dos estupideces en TVR



Dos estupideces en TVR

Estoy fuera de mí. Veo TVR (Televisión registrada), un programa de archivos televisivos que es levemente crítico y que usualmente me gusta cuando ando al pedo, o en pedo, como para atender a algo de mayor altura, como agarrar un buen  libro o  mirar algún sitio porno. Pero no puedo seguir mudo ante algunos asertos que se lanzan desde la pantalla, principalmente porque se trata de seres de mi consideración.
Un show televisivo es solo eso, ni más ni menos, y no corresponde que una persona inteligente se enoje con esa caja de entretenimientos. Pero si nos detenemos a analizar ciertas incoherencias podemos develar alguna cosita, pequeñas perlitas, como diría Susana.
Hablando del suicidio se le pregunta a Mauro Szeta, filósofo, si el suicida es un cobarde o un valiente. Szeta responde con un contundente “es un cobarde”. Mirad; un filósofo con tan poca dialéctica que da pena. Básicamente la dialéctica es saber que siempre hay que contemplar 4 posibles respuestas: si, no, ambos o ninguno, o en otras palabras: blanco, negro, gris o ninguno. Cuando alguien te plantea una pregunta sobre blanco o negro, o si el suicida es valiente o cobarde, como en este caso, el filósofo debe tener las cuatro posibilidades como potenciales respuestas, está en su profesión, está en el abc de los amantes de la madre de todas las ciencias y está en la misma costumbre de Szeta, que en general siempre razona con rectitud. Además, hay una exigencia humana. Somos todos diferentes y diferentes son los suicidas. Por otra parte, cualquier neurólogo con un promedio de 4 sabe que el suicida medio no puede elegir. ¿Cómo podría elegir el depresivo? ¿¡Cómo!? ¿Por qué se creen que los suicidas son recurrentes por regla general? Pero la cosa no terminó ahí. El invitado del programa fue Dorio, otro tipo que respeto pero que se está poniendo en boludo con una frecuencia que ya califica en el ultravioleta del espectro de los boludos. Los panelistas le pidieron su opinión. Fue triste. Por empezar invocó una vez más a Heidegger, inoportunamente. Nadie entendió un carajo lo que quiso decir, pero yo al menos tengo una certeza. Queriendo criticar la morbosidad en la tele lo citó al alemán, que supuestamente dijo algo en contra de esa manía de exhibir la muerte. Pero Heidegger estaría muy de acuerdo con estas prácticas televisivas, porque él estaba en contra de esa costumbre de los últimos cien años que consiste en ocultar todo trato con la parca, dado que en nuestras vidas modernas las veces que vemos un cadaver en vivo y en directo son contadas con los dedos de una mano. ¿Dorio leyó mal a Heidegger? No. De ninguna manera. Lo que pasó es que se dio cuenta de que estaba diciendo una barbaridad y no fue lo suficientemente piola como para desdecirse, y siguió adelante con su discurso tratando de enmendar infructuosamente el error. Él debe saber que somos pocos los que advertimos eso, pero, mi querido Dorio, yo prefiero quedar mal con un millón de personas y no con las pocas personas que están en mi consideración. Ese es otro de los valores supremos en filosofía. Además, todas las giladas sin sentido que hablaste del suicidio – que en fin de cuentas era la pregunta que te hicieron—, todas esas pavadas de los japoneses, el ribete cultural, los nazis, no resisten  el menor análisis. Deberías aprender de Gabriel Rolon, el único tipo inteligente del universo televisivo, con un sentido común que es infrecuente.
Bueno, este escrito se me está convirtiendo en un tema personal, y no es la idea. Pero el asunto no quedó ahí. El programa siguió, y se habló de uno de los temas más innobles del planeta: Boca-River, que es el clásico que se viene mañana. En un momento pasan una escena del año 69. Boca sale campeón en cancha de River, da la vuelta olímpica y los hinchas de River aplauden a los jugadores xeneises. La anécdota, comentada con fruición por Pablo Rago y Dorio, nos hablaría de la tolerancia de aquellos años (el potencial es mio, porque ellos aseguraban sin chistar.) Pero resulta que ya es la segunda o tercera vez que veo la escena y nadie se dio cuenta aún de la ignorancia del asunto. (No intento ser infamante tachando de ignorantes a los susodichos, pues todos somos ignorantes de alguna manera, pero preste atención.) Ese día Boca volvió al monumental luego de la tragedia de la Puerta 12, donde murieron  71 personas en cancha de River por la estampida que provoco una represión policial. Todos los muertos fueron hinchas de Boca. Mientras la gente moría, apiñada en las escaleras, la hinchada millonaria, sin conocimiento cabal de lo que acaecía, se burlaba del clásico rival.  La policía no reprimió a los locales porque era de la comisaría de la zona. Lo que los hinchas de River aplaudieron, un año después,  no fue tanto al equipo sino a los muertos. Fue una forma de exculparse. Fue como un simbólico suicido colectivo.


           

lunes, 24 de marzo de 2014

Líneas de expresión



Líneas de expresión

Una vieja amiga vino corriendo a informarme: “José, tengo líneas de expresión” ¡Caray!, le dije, has vuelto a la poesía, te felicito. “No, mirame bien, parezco el fuelle de un bandoneón”. Podes ser un poco más explicita, porque no te entiendo un carajo. “¡Tengo arrugas por toda la cara!”  Estás hermosa. “¿Sos ciego o necesitas aumento?”
Mirando la televisión abierta después del almuerzo te causa indigestión reparar en la cantidad de publicidad dedicada a la guerra contra las líneas de expresión, los contornos de ojos mal avenidos, las pieles flácidas, los cabellos no saludables y con caspa, las celulitis, el mal tracto intestinal (que se te nota en la cara) y los culos ingobernables por la acumulación de las grasas.
Sin dudas, tanta estupidez acumulada, tanta atención puesta en la apariencia, está ahí por algo. Hay mercado cautivo y hay mercado que se crea día a día. Muchas personas son lo que vemos en las publicidades, y son muchas más de las que creemos; son multitudes que te van a censurar si osas criticar algún aspecto de esa montaña de naderías que sostiene sus vidas. Y en el caso puntual de estos cosméticos femeninos, si los criticas, lo más probable es que te tachen de machista, (justamente estas mujeres, que tienen un grillete en el cerebro por culpa de esta sociedad machista.)
Pero si estas son las publicidades, ¿cuáles son los programas que vienen adjuntados? En general son programas de dos tipos: de chimentos y telenovelas. En el caso de los de chimentos son, en general, una prolongación de las mismas publicidades. Venden un show teatral, un escándalo fingido para vender un show teatral, venden otros programas, la reinserción de una figura que quiere salir del ostracismo y que puso sus buenos mangos para tener cámara… Y todo eso que venden es de un bajísimo nivel artístico, (si es que podemos tratar de “artístico” a semejante basura), y en la mayoría de los casos se reduce a modelitos huecas con altos culos, sin arrugas y desnutridas.  Casi siempre estos programas tienen en su haber un homosexual masculino (un trolo), como si los mismos hombres debieran ser rebajados al nivel de mujeres de utilería para tratar estos temas frívolos. (Para los bien machos queda la estupidez del futbol, con canales dedicados las 24 horas a la pelota, donde, no casualmente, la mayoría de las mujeres periodistas no dejan de ser muy femeninas, acorde a las exigencias de un mundo machista.) En cuanto a las telenovelas lo más preocupante es advertir que terminan siempre por un comienzo. El casamiento se vende como un fin en sí mismo, pero es en realidad el inicio de una vida, de esfuerzos conjuntos, de responsabilidades mayores, quizás  de formación de una descendencia, acaso de rupturas que siempre dejan cicatrices. Así, muchas mujeres se casan y terminan mirando por el espejo retrovisor de la vida, hacia un pasado que tal vez  no va a volver—si es que alguna vez llegó— pero que está ahí para movilizar el consumo de infinitas porquerías que supuestamente rejuvenecerían la piel, el pelo, el culo, las patas y toda la carrocería.
Sin embargo, lo que me preocupó fue que fuera justo ella la que así me hablaba y la que compró toda esa parafernalia de soluciones mágicas. Ella, que siempre se supo linda, ella que siempre vivió de lo espiritual, ella que nunca usó su género como arma o como escudo, ella que siempre miró la vida de frente, ella que se mofa del qué dirán, ella que nunca se puso a pensar si existe la amistad entre el hombre y la mujer, ella que siempre fue mi amiga, ella que sabe que la belleza espiritual trasciende la piel. Lo que realmente me preocupa es que se le esté arrugando el alma.
Y ahora me voy corriendo, comienza el Real y el Barza,  ¡y juega Messi! Si mi hijo hoy no come no me importa. Si una amiga tiene problemas espirituales lo hablamos después del partido, y todo depende del resultado. Además, mejor lo charlamos por telefono, porque estoy dando una pésima imagen: está el tema de la calvicie, se me acaba de caer un diente de esos que se ven y estoy criando flotadores en la cintura.

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jueves, 20 de marzo de 2014

Lewis Mumford, o el arte del ensayo


Lewis Mumford, o el arte del ensayo.

Definir qué es un ensayo demanda atrevimiento. Sus límites son imprecisos y así nos podemos topar con un cuento de Borges o con una columna periodística que pudieran reclamar legítimamente el rótulo de ensayo. Pero, básicamente, un ensayo se parece a eso que hacen los actores previamente a representar una obra: arriesgan poses, impostan la voz, improvisan y, en esencia, se muestran un poco más temerarios que cuando el público está en las gradas y la plata en la taquilla. Sin embargo, en la literatura ensayística no hay representación. La frescura  descansa precisamente en ese matiz adolescente, informal. El ensayo es un ejercicio de irresponsabilidad intelectual. Una bella payasada. Y también lo que tiene de teatral es lo que tiene de artístico: es un ámbito de creación incontenible donde los escritores dicen muchas cosas sesudas y muchas cosas disparatadas sin detenerse a pensar demasiado en lo que están diciendo.

O al menos eso era lo que se entendía por un ensayo. Pero desde Montaigne las cosas han cambiado y  han venido a ser diferentes. Hoy hay ensayistas que manipulan los pensamientos con un método que acerca mucho el ensayo a una tesis de licenciatura. De alguna manera, podemos dividir a los ensayistas en tradicionalistas y rigoristas. Los primeros son los que mandan fruta, improvisan, no tienen culpa cuando arriesgan un pensamiento y de hecho piensan en voz alta, sin vergüenza, sin temor a equivocarse. Entre los segundos están los que no anotan una línea sin decir al pie de página de dónde han sacado la fuente de lo que piensan, enciclopedistas literales que tienen encorsetado el pensamiento, censores de sus propios pensamientos malparidos que no han pasado por la prueba del chequeo.

Entre los rigoristas podemos contar a miles. Por ejemplo, imaginemos un texto de geografía de la población que estudiara cierto aspecto de la sociedad londinense. Durante cuatrocientas páginas el escritor nos estaría bombardeando con lecturas contraídas, citando continuamente datos y tomos,  ya para defenderlos ya para quejarse de ellos. Además, estaría obsesionado con no irse de su área de conocimiento, no sea cosa que se confunda la geografía de la población con la demografía, la estadística o la sociología. La disciplina de estos ensayistas es tal que cuidan su parcela de saber, su nicho de trabajo, olvidando que esas divisiones son más artificiales que los cohetes de año nuevo.    Finalmente, al final del libro, tendríamos un pensamiento y la conclusión. De seguro, podemos abandonarnos con cierta tranquilidad a esas conclusiones. El tipo ha enderezado todo su saber adquirido y toda su prosapia académica a la obtención de un pensamiento. Es—a no dudarlo—un grano de arena en el océano del saber humano. El grano más grande, el grano más perdurable. Pero es un grano. Yo los celebro y los defiendo. De alguna manera se asemejan a los entomólogos que pasan toda la vida estudiando si la langosta de Madagascar canta para avisar que hay un depredador cerca o canta para cortejar una hembra. Quizás, después de décadas, este científico descubra que la langosta de Madagascar canta para seducir, y escriba un tomo con la autoridad y la jerarquía que tiene en la materia. Pero, más allá de esta innegable contribución al fondo común del conocimiento humano—y langostino—a mí los ensayistas que se comportan de esta manera mucho no me seducen, y menos cuando se trata de una ciencia social, donde casi todo es opinable.

Entre los tradicionalistas se encuentra Lewis Mumford. Mumford es considerado como un urbanista, un geógrafo, un sociólogo, un historiador, un sexólogo, un chanta, un pordiosero. Y es que Lewis Mumford es todo eso y mucho más: es un ser humano. Pensador íntegro, es un  humanista al pie de la letra. Raramente nos dice de dónde saca las cosas, pero basta leerlo para darse cuenta que esa cabeza fue un hervidero de ideas. Muchas de esas ideas pudieron ser mal digeridas, improvisadas, otras no, pero cada uno de sus libros es una catedral del pensamiento. Parece que la única manera que tenía de pensar era escribiendo. Para él no había límites entre lo que es el urbanismo y las otras disciplinas. No tenía ninguna vergüenza, arriesgaba todo lo que le venía en mente, y si se equivocaba le importaba dos huevos. Lo más notable es que con cada libro nos dejó un montón de ideas para continuar pensando. (Como Nietzsche, que también militó en el ensayismo, nos legó una montaña de granos de arena, algunos más resientes que otros.) Pero lo mejor que heredamos de Lewis es el placer de ejercitar  la cabeza contra viento y marea, como un océano sin límites.

Por supuesto, todas las apreciaciones que yo acabo de lanzar sobre lo que es el ensayo, no deja de ser en sí mismo un ensayo, un ensayo maravillosamente irresponsable, de esos que Lewis Mumford aplaudiría, de esos que acaso te ayuden a pensar en algo. Incluso si ese pensamiento se te genera al amparo de un insulto, yo estaré agradecido. ¡Ah!, y no  te olvides de escribir eso que pensaste, ya habrá tiempo para que otros consultes tomos y enciclopedias para chequear el valor de verdad de eso que ahora estás pensando.